Capítulo trece #2
Tenía las orejas finas y puntiagudas. No todo el mundo tenía las orejas tan finas.
Desde hacía años y por la mezcla de razas de las que veníamos, las orejas habían ido perdiendo forma, habiendo personas que las tenían completamente redondeadas.
Las suyas, en cambio, no habían adoptado ningún matiz redondo, como las de nuestros antepasados.
—Y yo he elegido no contestarte. Puedes seguir hablando de mi a mis espaldas.
—¿Así que a parte de trabajar con sustancias ilegales también escuchas conversaciones ajenas?
Sabía que no debía seguir molestándola, que estaba echando leña al fuego, pero algo en mí se divertía con la fuerza con la que respondía.
—Mira, Haize —dijo mi nombre remarcando la zeta, con burla—, no estoy aquí para jugar a tus juegos de macho interesante.
No estoy aquí para contestar tus preguntas estúpidas y no estoy aquí para que hables de mí a mis espaldas.
Estoy harta, harta de que hombres engreídos estén hablando de mí como si mi opinión no importara.
¿Y sabes qué? Esa ha sido la tónica de mi vida los últimos años, no solo en prisión, sino que me he ido enterando que desde antes también.
Así que te puedes ir por donde has venido y dejarme en paz.
Sus palabras borraron la sonrisa de mi cara, su voz sonaba dolida. Se quedó delante de mí, mirándome, con los brazos en forma de jarra y los ojos empezandole a brillar.
—Estaba pidiendo que te dejaran fuera de la misión porque he considerado que puede ser peligroso llevar con nosotros a alguien inexperto.
No ha sido mi intención hablar de ti a tus espaldas ni ocultarte esa información, solo surgió en la conversación.
Discúlpame si te he ofendido de alguna manera, mi intención nunca ha sido, ni será, hablar por ti —dije, explicándole la verdad, dejando a su criterio que me creyera o no.
Tragué saliva, esperando a que contestara, pero no lo hizo.
Siguió en la misma postura defensiva mirándome con la misma furia.
Agaché la cabeza—. Nos vemos en la siguiente reunión.
Me marché mientras seguía mirándome con la misma rabia de hacía unos minutos.
No me gustó esa mirada dirigida hacia mi. No me gustó ni un poco.
—Nator quiere que salgamos pronto hacia Zéfiro —les dije a Roa y Cádin.
Después de mi encuentro con Lennia no pude quitarme la sensación de malestar, de haberla fastidiado con alguien que no lo merecía, así que les pedí que nos reuniéramos en la ciudad en lugar de en el comedor de la guardia.
No solo porque así teníamos más privacidad, sino porque necesitaba salir de allí.
Y qué mejor sitio que Styri, la taberna más popular de Bore.
La taberna apenas estaba diferente de la última vez que la visité, incluso la clientela seguía siendo la misma. La única diferencia es que la regentaba Plesa después de que sus padres se retiraran.
Plesa y yo nos habíamos criado juntos y siempre habíamos mantenido una buena relación. Habíamos estado uno al lado del otro cuando alguno lo habíamos necesitado.
—¿Cuánto tiempo? —la preguntá de Cádin cortó el hilo de mis pensamientos.
—No lo sé. Mañana convocará la reunión oficial, solo sé que iremos dos grupos y que los Reyes estarán avisados, así que no tendremos que preocuparnos por esa parte, pero nada más.
El secretismo de Nator ha crecido con los años o quizá simplemente no confía totalmente en mí ahora que no le tengo jurada lealtad.
—Igualmente te ha otorgado el rango más alto del ejército tras el de general. Siempre pensé que estabas exagerando cuando nos hablabas de tu tiempo en el ejército —dijo Roa.
A Roa le encantaba meterse conmigo, nuestra relación se había forjado así, bromeando el uno con el otro. Roa necesitó un hermano mayor cuando llegó a Ipar y en eso me convertí. Después de más de treinta años juntos, nuestra relación no había cambiado. Sacudí la cabeza, le sonreí y le guiñé un ojo.
—Nunca exagero nada.
Cádin y Roa rieron y justo en ese momento Plesa llegó con otra ronda de bebidas.
—No hemos pedido nada —dijo Cádin, mirándonos a los dos.
—Lo sé, invita la casa. Por el retorno de un viejo amigo. —Plesa me guiñó el ojo antes de marcharse, contoneando las caderas de más.
—¿Con ella también? —Río Roa golpeándome el hombro.
—¿Cómo que también?
—He perdido la cuenta de la gente que se te ha insinuado desde que hemos vuelto, Haize. Y con más de uno apostaría la mano a qué has tenido algo en el pasado. Con ella me apostaría un brazo entero.
La sonrisa que puse no negaba las acusaciones de Roa.
—He vivido en esta ciudad casi cien años y nunca he tenido ninguna atadura con nadie. —Me encogí de hombros—. También he sido adolescente y estúpido.
—¿Entonces esta noche no vuelves con nosotros? —Cádin estaba mirando a Plesa, quien seguía mirando descaradamente en nuestra dirección.
—Claro que vuelvo con vosotros. —Miré a Plesa, negué con la cabeza y puse una sonrisa apologética—. No quiero confundir a nadie, ni hacerle la vida más difícil cuando me vuelva a marchar. Suficiente me costó hacerlo una vez.
Mis dos amigos sacudieron la cabeza, como si no me creyeran, y yo decidí ignorarlos y beber de mi jarra. Las bebidas se mantenían siempre frías gracias al poder imbuido en los recipientes y eso hacía que la cerveza mediocre que se vendía por estos lares supiera mejor .
—Sabéis que podéis decidir quedaros aquí en lugar de acompañarme en las misiones, ¿verdad? —les pregunté, cambiando de tema.
—¿Qué sentido tiene entonces que hayamos venido? —contestó Cádin mirándome incrédulo.
—Sólo os digo que tenéis la opción. Quizá en algún momento nos toque ir a Notos o a Austro.
—Pues iremos —dijeron ambos a la vez.
Asentí, agradecido de que el destino los hubiera puesto en mi vida, pero preocupado de cómo pudiera afectarles una visita a los lugares de los que habían huído. Decidí despejar mi mente de preocupaciones, aunque fuera por una noche.
Dedicamos el resto de la noche a hablar de cualquier cosa excepto ejércitos, misiones y guerras.