Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo quince
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Capítulo quince

HAIZE

L a mañana siguiente estaba en pie nada más salir el sol.

Quería llegar cuanto antes a Zéfiro. No es que tuviéramos extrema prisa, pero quería explorar antes de que Nator nos convocara para reunirnos con los reyes.

Salí de mi habitación, recogiendo todas mis pertenencias y me encontré a Cádin apoyado en el pasillo, esperándome.

—Te escuché salir anoche.

—Escuché un ruido en las caballerizas y quería asegurarme de que los caballos estuvieran bien. Resultó ser Lennia, Gia tenía una astilla clavada en una pata.

Cádin me miró con las cejas alzadas y asintió sin hacer ningún otro comentario.

Le seguí cuando empezó a andar en dirección a la cocina en donde habíamos cenado la noche anterior.

Kenila, Kiria y Lennia ya estaban despiertas, sentadas en la mesa con el desayuno preparado.

Miré el manjar que había sobre la mesa. Leche, café, chocolate, quesos, pan recién hecho, más carnes curadas y muchas más frutas que la noche anterior.

—Os habéis dado cuenta de que solo somos cinco, ¿verdad? —dije, mirando a las tres mujeres que había al otro lado de la mesa.

—Muchacho, ¿qué te crees que los que vivimos en esta casa no comemos? Espera que mi marido y los niños vengan del campo y no van a quedar ni las migajas. Así que comed antes de que aparezcan esos bichos sin fondo.

Kenila habló de su familia con una sonrisa permanente en los labios, las palabras llenas de cariño.

Escuchar como hablaba de ellos me pinzó un poco el corazón.

Desde que me mudé a Ipar había creado mi propia familia allí, una que yo había elegido, pero ¿esto?

No lo vivía desde hacía más de setenta años.

Me aclaré la garganta y empecé a desayunar mientras escuchaba a Kenila hablar sobre la infancia de su sobrina.

—Si sigues así no voy a traer nunca más a nadie, tía —se quejó Kiria, riendo—. Creo que vives solo para avergonzarnos con historias sobre el pasado.

—No es cierto, pero siempre va bien compartir las tiernas aventuras de cuando eras una niña.

—Y reírte de mí.

—Si me quisiera reir de ti, contaría la historia de cómo, desobedeciendo a tus padres y a todos los adultos, quisiste montar a Clyra.

—No te atreverás —dijo Kiria abriendo mucho los ojos y mirando a su tía con desconfianza.

—No, no. Por qué no estoy aquí para avergonzarte ni reirme de tí, como he dicho.

—Ahora que lo mencionas, creo que es una historia que me gustaría escuchar —añadí yo, dejando mi vaso a medio beber.

La mirada que me dirigió Kiria me dejó claro que mi aportación no había sido bienvenida, lo que me hizo reír de nuevo.

—Ahora que él lo menciona, a mi también me parece interesante, para conocer mejor a Kiria. —Esta vez fue Lennia. Su voz sonó floja pero divertida. Estaba sonriendo mientras Kiria la miraba como la mayor traidora de la mesa.

—Kiria tendría diez o doce años por aquel entonces —empezó Kenila.

—¡Haize! Es tarde, deberíamos salir hacia Zéfiro ya. No debemos retrasarnos —la cortó Kiria.

—La verdad es que estaba pensando que deberíamos descansar un poco más, una vez crucemos la frontera no sé en qué condiciones deberemos dormir —respondí divertido.

—Me caéis mal todos, que lo sepáis —afirmó Kiria cruzándose de brazos .

Todos echamos a reír en la mesa, incluso Cádin soltó aire, que, viniendo de él, podía contar como una carcajada entera.

—Como iba diciendo, mi guerrera tendría unos diez años y justo habíamos recibido una yegua que nadie podía montar.

Clyra había nacido en cautividad pero su espíritu era salvaje.

Nadie, ni la gente afín con los caballos, se hacía con ella, así que Raylo, mi hijo mayor, decidió adoptarla.

Él siempre se ha llevado bien con los animales.

Tiene afinidad con ellos. Su idea era dejarla vivir aquí siendo feliz, no quería montarla ni hacerla trabajar si la yegua estaba tan incómoda con ello y todos estuvimos de acuerdo.

Tenemos la suerte de poder mantener bocas extras sin necesidad de hacerlas trabajar para ganarse el sustento, así que Clyra vino a vivir con nosotros.

Llegó con un pánico atroz, no sabíamos cómo habían intentado doblegarla antes ni por cuantas casas había pasado, pero lo de esa yegua…

—Kenila y Kiria negaron con la cabeza, ambas con la mirada oscurecida—, no era normal.

Por suerte su relación con los otros caballos fue muy buena desde el principio, lo que hizo que pasara de estar siempre en pánico a simplemente asustarse de vez en cuando y, al cabo de unos meses, incluso confiar en nosotros: cogernos comida, dejar que la cepilláramos brevemente…

Este tipo de cosas. Raylo era su persona favorita en esta casa y Kiria estaba celosa de ellos.

—Totalmente falso —se defendió Kiria—, no estaba celosa. Clyra también me adoraba a mí.

—Eso es cierto —contestó Kenila sonriendo—, pero cuando aparecía Raylo, la yegua no veía a nadie más.

Así que un día vimos a Kiria muy cerca de Clyra, poniendo peso sobre su grupa y todos y cada uno de los adultos que vivíamos en esta casa le pedimos que no hiciera ninguna locura.

Le prohibimos que intentara ensillarla o montarla, tanto por ella como por la yegua, que por fin tenía algo de paz.

Pero obviamente, en su mente de niña, ella podía hacer todo sin represalias y conseguir aquello que se propusiera.

Así que una noche, cuando todos dormíamos, decidió ir a molestar a la pobre yegua.

—Kiria puso los ojos en blanco—. En ese punto la yegua se dejaba poner las bridas y la silla de montar sin problema, así que se las colocó.

No sé de dónde sacó la fuerza para hacerlo todo ella sola, pero logró ensillarla.

—Kenila dejó escapar un suspiro—. Nunca nos contó que pasó pero nos despertaron sus gritos mientras corría por todo el prado y Clyra iba detrás de ella, mordiéndole las trenzas que llevaba y revolcándola por todos lados cada vez que conseguía levantarse —Kenila empezó a reír y Kiria se tapó la cara con las manos—.

Ahora nos reímos, pero qué susto nos dieron.

Miré a Cádin y luego a Lennia. Los tres intentamos muy seriamente no reírnos, aunque se podía ver en nuestras caras que estábamos fallando.

Lennia fue la primera que dejó escapar una carcajada y yo le seguí pocos segundos después.

Cádin fue el único que no emitió sonido, pero sus labios curvados hacia arriba y sus ojos brillantes indicaban que se estaba divirtiendo.

—Muy divertido, sí —cortó Kiria mirándonos a todos con el ceño fruncido—. Pero tenemos que irnos en algún momento y ese momento es ahora.

—Sí, Capitana —contesté, haciendo un saludo con la mano.

Todos nos levantamos y ayudamos a recoger lo que habíamos ensuciado, muy a pesar de Kenila que no quería que ayudáramos en nada. Agradecidos por su hospitalidad nos despedimos de ella y fuimos a preparar a nuestros caballos.

—A partir de aquí el viaje será más duro.

Si el tiempo sigue siendo favorable tenemos tres o cuatro días a caballo hasta la frontera y no creo que encontremos muchas posadas por el camino, así que nos tocará acampar al raso.

Una vez lleguemos a los pantanos tendremos que tener aún más cuidado, pues pasados los primeros lagos entraremos en las ciénagas y no sé cómo habrán evolucionado en estos años, pero recuerdo que no era un terreno fácil.

Había lugares en los que incluso se tenía que desmontar si no me falla la memoria.

Miré a Kiria, esperando que ella pudiera añadir más información.

—Hace muchísimos años que no voy hasta las ciénagas, no puedo decir si han cambiado.

Asentí, un poco decepcionado en mí mismo por no haber pensado en recopilar esa información antes de salir, pero no dije nada más mientras puse a Seri en marcha, escuchando como los demás seguían mis pasos.

La primera parte del viaje fue silenciosa, mi vista iba pasando entre mis tres acompañantes, fijándome en si alguno tenía alguna necesidad, pero ninguno de ellos demostró ningún problema.

Sabía que Kiria tenía años de práctica a sus espaldas, así que tenía claro que ella iba a aguantar el viaje sin problema, pero Cádin y Lennia me preocupaban.

Aunque el primero había sido guerrero, Cádin llevaba años sin cabalgar esas distancias y tenía por seguro que su cuerpo lo iba a notar. Probablemente ya lo estuviera notando.

Sobre Lennia no sabía mucho, pero dudaba que estuviera acostumbrada a nada de lo que iba a traer consigo ese viaje. Tenía poca información sobre ella: que era poderosa, que había estado encerrada por ello y que Nator quería utilizarla para ganar lo que fuera que iba a venir.

Esa idea seguía sin gustarme, estaba mal. Nadie debería ser utilizado en contra de su voluntad de ninguna manera posible y dudaba que Lennia hubiera elegido estar allí voluntariamente.

Pensar eso me enfureció aún más, apreté tanto las riendas que mis nudillos pasaron a estar blancos. Seri notó el estrés y se sacudió, intentando soltar las riendas de mi agarre. Respiré hondo e intenté relajarme.

—¿Pasa algo?

La voz de Lennia me sorprendió, no me había dado cuenta que cabalgaba a mi lado, observándome.

Negué con la cabeza y ella se encogió de hombros, volviendo su concentración al camino que teníamos delante.

Seguimos cabalgando en silencio durante un rato más hasta que llegamos a un claro protegido del viento y cercano al rió y decidí adelantar la parada.

Frené a Seri y los demás imitaron mi gesto.

—Sé que los caballos aguantan un rato más, pero creo que lo más sabio sería parar aquí.