Capítulo dieciséis
HAIZE
L legamos a los pantanos tres días después. Habíamos ido más rápido de lo que había previsto. El clima nos había acompañado y tanto los caballos como nosotros habíamos aguantado bien el primer tramo del viaje.
Conforme nos acercábamos a los pantanos, la humedad iba creciendo, acompañada de la incomodidad que traía el clima en sí.
Por suerte, entramos en los pantanos acompañados por el sol y no por la lluvia. En las ciénagas el clima era impredecible, el sol se nublaba en segundos y antes de que pudieras encontrar cobijo el diluvio caía sobre ti.
El terreno se estaba volviendo fangoso y con la humedad y el aumento de vegetación, también llegaban los insectos.
La fauna y flora de los pantanos eran únicas en casi toda su geografía, plantas, flores y animales únicos abundaban por todo el territorio, pero por otro lado también era el único punto en todo el mundo donde encontrabas los sitoc , pequeños insectos voladores que se alimentaban de la magia de los seres vivos a través de la sangre.
Normalmente los sitoc no eran un problema para las personas, pero en zonas donde los insectos eran abundantes era mejor estar protegido.
Si demasiados se alimentaban de la magia que poseías, el cuerpo se resentía, llegando incluso a hacer enfermar al portador.
El único problema era que no estábamos protegidos.
—Mierda —me quejé, intentando apartar los bichos que revoloteaban a mi alrededor .
Detrás de mí escuché quejas similares y me giré a mirar. Kiria estaba dando manotazos a su alrededor, claramente frustrada. En cambio, más hacia atrás, Lennia y Cádin nos miraban a los dos, sonriendo. A ellos parecía no molestarles la presencia de sitoc. Entrecerré los ojos y les miré de vuelta.
—¿Qué pasa? —pregunté un poco a la defensiva, molesto por la situación.
Cádin se encogió de hombros y no dijo nada, pero lo noté.
Estaba utilizando su poder para mantener a los insectos alejados.
Cádin manejaba la electricidad de la tierra.
Era un poder muy poco común. Había creado una capa protectora alrededor de él y de su caballo, lo que ahuyentaba a todos los chupa-magia haciendo que no le molestaran. Puse los ojos en blanco.
—Muy útil ser conductor.
Cádin me guiñó un ojo y volví a poner los ojos en blanco.
—¿No puedes darme un poco de electricidad? —preguntó Kiria, casi suplicándole—. Caas y yo te lo agradeceríamos.
Cádin miró a Kiria y le sonrió. Era raro verlo tan relajado y expresivo con gente desconocida para él, pero en estos días que llevábamos viajando juntos el ambiente había cambiado entre nosotros.
Era consciente de que todo había sido gracias a Kiria.
Su carácter abierto y simple, había hecho que todos nos sintiéramos cómodos en el grupo.
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—No —le contestó Cádin sin borrar la sonrisa—. Acabaríais ambos fritos.
—¡Venga hombre! ¿Y por qué a Firco no lo estás electrocutando? —preguntó señalando al caballo.
—Estamos en contacto. Yo funciono de conductor.
Cádin simplemente se encogió de hombros y Kiria le miró con cara de muy pocos amigos, lo que hizo que Lennia soltara una risa disimulada.
—¿Y a tí por qué no te atacan? —se quejó Kiria, rascándose allá donde ya se le habían posado sitoc y apartando al resto.
—Estoy protegida.
—¿Perdón? —le pregunté girando la cabeza tan rápido que podría haberme dislocado el cuello .
—Me he hecho una crema con citratus. —Se encogió de hombros—. En los pantanos hay muchos sitoc, pero también hay protección natural para ellos —explicó, riéndose de las caras que poníamos Kiria y yo.
En el momento que lo mencionó me vino a la mente la planta, de hojas alargadas y flores rosas con un olor característico.
—¿Y por qué no lo has dicho antes?
—Es de conocimiento común que el citratus ahuyenta a los sitoc —respondió con media sonrisa en los labios. Tenía los ojos completamente brillantes, llenos de vida.
Entrecerré los ojos y la seguí mirando fijamente. Lennia me miró a mí y luego pasó su vista a Kiria, que estaba mirándola aún con más desagrado que yo. Puso a su yegua en marcha y nos avanzó.
—Fijaos a vuestro alrededor. Allí. —Señaló un punto cuando empezamos a mirar el bosque—.
Allí crece citratus y si os fijáis veréis que no hay insectos a su alrededor.
De ningún tipo. —Nos miró y negó con la cabeza, suspirando ante nuestra falta de conocimientos.
Siguió avanzando con Gia, adelantándose varios metros—.
Os falta bosque —gritó, su voz llena de risa.
Kiria y yo nos miramos con la misma cara de estupefacción y luego miramos en la dirección hacia donde nos había adelantado Lennia, sin palabras.
En ese mismo momento, Lennia lanzó por encima de su hombro tres botes pequeños con una sustancia rosa y con olor a cítrico, llegando uno hacia Kiria, otro hacia mí y un tercero hacia Cádin.
Miré el pequeño bote que había llegado flotando con cara de embobado antes de abrirlo y rápidamente embadurnarnos a mí y a Seri hasta que no quedó ni una gota de crema.
Lennia iba mirando de izquierda a derecha, la cara iluminándosele cada vez que reconocía alguna planta o flor especial.
—Haize, mira —dijo con demasiada entonación en su voz, señalando con su mano a una zona escondida entre las raíces de unos árboles.
Aceleré un poco a Seri y me coloqué a su altura, mirando hacia donde apuntaba. Al principio no vi nada que llamara la atención, pero como ella seguía señalando y tenía una sonrisa de suficiencia en la cara, seguí buscando.
Hasta que vi unas pequeñas flores azules con un patrón muy característico.
—¿Hierbazul? —pregunté mirando las pequeñas flores que no deberían crecer allí.
Lennia rió y me giré a mirarla, sorprendido de escuchar el sonido tan de cerca. En estos días en los que habíamos sido forzados a convivir, Lennia se había ido soltando poco a poco, pero todavía era muy reticente a dejarse ir del todo.
—Sólo hay que saber a dónde mirar. —Me guiñó el ojo y siguió su camino.
—¿Cómo la has visto desde tan lejos? —pregunté siguiéndola.
—Años de perderme entre las plantas —Me sonrió—.
Desde pequeña me han llamado la atención, así que empecé a estudiarlas por mi cuenta.
Puedo reconocer la mayoría de flora de Boreas y muchos tipos de cualquier otra parte.
Me resulta fácil ver qué planta no debería estar aquí y esas no son autóctonas, así que destacan en mi plano mental de lo que crece en esta zona.
Cuando hablaba de plantas se le iluminaba la cara y le brillaban los ojos. Envidiaba que tuviera una pasión tan grande la cual, el solo hecho de mencionarla, le alegrara el momento. Y me gustaba que tuviera eso, que hablar sobre sus conocimientos la hiciera feliz.
Decidí en ese momento que le preguntaría sobre plantas siempre que tuviera oportunidad .
Al contrario que Kiria, Lennia no era de muchas palabras.
No compartía muchas cosas sobre ella. Prefería quedarse en la periferia y escuchar.
Esa actitud no tenía nada de malo en sí, pero en ella se veía artificial, forzada, como si tuviera que esforzarse para mantenerse al margen.
Quería ayudarla. Quería que nuestro grupo fuera un sitio seguro para ella, que se sintiera cómoda siendo como era, pero no sabía cómo hacerlo.
Así que me dediqué a ser yo y esperar que eso fuera suficiente para que confiara en mí.
—No tenías muchos amigos entonces, ¿verdad? —La miré con una sonrisa burlona.
Para mi sorpresa, volvió a reír e hizo una cosa que no me hubiera esperado nunca. Levantó su puño y me enseñó su dedo corazón. La carcajada que salió de mi fue tan alta que Kiria y Cádin se miraron entre ellos y se encogieron de hombros, probablemente pensando que estaba loco.
Acampamos en una de las pocas zonas secas que encontramos en las ciénagas.
Tuvimos suerte de encontrarla antes de que cayera la noche; dentro de los humedales no eran para nada abundantes, y, secar un humedal, era una misión imposible.
Después de dejar todo preparado para que pudiéramos dormir de la manera más confortable posible, Kiria y yo nos quedamos despiertos para hacer la primera guardia.
Kiria había estado inusualmente callada durante buena parte de la tarde y de vez en cuando notaba como me iba dedicando miradas fugaces.
Hacía pocos días que la conocía pero presentía —sabía—, que quería decirme algo y no se atrevía.
Una vez Lennia y Cádin se quedaron dormidos me senté a su lado, apoyando mi espalda en el mismo tronco en el cual estaba ella apoyada.
Cerré los ojos y respiré el aire húmedo.
—Puedes decírmelo .
—¿El qué? —preguntó confundida.
—¿Me vas a decir que no hay algo que llevas toda la tarde pensando?
Kiria se sonrojó y apartó la vista, apoyando la cabeza en el tronco y mirando hacia la copa del árbol. Suspiró.
—A veces me da rabia ser tan fácil de leer. Rahel dice que un libro abierto da menos información que yo. —Chasqueó la lengua, fingiendo indignación, lo que me provocó otra risa.
—Me tienes intrigado. Pregunta lo que sea que te ronde en la cabeza. No sé si te has dado cuenta, pero suelo ser muy transparente.
—Rahel me ha hablado mucho de Laztan —susurró Kiria al fin, fijando sus ojos en las estrellas.
La risa desapareció de mi cara en menos de un segundo. De todas las cosas que había esperado, que el tema que la tenía inquieta fuera mi hermano no era una de ellas. Me aclaré la garganta. El nombre de mi hermano en sus labios había sido inesperado, pero no me dolió.
—¿Ah sí? —Mi tono de voz fue neutro, no queriendo desvelar todo lo que estaba sintiendo en ese momento, pero mi corazón se había acelerado.
—¿Te incomoda hablar de él? —preguntó. Cerré los ojos de nuevo y apoyé mi cabeza en el árbol. Inspiré hasta que no me cupo más aire en los pulmones y luego expiré poco a poco.
—No me incómoda per se. No sé hablar de él después de tanto tiempo sin hacerlo.