Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo catorce
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Capítulo catorce

HAIZE

L a voz de Nator en mi cabeza me despertó mucho más pronto de lo que me hubiera gustado. Había olvidado lo molesta que podía ser la telepatía del rey, sobre todo cuando no eran ni las ocho de la mañana y, con más ganas que sentido común, habíamos alargado la noche hasta bien entrada la madrugada.

El mensaje fue claro; reunión urgente en dos horas. Decidí levantarme y entrenar para quemar el exceso de alcohol que había ingerido mientras mentalmente maldecía a Roa y Cádin.

Después de una hora haciendo estiramientos y ejercicios suaves, ya me encontraba mejor, aunque me seguía doliendo la cabeza ligeramente.

Al acabar, me dirigí hacía la habitación de Roa después de ducharme. Golpeé la puerta, con fuerza, esperando que su dolor de cabeza fuera, como mínimo, igual de malo que el mío. Tuve que golpear varias veces hasta que escuché movimientos dentro.

La puerta se abrió y de ella salió una mujer joven la cual recordaba vagamente de haber visto en los campos de entrenamiento. La pobre mujer agachó la cabeza y pasó prácticamente corriendo por mi lado. Divertido con la situación, entré en la habitación de Roa, que seguía en la cama.

—Veo que lo pasamos bien anoche —dije, abriendo las cortinas y ventanas para que entrara aire fresco.

—¿Qué haces aquí? —La voz de Roa sonaba silenciada por la almohada que se había puesto en la cabeza.

—¿No has recibido el mensaje de Nator ?

—No. No debo estar invitada a la reunión de los chicos populares, —se sentó y me miró con media sonrisa—, pero voy a ir igual, por si acaso. O por fastidiar. —Reí ante su comentario—. ¿Cuándo es?

—En veinte minutos. —Sacudí la cabeza—. Te espero fuera.

Salí y escuché a Roa correr hacia la ducha.

Exactamente doce minutos después, Cádin, Roa y yo nos dirigimos hacia la reunión. En la pequeña sala ya estaban todos esperándonos. El general, dos de sus capitanes, Larán, Lennia y el rey. Nos sentamos en las únicas sillas libres.

—Ya estamos todos, por fin —empezó Nator mirándonos, con un tono de reproche en su voz—.

Iréis a Zéfiro y recopilaréis toda la información que podáis.

Saldréis en dos grupos simultáneos. Uno irá hacia Raso, y de allí bajará hacia Zéfiro, entrando por los pantanos.

El otro grupo bajará hacia la frontera sur y entrará en Zéfiro por allí, con especial cuidado, ya que también es frontera con Alisio —nos miró a todos—.

Rahel, Roa, Larán y Auro iréis hacia el sur.

Haize, Kiria, Lennia y Cádin iréis por el oeste. Saldréis esta tarde.

Todos nos tensamos con esa división. Rahel parecía más descontento que yo e incluso el hermano del rey tenía cara de no estar de acuerdo.

—No creo que esta división… —Rahel intentó hablar.

—No os he preguntado qué os parece. Se hará así.

Nator desapareció antes de que nadie pudiera responderle.

Esta versión de Nator no era la que yo recordaba. El Rey que me había gobernado no se hubiera marchado dejando a su General, hermano y capitanes con la palabra en la boca. Desde que habíamos llegado se mostraba nervioso y errático.

—Puedo ir a hablar con él y hacerle cambiar de opinión —dijo Larán.

—Será inútil —respondió Rahel—. Cuando no quiere escuchar, no quiere, y esta ha sido su decisión.

Larán apretó los labios en una fina línea pero no dijo nada, su vista fija en Lennia.

—No tiene sentido esta distribución. Yo no conozco a Kiria, trabajo mejor con Roa. Tampoco he trabajado nunca con Lennia —añadí.

—Por supuesto yo también prefiero trabajar con Auro y Kiria que con Roa. —dijo Rahel mirando a Roa—. No pretendo ninguna ofensa. —Roa negó con la cabeza—. Pero si Nator lo ha decidido así es por algo. Creo que es inútil discutir. Seguramente es una estrategia para ver cómo funcionamos juntos.

Me pasé las manos por la cabeza soltando el pelo y volviéndolo a recoger en un moño.

—¿Estás de acuerdo? —Mi preguntá fue específicamente dirigida a Roa. Si ella no estaba cómoda con el acuerdo, no le obligaría a ir, aunque tuviéramos que regresar a Ipar. Jamás iba a estar obligada a hacer nada en contra de su voluntad. Cuando asintió respiré hondo.

—Pues que así sea. Nos vemos en Galto en unos quince días para comprobar que todo esté yendo bien. Nos reuniremos antes de partir. Voy a acabar de cerrar detalles con Nator —dijo Rahel antes de salir.

No estaba contento con esa decisión, y conforme iba preparando el equipaje, menos me gustaba.

Cádin y Roa habían venido aquí para acompañarme, no para hacer misiones sin mí.

Boreas no significaba nada para ellos y, por mucho que Roa me hubiera dicho y repetido que no pasaba nada, no se me calmaban los nervios.

Me había hablado de sus años en el ejército de Notos.

Del menosprecio y las burlas que había recibido por ser mujer y estudiar en un mundo de hombres.

Por querer batallar. Y yo la dejaba ahora con un batallón con hombres que no conocía.

Solo eran cuatro, pero aún así no me gustaba la idea.

Roa me había contado suficiente de su pasado para querer protegerla ante todo, aunque supiera que no lo necesitaba.

Mi preocupación no venía por ella. Era fuerte, capaz y útil, pero no me gustaba que fuera sin nadie conocido.

Respiré hondo y decidí confiar en su palabra.

Dos horas y media después de nuestra reunión, estaba en las caballerizas preparando a Seri.

Desde que me había visto llegar había sabido que partíamos.

Su posición corporal demostraba alegría miraras donde miraras.

La cola levantada, los ojos muy abiertos, el resoplo de impaciencia.

Seri era un caballo criado para batallar, no quería estar en la comodidad de los campos verdes y las caballerizas por mucho tiempo.

Quería correr y enfrentarse a la batalla.

Era un animal que disfrutaba de la adrenalina y, en ese momento, me estaba exigiendo que saliéramos.

—Tranquilo, luego echarás de menos estar aquí. No sé cuándo vamos a volver.

Le hablaba con voz calmada para intentar tranquilizarle, pero no servía. Cuando Seri quería algo, era muy insistente, mucho más que yo. Estaba acabando de ensillarlo cuando aparecieron Rahel, Kiria y Lennia, que se pusieron a preparar sus monturas.

Una hora después. todos estábamos preparados para salir.

—Nator ha convocado una reunión con los reyes de Zéfiro. Nos reuniremos con él en Galto. Hasta entonces, id con cuidado. —Rahel montó a su yegua y miró a Lennia—. Recuerda lo que hemos estado hablando.

Lennia asintió. Rahel le sonrió y guiñó el ojo y ésta le devolvió una sonrisa sincera.

—Volved sanos y salvos —dijo a modo de despedida.

Y con ello puso dirección hacia el sur. Roa le siguió sin dudar y sin mirar hacia atrás, cabalgando al lado de Auro. Larán dudó en avanzar, la vista fija en Kiria y Lennia. Parecía que quería decir algo pero al final decidió en contra de ello y puso a su montura en marcha.

—Está bien —dije mirando a los demás, una vez los otros habían marchado—. El viaje no es difícil ni demasiado largo. No vamos a parar hasta que lleguemos a Raso.

Y emprendimos la marcha. Puse a Seri al paso, seguido de Kiria, Cádin y Lennia. Pese a los años que llevaba viviendo en Ipar, no había olvidado ni una parte de Boreas y su territorio. En días despejados como ese, el viaje se podía hacer en medio día.

—¿Qué tal está yendo la vuelta al reino? —me preguntó Kiria cuando llevábamos un rato cabalgando.

Desde que habíamos salido cabalgaba a mi lado, y de vez en cuando, me preguntaba sobre Ipar, mi vuelta a Bore o sobre mí. Era muy fácil conversar con ella.

—Mejor de lo que esperaba. Volver fue una decisión impulsiva y una vez aquí dudé de si había hecho lo correcto.

—¿Sigues dudando?

—No. No sé qué pasará, no sé qué encontraremos, pero sabía que tenía que estar aquí. Además, Boreas es el último reino antes de llegar a Ipar, aunque no hubiera querido involucrarme, si todo esto sigue avanzando, lo hubiéramos tenido que hacer igual.

En Ipar no teníamos ejércitos y la gente que sabíamos y podíamos luchar no disponíamos del mejor material para ello. El lugar no podría sobrevivir a una batalla seria y mucho menos a una guerra. Me tensé con el lugar hacia donde se habían dirigido mis pensamientos.

—Hacía mucho tiempo que no venía hacia Raso. Tengo familia allí, es una pena que no podamos parar a saludar —añadió Kiria, cambiando de tema.

—¿Por qué no? —Sonreí, agradeciéndole la salida—. No es como si fuera una misión secreta.

La cara de Kiria se iluminó. Era muy fácil leerla, no ocultaba ninguna reacción, y eso me hacía confiar en ella sin dudarlo mucho.

Que fuera la capitana de Rahel también le había sumado puntos, pero aunque no hubiera sido así, la energía que desprendía y su carácter hubieran sido motivos suficientes para ello.

Frenó a Caas, su caballo, y se puso a la altura de Lennia .

—Entonces podremos dormir en casa de mi tía. Tiene sitio de sobra y vive justo en la entrada de Raso. Te va a encantar mi prima, Lennia. Me recuerda mucho a ti, —la miró de arriba abajo, sonriendo—, al menos en carácter.

Lennia no dijo nada y siguió avanzando con Gia.

Desde nuestra conversación del otro día no me había vuelto a dirigir la palabra.

Ni cuando nos habíamos cruzado por la zona de guardias, ni en la reunión, ni mientras preparábamos las monturas, y su posición corporal cada vez que nuestras miradas se cruzaban no invitaba a que lo hiciera.

Cádin también cabalgaba en silencio, cerrando la comitiva, pero en él el silencio era normal. No solía comunicarse demasiado con gente fuera de su círculo, que ahora había quedado reducido a Roa y a mí. Kiria volvió a mi lado y viendo donde había ido mi vista, ella también miró a Cádin.

—Tu amigo no es de muchas palabras, ¿verdad? Ha estado callado todo el camino.

Me giré de nuevo y miré a Cádin que estaba observando los alrededores, haciendo ver que no había escuchado el comentario de Kiria.

—No, no es muy hablador. Ya le irás conociendo. Quizá hasta consigas que te hable.