Capítulo catorce #2
Kiria rió conmigo y Cádin dejó salir aire por la boca de manera exagerada tras poner los ojos en blanco. Nunca le había gustado ser el centro de atención.
Juraría que hasta Lennia sonrió.
Llegamos a Raso bien entrada la noche. Kiria nos guió por las calles dormidas de la pequeña ciudad hasta llegar a casa de sus familiares. Desmontamos antes de entrar y Kiria se nos adelantó. La puerta se abrió en su presencia.
Llamar casa a esa vivienda era quedarse corto. La residencia de la familia de Kiria disponía de varias dependencias, entre ellas, sus propias caballerizas.
Las caballerizas, pintadas de granate, tenían el suficiente espacio para albergar a diez animales.
Dedicamos el tiempo necesario en preparar a los caballos para pasar la noche, procurándoles comida y dejándoles el agua necesaria.
Una vez dejamos a los caballos, Kiria nos dirigió hacia la casa principal.
La mujer que nos estaba esperando en la puerta era tan parecida a Kiria que si no fuera porque tenía el pelo negro en lugar de rojo, no las hubiera sabido diferenciar.
—¡Kiria! Qué alegría verte —exclamó la mujer, que iba vestida con un camisón azul claro.
La abrazó fuerte—. Me he asustado un poco cuando he escuchado que venían caballos, pero cuando la puerta se ha abierto, te he sentido.
Podrías haber avisado y tendría cosas preparadas.
—Miró detrás de ella y nos examinó—. ¿No viene Rahel contigo?
—No he podido avisar antes porque no sabía nada hasta hace unas horas. Y no, Rahel tiene otro destino.
La mujer le palmeó la mejilla con cariño y nos miró.
—Soy Kenila, la tía de Kiria. Un gusto conoceros. Pasad, pasad, seguro que podemos preparar algo para qué comáis.
—No queremos molestar más de lo necesario, Kenila. Con algún sitio para dormir tendremos suficiente. Tenemos que marchar pronto hacia Zéfiro —le dije a la mujer, agradeciendo su hospitalidad.
—Tonterías. Nadie viene a mi casa y se va sin comer.
Kenila gesticuló para que entraramos y todos la seguimos.
Nos dirigimos hacia la cocina, lo suficientemente grande para albergar veinte personas en ella.
Era una estancia sencilla, en un lateral había una sola encimera larga que contenía el fuego, el horno y espacio para preparar comidas, a la derecha había dos salas adyacentes que servían como despensa, una de ellas enfriada con magia, y en la pared contraria varios espacios para almacenaje.
—Era la casa de mis abuelos —explicó Kiria cuando vió que estaba analizando mis alrededores—.
Tuvieron siete hijos, así que necesitaban todo este espacio.
Yo y muchos de mis primos también nos hemos criado aquí.
—Volvió a dirigir la atención a su tía—.
¿Dónde está Luna? Esperaba presentársela a Lennia. Me recuerda mucho a ella.
—Ha tenido que ir a trabajar a Notos. En una de las universidades ha fallado el mecanismo de cierre de unas salas y la han llamado para que lo repare. No sé cuando volverá.
—Luna es especialista en guardas mágicas —nos explicó a los demás—, se encarga prácticamente de todos los edificios importantes de varios reinos.
Mientras Kiria nos explicaba prácticamente todo su linaje familiar, Kenila sacó varias cosas para comer: pan, cecinas de diferentes tipos, quesos y frutas de temporada como manzanas, uvas y naranjas.
La cena fue rápida y con poca conversación, ya que una vez nos sentamos y empezamos a comer, el cansancio nos venció. Una vez terminamos, Kiria y Kenila nos guiaron a diferentes habitaciones.
Mi habitación estaba en el extremo más alejado del pasillo.
Era una habitación sencilla, pintada de gris.
Tenía una pequeña ventana que asomaba a las caballerizas.
Una cama individual lo suficientemente grande para un hombre adulto, era el mueble principal de la estancia.
También había un escritorio, una silla sencilla que se veía muy desgastada por el uso y una estantería con varios libros infantiles y fotografías.
En una de ellas reconocí a Kiria, de niña, con cuatro niños más.
Todos en la foto tenían el pelo rojo y los ojos oscuros, eran de la misma altura y todos tenían un gran parecido entre sí.
Kiria nos había explicado que tenía tres hermanos mayores que ella y doce primos de diferentes edades así que no pude identificar quiénes eran, pero viendo el parecido que tenía con su tía, podía ser cualquier familiar.
Una vez examiné toda la habitación y localicé todas las salidas —una manía que adquirí en el ejército y que nunca se me había quitado—, me tumbé en la cama, dejando que el sueño y el cansancio se apoderaran de mí.
Había dormido dos o tres horas a lo sumo cuando me desperté.
Me senté en la cama intentando comprender qué había cortado mi sueño cuando escuché ruido en las caballerizas y decidí ir a ver de dónde provenía exactamente.
Me puse un pantalón antes de salir de la habitación.
Una luz tenue provenía del interior de los establos y conforme me acercaba iba aumentando el volumen de una voz que hablaba prácticamente en susurros.
—Estate quieta. Déjame mirar que es. No seas cabezona.
El poder de Lennia me llegó con la misma claridad que su voz en el momento en que estuve lo suficientemente cerca de la entrada como para poder mirar hacia dentro.
El establo de Gia estaba abierto y Lennia debía de estar dentro con ella, así que me acerqué y carraspeé suavemente para hacerme escuchar.