Capítulo trece
HAIZE
H abía trabajado más de cincuenta años en el ejército de Boreas, los últimos veinte como general.
Mi entrada y ascensión en el ejército habían sido rápidas.
Pasé de soldado a capitán después de una batalla que nos dejó con más bajas de las esperadas y con la necesidad de unir tropas y desde allí mi ascensión a General fue rápida, en un momento donde los ejércitos no sabían muy bien hacia donde tirar.
Durante el tiempo que estuve como General, reorganicé batallones, creé nuevas divisiones, instauré nuevos métodos de entrenamiento y me aseguré de que el ejército brillara con todo su potencial. Siempre había tenido claro que quería trabajar allí, defender mi tierra.
Mi padre no había sido soldado, pero su sentido del bien y su educación acerca de proteger a los más débiles y hacer siempre lo correcto habían forjado en mí el sentido del deber, la necesidad de proteger a aquellos que me importaban.
Ser general de los ejércitos había sido mi sueño y mi orgullo. Le había dedicado todo mi tiempo y mi energía y ni un momento pensé en que no acabaría mis días allí. Ni un solo momento dudé que tenía que formar parte de él.
Hasta que perdí a aquellos que más me importaban y me exilié.
De eso hacía ya sesenta y nueve años y por mucho que hubiera pensado que sería de otro modo, no eché de menos el ser general .
Volver a Boreas no había sido una decisión meditada.
Cuando llegó el mensaje que necesitaban ayuda, algo se removió en mí y sin pensarlo preparé mi regreso.
Tenía que estar ahí para defender al reino.
Mi intención había sido volver solo, pero una vez Roa y Cádin supieron qué iba a hacer, decidieron acompañarme, por mucho que se lo intentara impedir.
Los dos habían sido soldados y habían decidido exiliarse unos años más tarde que yo.
Roa venía de Notos, donde había trabajado en el ejército después de formarse en medicina.
Cádin venía de Austro y no sabía muy bien el porqué decidió marcharse de allí, solo que había llegado más muerto que vivo.
Tardó meses en dirigirle la palabra a nadie.
Sabía que volver a Boreas iba a despertar sentimientos encontrados en mí y tenerles conmigo iba a recordarme que ya no estaba solo. Que tenía familia. Que tenía un lugar donde regresar.
Llevábamos ya un poco más de una semana en Bore y había sido extremadamente fácil retomar mi vieja posición.
Oficialmente no tenía ningún cargo en el ejército, ya que para ello debía restaurar mi categoría como ciudadano de Saggar —cosa de la cual no tenía ninguna intención—, aún así, Nator me había dado plena libertad y autoridad para comportarme como segundo del general.
Rahel no había dudado ni un segundo en aceptar mi reincorporación y sus capitanes no se habían opuesto a su decisión, así que allí me encontraba, de camino a reunirme con Nator.
Cuando abrí la puerta de la pequeña sala de reuniones, Nator ya estaba esperándome con Carse. Me sorprendió que no estuvieran ni Larán ni Zrada, ya que ellos eran los encargados de los asuntos exteriores relacionados con el ejército.
En mi época como General nunca había tratado mucho con Carse. Nunca había tenido muy claro cuál había sido su papel, pero desde mi regreso siempre iba acompañando al rey.
—Haize, te estábamos esperando, siéntate —pidió Nator, señalando la silla que tenía delante—. Queremos saber tu opinión. Tenemos dos posibles vías para seguir investigando qué está pasando. Ya hemos hablado con Rahel y nos ha dado su punto de vista, ahora queremos conocer el tuyo.
Nator estaba incómodo mientras hablaba, se le notaba el estrés en la cara. Su ropa tenía pequeñas arrugas y estaba sudando. Se desabrochó un botón de la camisa, revolviéndose en su asiento.
—Sigamos la reunión fuera.
Carse y él se levantaron y yo les seguí.
—Como sabes, envíamos una comitiva a Lirea hace poco y regresaron sin ninguna novedad, aparte del tema de los muertos.
—Hizo un gesto como para quitarle importancia—.
Pronto tendremos que volver a salir a recopilar información.
Tendremos que hacerlo fuera de las fronteras del reino ya que dentro no encontramos nada.
—Me miró y asentí—. Tenemos dos posibilidades, ir hacia Lirea y desde allí adentrarnos en Alisio por las montañas o ir hacia Zéfiro y probar a recopilar información allí. Ver si saben algo.
—Ahora mismo entrar en Alisio sin tener más información sería una misión suicida.
Además por lo que tengo entendido ahora se necesita un permiso para entrar, ¿no es así?
—Carse y Nator asintieron—. Entonces si por lo que sea fuéramos descubiertos sin permiso y ellos son los culpables de lo que está pasando, sería la excusa perfecta para convertir todo esto en una guerra y, aunque no lo sean, les estaríamos dando una buena razón para iniciar una batalla por su cuenta.
Creo que lo más sensato será ir a recopilar información a Zéfiro.
—Rahel piensa lo mismo, —chasqueó la lengua—, pero es más lento. Mañana haré la reunión oficial después de acabar de concretar los detalles con Rahel y los capitanes.
Asentí y seguimos caminando. Llegamos a las caballerizas y Nator se apoyó en las vayas a observar los animales que había pastando. Siempre le habían apasionado los caballos. Cuando estuve dirigiendo los ejércitos, a menudo lo encontraba cabalgando con Miria.
—Enviaremos dos grupos pequeños, no sé si serán suficientes pero no quiero dejar a Boreas sin todos sus capitanes.
Además, enviar más tropas se podría ver como una hostilidad por nuestra parte.
Hablaré con Moreas y Sua y les haré saber que entraréis en Zéfiro, pero no quiero que se sientan amenazados.
Tenemos buena relación con su reino, pero aún así hay que ser precavidos.
—Dos serán suficientes —coincidí—. Zéfiro solía ser pacífico, no creo que eso haya cambiado mucho.
Los grupos pueden ser de cuatro o cinco soldados, así no causaremos grandes bajas en el grueso del ejército.
Uno dirigido por Rahel y otro dirigido por mí.
Dos de sus capitanes y Roa y Cádin pueden acompañarnos.
Por otra parte, no sé si querrás que venga Larán.
Hará falta algún soldado más, mejor si está especializado en defensa, nunca sabemos que nos podemos encontrar.
—Lennia —dijo Nator.
—¿Perdón?
—Lennia también tiene que ir a las misiones. Es todo su propósito en esta guerra. Ser el ataque o la defensa principal de las batallas.
Fruncí el ceño. No me gustaba que se hablara así de nadie, como si fueran objetos y menos después de lo que había visto y oído de ella.
Nadie podía dudar que tenía poder, la esencia emanaba de ella con fuerza, pero no era soldado, no tenía formación como tal.
No entendía qué podía aportar ella en todo esto y no me gustaba llevar inocentes a las misiones.
—Con el debido respeto, ¿por qué es importante para la misión? Por lo que parece no tiene ni idea de guerras ni de batallas. No me parece la decisión más acertada.
—Se me olvidaba que te fuiste antes de que la capturáramos —dijo Nator como respuesta.
Me tensé y le miré frunciendo el ceño, pidiendo una explicación a lo que había dicho—.
Tiene más poder del que deja ver. Tiene poder que no debería existir.
Puede ser una pieza clave en la guerra si llegamos a ello, solo necesita más práctica.
—La práctica se consigue en los campos de entrenamiento, poner en peligro su vida y la de los que vayan con ella no es lo más inteligente cuando se está investigando y tratando de evitar algo mayor.
—No es una sugerencia, Haize. Lennia va a estar incluída.
Cerré la boca con fuerza viendo que no tenía sentido seguir discutiendo.
Nunca había tenido problemas en decirle a Nator lo que pensaba, pero sabía elegir mis batallas.
Pocas veces no había hecho caso a mi intuición y las veces que eso había pasado, habían acabado en desastre.
Ahora, esa misma intuición me decía que no merecía la pena seguir luchando.
—Está bien. Esperaré el aviso oficial de la reunión.
Con esas palabras me retiré. No esperé una despedida oficial del rey ni del consejero. Aunque había aceptado un puesto temporal en el ejército, no había jurado lealtad ni obediencia al rey.
Nada más girar la esquina para dirigirme hacia donde estaban Roa y Cádin, prácticamente me arroyaron.
—Cuidado —dije, estabilizando a la persona que había chocado conmigo.
Lennia alzó la cabeza y me miró con el ceño fruncido, la mandíbula tensa y los labios apretados en una fina línea. No sabía mucho sobre ella, pero podía decir con total certeza que en ese mismo momento no estaba para nada contenta.
—¿Estás bien? —pregunté frunciendo el ceño.
Se soltó de mi agarre de malas maneras y pasó por delante de mí, chocándome con el hombro. Se me escapó una risa floja. La primera vez que hablamos también estaba enfadada conmigo y no sé porqué tuve la necesidad de frenar su retirada —otra vez—.
—Te he hecho una pregunta, Lennia.
Dije su nombre remarcando la “ene”, cosa que provocó otra mueca en su cara. No podía negar que era preciosa. Probablemente le sacaba veinte centímetros en altura, pero emanaba fuerza.
Era morena, aunque su piel era más clara que la mía.
Llevaba el pelo castaño oscuro recogido en una trenza que le caía por el lateral del hombro y de la cual salían algunos mechones, dándole forma a su cara.
Tenía los labios rosados y los ojos almendrados eran de un precioso color ámbar que, por lo qué había visto, eran practicamente amarillos cuando le daba la luz de cara, eso cuando no le estaban brillando con el dorado más vivo que había visto nunca.