Capítulo doce #2
En el tórax y el pecho era donde más concentración podía notar, pero la sensación no moría ahí, en el lateral del cuello, donde éste se juntaba con la mandíbula vibraba con fuerza, también en el estómago.
Poco a poco, me fui concentrando en todos los puntos donde notaba mi esencia crecer y poco a poco esta iba invadiendo mi cuerpo, la pasé a sentir en la piel, en los huesos.
Respiré hondo y volví a enterrar mi poder.
Esa vez fue diferente. Pese a que sabía que mi poder no estaba esperando a ser usado, noté como todo él me recorría. Miré a Kiria, quién ya estaba mirándome sonriendo.
—Enhorabuena —dijo.
—Gracias. ¿Qué es lo siguiente?
—¿Aún tienes ganas de seguir entrenando? —Rió y asentí, sintiéndome de nuevo llena de energía.
—Perfecto. —Kiria puso un punto de libro en la página que estaba leyendo, cerró el libro y lo dejó en el suelo. Luego se levantó—. Sé que mucha gente es muy celosa con hablar de sus afinidades, pero espero que no sea tu caso, al menos no conmigo. ¿Qué magias son afines a ti?
—Magia elemental. Todos los elementos. Soy más afín a la tierra y al fuego, pero no tengo problemas con el agua y el aire.
Puedo transportarme. Siento las esencias y el poder, no como los empáticos, pero si me concentro en una persona puedo saber qué poderes le son afines y cuanta esencia lleva en sí. Y creo que ya está.
—¿Ya está? —Rió—. Vamos a concentrarnos en los elementales por ahora. Crea un escudo con el elemento que quieras, te voy a atacar.
Abrí la boca tanto que casi se me desencaja la mandíbula y, para no variar, Kiria rió.
—Empezaré con algo suave, no me mires como si te hubiera dicho que voy a acabar contigo.
Durante unos segundos la miré seriamente pero al final sonreí, su felicidad, manera de ver las cosas y la tranquilidad con la que estaba ayudándome, me hicieron relajarme con ella.
—Está bien. —Me concentré en crear un escudo de aire y en fortificar todos sus puntos débiles. Respiré hondo—. Estoy lista.
Kiria sacó unos botones del bolsillo de su pantalón y los lanzó hacia mí. Supuse que había cambiado su composición porque una vez rebotaron contra mi escudo, sonó como si me hubiera tirado un bloque de hierro. El escudo no se movió, mi poder no parpadeó. Sonreí, mirando a Kiria con orgullo.
Sabía que mi escudo era capaz de parar golpes menores, pero aún así me sentía orgullosa de mí. Kiria volvió a atacar con la misma fuerza y el resultado fue el mismo. Siguió atacando, poco a poco aumentando la fuerza con la que lanzaba los proyectiles.
A los quince minutos Kiria había aumentado tanto la fuerza que los proyectiles hacían vibrar mi escudo, mi poder se resentía con cada golpe, haciéndome temblar, pero no dejé caer el escudo.
Cuando pasaron otro par de minutos, me temblaban los brazos y me dolía la cabeza de mantener mi poder en alerta durante tanto rato. Jamás había utilizado tanta esencia en un periodo de tiempo tan corto y estaba empezando a no poder más.
—Está bien, Lennia. Podemos seguir otro día. —Asentí, deshice el escudo y me tiré en el suelo, respirando hondo—. Has aguantado mucho más de lo que esperaba —me felicitó, sentándose a mi lado.
—No he aguantado ni treinta minutos con el escudo, esto no serviría de nada en una batalla.
—¿Siempre eres tan negativa? —Rió suavemente—. Te lo digo en serio, quizá con el escudo activo has aguantado media hora pero llevabas horas llamando y guardando tu poder y eso ya requiere esencia.
Antes de que pudiera contestar, Kiria se levantó de un salto y me tendió la mano, ayudándome a levantarme.
—Venga, suficiente magia por hoy. Vamos a cenar, si yo tengo hambre tú tienes que estar desfalleciendo.
Una vez entramos en el comedor Kiria se dirigió a una mesa que ya estaba ocupada por Rahel, Haize, Roa y Auro y nos sentamos con ellos. Me tensé un poco al sentirme tan expuesta rodeada de tanta gente.
Cuando fuimos hacia Lirea no tuve esa sensación ya que aquello había sido una obligación, un trabajo que tenía que hacer para cumplir con mi objetivo.
Sentarme allí con ellos, hablando del día, de cosas mundanas, era una elección, y no estaba preparada para querer confiar en nadie.
Estaba metida en mi cabeza, consumida por mis pensamientos cuando un pié me dio golpes suaves en el tobillo.
—¿Estás bien? —Haize me observaba con el ceño fruncido—. ¿Necesitas algo?
Negué con la cabeza y me esforcé en sonreír. Aunque no se quedó muy contento con mi respuesta, no insistió y volvió a centrar su atención en la conversación que se estaba llevando a cabo.
—¿Cómo va la vuelta a la civilización, norteños? —preguntó Auro a Haize y Roa.
—¿Llamas a esto civilización? Os sorprenderías si os dignarais a visitar Ipar alguna vez en vuestra vida. Cualquiera de vosotros os quedaríais con la boca abierta. —contestó Roa.
Roa era una de las personas más preciosas que había visto en mi vida.
El pelo rubio le caía en cascada por la espalda y lo llevaba completamente suelto con el único complemento de una cinta que impedía que le cayera en la cara.
Los ojos verdes eran alargados y tenía la nariz pequeña y finita, acorde con el resto de su cara.
Iba maquillada. Los ojos oscuros y los labios morados, pero eso solo le sumaba belleza al rostro. Era pequeña y delgada pero la esencia que emergía de ella era completa y poderosa.
—¿Ipar? —pregunté, intrigada por el nombre.
—Es el nombre que le dimos a la ciudad más grande que hay en El Norte. Es una tierra demasiado bonita para no merecer un nombre propio. La gente que viene a vivir allí nunca vuelve al reino, eso os tendría que dar algo sobre lo que pensar.
La voz de Haize era calmada mientras seguía hablando sobre El Norte.
El Norte era como se refería a la tierra que había quedado reclamada por los seres sin reino cuando acabó la guerra. Nadie se preocupó en darle un nombre, en comprobar cómo vivían sus habitantes o si cumplían las leyes.
Era el reino con el cual se amenazaba a los niños si se portaban mal, del cual venían todas las leyendas negras y los seres malditos. Nadie quería ir al Norte, nadie quería que el Norte viniera hacia él, por eso, escuchar a Haize y Roa hablar de él con tanto cariño, llamó mi curiosidad.
—¿Entonces cómo funcionáis en Ipar? —pregunté, usando el nombre que habían elegido.
—Ven a visitarlo un día y te lo enseño —contestó Haize con una sonrisa, guiñándome un ojo.
Puse los ojos en blanco, lo que hizo que él se echara a reír y Roa le golpeara el hombro, también riendo.
—Funciona como cualquier otro reino, pero sin rey.
Tenemos nuestras leyes, muy parecidas a las del Libro de Nammu, pero dictadas por el pueblo.
Puede parecer un poco caótico, pero en Ipar vivimos por la comunidad.
Claro que manejamos zairag, pero nuestro principal interés es la ayuda al prójimo.
Por ejemplo, en Ipar tenemos algunas tabernas, Niria es la dueña de la más grande.
En ella puedes comer pagando tu menú o siendo útil para la comunidad.
¿Un vecino necesita construir el vallado?
Ayudamos. ¿Hay que esquilar al ganado? Todos a ello.
¿Llega hermanta y hay gente sin madera para calentarse?
O donamos o ayudamos a cortar. Y siempre es así, una rueda.
Hoy yo te doy huevos que me sobran de mis gallinas y tú me das zanahorias cuando venga la cosecha.
Algún problema hemos tenido con alguien poco colaborador, pero solemos funcionar muy bien —explicó Roa, cogiendo el relevo a Haize.
Todos en la mesa nos habíamos callado para escucharla.
No había conocido a nadie que se hubiera exiliado y la gente que solía exiliarse no volvía jamás de allí, así que la creencia popular era que morían.
Por eso, el hecho de que ellos dos estuvieran alabando el norte y la manera en que vivían nos tenía a todos sorprendidos .
—¿Entonces qué pasa con la gente nueva que llega? —preguntó Kiria.
—Aceptamos a todo el mundo sin preguntar qué —respondió Haize—.
Normalmente, si no es un exilio a la fuerza, la gente llega con mucho dinero y con miedo y la sorpresa es agradable para ellos, así que están abiertos a colaborar con los demás.
Como ha dicho Roa antes, a veces llega gente con malas intenciones, pero esa gente no dura mucho en Ipar.
—¿Los hacéis desaparecer? —dije yo con tono irónico—. Muy civilizados.
—Les damos hierbazul. —Haize me guiñó el ojo de nuevo y todos se echaron a reír.
Esta vez por mucho que intenté resistirme, acabé riendo también.
Mi coraza iba soltándose conforme me iba relajando alrededor de esas personas—.
No, no solemos matar a nadie. Normalmente la gente acepta vivir con las normas de Ipar o acepta irse más hacia el norte.
En verdad es fácil. Ven y vive tu vida sin molestar a los demás.
Ayudar siempre es un plus, pero tampoco obligamos a nadie a colaborar en contra de su voluntad.
La noche siguió hasta mucho después que nuestros cuencos estuvieran vacíos. Haize y Roa seguían respondiendo preguntas acerca de Ipar y los demás escuchábamos en silencio.
—Bueno, —Roa se levantó y se estiró—, basta ya de hablar de Ipar y veniros a vivir allí una vez se acabe lo que sea que esté pasando, siempre nos hace falta gente fuerte. Nos vemos mañana.
Haize se levantó detrás de ella y poco a poco todos les seguimos, dando por acabado el día.
Camino a mi apartamento, decidí desviarme hacia las caballerizas para comprobar como estaba Gia y darle un par de azucarillos que había cogido de la cena. Me dirigí hacia allí a oscuras, teniendo ya el camino memorizado.