Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo catorce #3
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Capítulo catorce #3

—Deberías estar durmiendo, mañana será un día duro —dije sin alzar la voz y sin reproche, con más curiosidad que otra cosa por saber qué hacía a esas horas en las caballerizas.

—Tú también deberías estar durmiendo —contestó con voz calmada, sin ningún indicio de que estuviera molesta con mi comentario o con mi presencia. Eso me tranquilizó. Dado como acabó nuestra última conversación, no sabía cómo proceder con ella.

—He escuchado un ruido y quería asegurarme que todo estaba bien con los caballos.

Lennia se giró y me miró por primera vez desde que había llegado.

La luz era tenue ya que el box estaba iluminado por una simple lámpara que estaba enfocando a Gia, dejándola a ella cubierta en sombras, pero noté como su vista me recorría el torso desnudo.

No había pensado mucho mis acciones antes de salir de la cama, mi preocupación estaba puesta en los caballos y, a decir verdad, tampoco había esperado encontrar a nadie allí.

Algún animal buscando cobijo o alimento, como mucho.

Lennia volvió a girarse hacia Gia y juré que sus mejillas tenían más color que hacía unos segundos.

Una sonrisa presuntuosa asomó en mi cara.

—He intentado dormir, pero no lo he conseguido. Estoy preocupada por ella —explicó, señalando a la yegua—, creo que tiene algo en la pata. Me lo ha parecido antes, cuando cabalgábamos hacía aquí, pero no he visto nada cuando los hemos dejado para descansar.

Lennia seguía intentando cogerle la pata a Gia, pero la yegua no colaboraba. Dada su postura y su reticencia a dejarse tocar, sí parecía estar incómoda o tener dolor.

—¿Puedo? —pregunté acercándome despacio y acuclillándome al lado de ella. Lennia asintió, dándome permiso, así que puse mis manos sobre la pata de Gia.

Aunque la magia de curación no fuera mi especialidad desde que me había marchado a Ipar la había estado estudiando y trabajando, ya que no disponíamos de muchos medios en el norte.

Cerré los ojos y me concentré en el animal.

El fluir de su sangre, la vibración de sus músculos y su piel, la dureza de sus huesos.

La curación no solo servía para curar heridas o enfermedades, también servía para detectar cosas que no deberían estar ahí.

Notaba a Lennia tensa a mi lado, podía sentir su preocupación por la yegua.

—Ya está —dije mirándola cuando encontré que estaba mal.

Por un momento me quedé callado. Lennia estaba muy concentrada mirando la pata de Gia, como si pudiera encontrar lo que estaba mal con solo observarme trabajar.

Una mitad de su cara estaba iluminada por la lámpara y la otra totalmente cubierta de sombras, creando un patrón que dividía su cara perfectamente en dos. Me aclaré la garganta.

—No le pasa nada. —Cogí la pata de la yegua y se la doblé por la rodilla, dejando la corona y el casco visibles—.

Se ha clavado una astilla entre estás dos partes.

—Señalé el punto exacto desde donde, si te fijabas mucho y sabías que buscabas, se veía el trozo de madera sobresalir—.

Si puedes retirarla con cuidado para que no se parta, dejará de molestarle.

Lennia asintió y con cuidado retiró la astilla manualmente.

—No merece la pena curar esta herida con magia, se curará mejor ella sola.

La curación era un aliado imprescindible en nuestra vida, pero no era bueno abusar de ella.

Había que manipular el cuerpo lo mínimo posible, si no, corrías el riesgo de que el cuerpo esperara la magia y dejara de sanar por sí mismo.

Por eso, las heridas pequeñas, sin importancia o que no amenazaban la vida del portador, era mejor dejarlas curar al natural.

—¿Por qué no has dicho nada antes? —pregunté.

—No quería retrasar el viaje —respondió, encogiéndose de hombros.

—La salud de nuestros caballos merece retrasar el viaje —contesté suavemente—.

No dudes en parar si crees que algo no va bien.

Y siempre puedes pedir ayuda. No te cargues tu sola con la responsabilidad de todo.

Una vez que cabalgamos juntos, somos un equipo, tenemos que contar con los otros para sumar las posibilidades de éxito.

Lennia tensó la mandíbula, pero no dijo nada, solo asintió.

—Sé que eres capaz de ocuparte de Gia, pero no hace falta que lo hagas tú sola.

—Está bien. —Relajó su posición corporal mínimamente, lo que consideré una victoria—. Si vuelvo a notar algo raro con ella, pediré ayuda.

—No solo con ella, con cualquier cosa.

Me incorporé del todo y palmeé el lateral de Gia, que ya se notaba mucho más relajada. Dudé unos instantes, pero al final le extendí la mano a Lennia.

—Vamos, hora de volver a dormir.

Miró mi mano durante unos segundos hasta que finalmente la aceptó.

—Hora de dormir —repitió mientras la ayudaba a levantarse.

Lennia cogió la lámpara y cerró el establo de Gia.

Una vez nos aseguramos de que todo estuviera bien nos dirigimos hacia la casa de nuevo. No hablamos durante el trayecto pero una vez Lennia fue a meterse en su habitación se giró a mirarme.

—Gracias, Haize.

—No son necesarias. —Sonreí.

Lennia asintió y entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí. La sonrisa siguió conmigo mucho después de que me hubiera dormido.