Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo quince #2
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Capítulo quince #2

Observé como mis tres acompañantes desmontaban y noté como Cádin cojeaba ligeramente al bajar de su caballo, un macho castrado de color negro llamado Firco.

Lennia también parecía resentida, aunque lo estaba llevando mejor de lo que había esperado.

No me fijé en Kiria pero dudaba que hubiera tenido ningún tipo de problema.

Desmonté el último y llevé a Seri junto a los demás caballos.

Lo dejé al lado de Firco, pero decidió que le gustaba más la compañía de Gia y cambió de posición.

Como todas las demás veces, Gia le ignoró y siguió pastando.

Como era muy pronto para comer, me senté en un tronco, cogí un trozo de madera y me puse a darle forma. No tenía nada pensado, normalmente tallaba para vaciar la mente. Cádin se sentó a mi lado.

—¿Qué tal lo llevas? —pregunté sin levantar la vista de la madera.

—Mejor de lo que esperaba, aunque es más duro de lo que recordaba —soltó una risa con la boca cerrada.

—Si necesitas ayuda con cualquier cosa, no te lo calles, Cádin. Házmelo saber.

—Eres mamá gallina incluso aquí. —Puso los ojos en blanco—. Estaré bien, general —dijo en tono burlón. Levanté la vista hacia él y vi que ocultaba un intento de sonrisa—. Se nota que estás disfrutando de tener esta responsabilidad de nuevo. Ipar se te queda pequeño.

—No es cierto. —Me tensé—. Quiero decir, sí, me gusta estar aquí, aunque no pensaba que fuera a ser así de nuevo, pero no tiene nada que ver con Ipar. No se me queda pequeño, estoy feliz allí.

—Se puede ser feliz en más de un lugar aunque parezcan contrarios —añadió levantándose y palmeándome el hombro. Lo observé mientras iba a sentarse en la hierba, apoyando la espalda en un tronco—. Despiértame cuando tengamos que movernos de nuevo.

Negué con la cabeza, divertido. La capacidad de Cádin de dormirse en cualquier lugar siempre me había asombrado.

Decidí dejarle descansar y cambié la dirección de mi vista, fijándome en Kiria y Lennia.

Estaban sentadas en el suelo, las piernas cruzadas delante de ellas.

Parecían estar meditando, aunque por la mueca que estaba poniendo Lennia, no estaba muy feliz con el resultado.

—Concéntrate. Piensa en ocultar el poder, en enterrarlo en ti —me llegó la voz de Kiria.

Lennia no respondió, solo resopló más fuerte, lo que provocó que mis labios se curvaran hacia arriba.

Comprendía los problemas que estaba experimentando, ocultar el poder de uno mismo no era fácil.

Nacíamos con poder, vivíamos con ese poder en la superficie y denegarle eso a la esencia era antinatural , iba en contra de nuestros más básicos instintos. El poder reclamaba ser visto y oído.

—Haize, Laztan, venid aquí —nos llamó la voz de papá—. Hoy os voy a enseñar algo muy importante.

Mi hermano pequeño y yo corrimos hacia papá. Él siempre nos hablaba con voz tranquila y dulce y siempre nos enseñaba cosas importantes. Una vez salimos al patio, nos lo encontramos sonriéndonos.

—Sé que a veces os sobrepasa todo lo que sentís.

—Papá tenía razón, como siempre. Cuando estábamos rodeados de mucha gente sentía muchas esencias diferentes a un nivel que me abrumaba.

Y sabía que a Laztan le pasaba igual—. Eso lo habéis heredado de mí, sentimos más que otras personas.

A veces es una bendición, pero si no sabes cómo pararlo, no es agradable .

Laztan y yo estábamos de pie delante de papá, escuchandolo detenidamente, su voz era musical y calmada, siempre me relajaba.

—Entonces, hoy os voy a enseñar a parar eso. Vais a aprender a dormir vuestros poderes para que en las multitudes podáis estar tranquilos, ¿Vale?

Laztan y yo empezamos a reír y a saltar, corriendo alrededor de papá. Siempre nos enseñaba cosas nuevas y siempre nos divertíamos mucho mientras lo hacía.

—Vamos a ver como os lo explico… —Papá se puso la mano en la barbilla y cerró los ojos.

Siempre lo hacía cuando pensaba—. ¡Ya lo tengo!

—Cuando habló de nuevo, se abalanzó sobre nosotros y empezó a hacernos cosquillas.

Cuando paró, a ambos nos dolía el estómago de reír tanto—.

Pensad en vuestro poder como uno de los cuentos que os lee mamá.

Si mamá pasa la página y sigue leyendo el cuento, vosotros conocéis más de la historia, os enteráis de cosas nuevas, ¿verdad?

—Ambos asentimos—. ¿Pero qué pasa cuando mamá cierra el cuento?

—¡Qué ya no sabemos qué pasa en la historia! —La voz de Laztan aún era muy aguda, apenas había aprendido a hablar correctamente, pero siempre tenía interés en saber más sobre todo.

—¡Muy bien, Laz! ¿Pero la historia sigue dentro del cuento, verdad? —Cuando vio que los dos asentíamos, continuó hablando—. Los poderes son igual. Siempre van a seguir con vosotros, siempre los vais a tener, pero podéis cerrarlos hasta que necesitéis volver a leerlos.

Fruncí el ceño. Aunque entendía lo que decía papá, no sabía cómo era posible encerrar mis poderes como las tapas de un cuento. Papá rió suavemente.

—Ze —me llamó cariñosamente, usando el mote que solo utilizaba él—, siempre tan lleno de energía por aprender.

—Me revolvió el pelo con una mano y con la otra cogió la mano de Laztan.

Se arrodilló para mirarnos a los ojos—. Cerrad los ojos.

Pensad en vuestro cuento favorito. Visualizadlo.

Abridlo. Ahora, llamad a vuestro poder, como os enseñé hace unos días.

—Esperó unos minutos y cuando estuvo satisfecho, prosiguió—.

Ahora coged vuestra esencia y ponedla dentro del libro.

Cuando la hayáis guardado, cerrad la tapa poco a poco.

Yo seguía con los ojos cerrados. Mi poder siempre me había sido fácil de llamar, siempre me había respondido rápido. Seguí pensando en el cuento de “Los lobitos”, en cómo mamá me lo leía y ponía siempre voces. Lo abrí y le pedí a mi poder que entrara en él y poco a poco cerré la tapa.

Abrí mucho los ojos cuando la tierra se silenció. Dejé de sentir el poder de Laztan. Dejé de sentir el poder de papá. Tampoco sentía el poder de mamá. La tierra había dejado de llamarme.

Papá sonrió y me levantó por los aires.

—¡Muy bien, Ze! —Me abrazó tan fuerte que casi me dejó sin respiración, pero no me importaba, los abrazos de papá eran los mejores.

—¡Esto es una mentira! —gritó Laztan—. No funciona, papi —se quejó, con lágrimas formándose en sus ojos.

Papá me soltó y se agachó para hablar con él.

—Sí funciona, pero a veces las cosas no salen a la primera, pero si sigues intentándolo y le pones muchas ganas, verás como esto sí que funciona, Laz. Confiamos en tí.

Sonreí y asentí con la cabeza varias veces, animando a Laz para que siguiera intentándolo.

Laztan no lo consiguió ese día ni en los siguientes.

Cada día que pasaba sin conseguir enterrar sus poderes, se frustraba más, pero a la vez los ojos le brillaban con el fuego de aquel que quiere conseguir algo sin importar cuánto le cueste.

Al final, pasados unos días Laztan lo consiguió y todos lo celebramos, mami incluso nos hizo un pastel.

Mami siempre se alegraba de nuestros logros.

Parpadeé varias veces, saliendo del recuerdo. Hacía años que no me permitía recordar mi infancia. A mi familia. Me aclaré la garganta, notando como la energía fluía en mí demandando movimiento.

Me levanté de un salto. Ya habíamos descansado bastante. Desperté a Cádin y me giré para mirar a Lennia y Kiria.

—Hora de seguir con el camino.

Todos asintieron sin dudar ni un segundo, poniéndose en movimiento.