Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo doce
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Capítulo doce

LENNI A

H abía pasado toda la mañana ocupándome de Gia.

A parte de querer mejorar mi relación con ella, no tenía mucho más que hacer si no quería mezclarme con los demás soldados.

En las caballerizas siempre había gente, pero o bien eran mozos que trabajaban allí o bien era gente que venía a dejar o recoger a sus monturas, por lo cual atendiendo a Gia pasaba desapercibida.

Una vez no tuve nada más que hacer en lo que respectaba a su cuidado, fui a inspeccionar las zonas que aún no había conocido en mi visita con Rahel.

Guiándome por el ruido de armas golpeándose y gente quejándose, llegué a la zona de entrenamiento exterior.

Había decenas de soldados entrenando. Algunos combatían entre ellos cuerpo a cuerpo, otros llevaban armas cortas o largas.

Era impresionante ver la facilidad con la que se movían aunque estuvieran completamente equipados con las armaduras.

—¿No entrenas?

Me giré y vi a Haize. Como las otras veces que lo había visto, llevaba el pelo castaño claro recogido en un moño bajo.

Tenía la cara en forma triangular, los labios en forma de arco y estaba sonriendo.

Los ojos almendrados eran de color marrón oscuro y no tenían ni un fragmento de otro color.

La barba empezaba a sombrearle la piel de la cara y tenía un tono de piel más moreno que el mío.

Los brazos los tenía llenos de cicatrices y golpes y aunque no llevaba la armadura tradicional del ejército, llevaba ropa de protección.

—Estás viendo que no. ¿No es así? —contesté, haciendo que su sonrisa se ensanchara.

—¿Y por qué? —insistió.

—¿Me estás interrogando?

—No. Estoy curioseando. —Levantó un lado de los labios con una media sonrisa.

Cuando no dije nada más, se acercó a mí y extendió su mano.

—Haize Rahua —se presentó.

—No te he preguntado quién eres. Además, ya nos habíamos conocido, por si no lo recuerdas. —Intenté pasar por su lado, ignorando su mano.

—No. No nos hemos conocido. Nos habían presentado en la sala de reuniones, pero no nos habíamos conocido, hay una diferencia —dijo, cortándome el paso.

—¿Se puede saber qué quieres? ¿Siempre eres tan insistente con todo el mundo? Debes ser todo un galán con esos modales.

—No tengo ningún problema en ese departamento, gracias. Pero solo te estoy pidiendo que te presentes —contestó riendo.

Puse los ojos en blanco y volví a sobrepasarle, lo que le hizo reír más, pero esta vez no siguió poniéndose en medio.

—No te preocupes, tendremos más ocasiones para que te presentes, Hierbazul.

Me giré de golpe, perdiendo la poca paciencia que me quedaba para lidiar con personas como él, y noté que mis ojos habían empezado a brillar, aunque débilmente.

—Buen truco —dijo, gesticulando con la barbilla hacia mis ojos.

Con eso guiñó un ojo y se fue, pero está vez fui yo la que le cortó el paso.

—No me llames así. Y aclaráme a qué te referías con que tendremos más ocasiones para presentarnos.

—¿Siempre eres así de mandona? —Volvió a reír ante mi mirada aburrida—. Presentate y dejaré de llamarte así. Por otro lado, ¿no ha hablado contigo Nator? Cádin, Roa y yo nos uniremos a las misiones en lugar de Zrada y Pler.

Me quedé quieta, mirándole, dándome cuenta que Nator se había estado reuniendo con los demás sin contar conmigo, lo que, extrañamente, me dolió. Nator había prácticamente suplicado mi ayuda ¿y me estaba dejando fuera de los planes deliberadamente? Cerré la mandíbula con rabia y alargué la mano.

—Lennia Kurabba.

Haize sonrió como si hubiera ganado un trofeo con mi respuesta, me cogió la mano y la agitó.

—Un placer, Lennia.

Después de esa interacción volvió a la zona de combate a seguir peleando con otro soldado.

Me quedé observándole, analizando nuestra interacción.

Nator me estaba excluyendo de algo que él me había pedido.

Y yo ya había tenido suficiente de sentirme excluida.

No tenía prisa —ni ganas— de ir a ninguna batalla pero mi ayuda había sido pedida y no iba a dejar que nadie me volviera a menospreciar.

—Nator. —La calma de mi voz era una fachada para ocultar lo que se removía en mi interior.

—¿Se puede saber qué haces aquí?

Me había transportado directamente a la biblioteca personal de Nator desde los campos de entrenamiento. Sabía que estaría allí.

La biblioteca había sido mi sala favorita de todo el palacio.

Era una sala espaciosa, repleta de estanterías que abarcaban desde el suelo hasta el techo.

Y todas y cada una de ellas estaba repleta de libros sobre cualquier tema que te pudiera interesar.

Novelas, poesía, historia, magia, alquimia, el origen de los reinos…

todos y cada uno de los temas que se habían estudiado durante siglos en el mundo.

—¿Me estás excluyendo de las siguientes misiones? —pregunté sin rodear el tema, quería una respuesta clara.

—No entiendo tu pregunta, Lennia y no tengo tiempo para tonterías —respondió sin levantar la vista de lo que estaba escribiendo.

—Has estado discutiendo cuáles serían los siguientes pasos sin mí. ¿Por qué?

—¿Así que simplemente te sientes excluida? ¿Es eso? —Se levantó de la silla—. ¿Quieres estar enterada de todo lo que pasa? ¿Asistir a todas las reuniones? Perfecto, pero luego no quiero ninguna queja. Ahora vete. Te avisaré cuando tengamos la próxima reunión.

No me gustó su tono y tampoco era normal en él, pero no quería empezar una pelea absurda allí, así que me fui. Si alguien se sorprendió de verme andar por palacio, nadie dijo nada.

Una vez en la zona común, me senté en las mesas, observando los pocos soldados que estaban a esas horas en el comedor, sintiéndome fuera de lugar.

Me quedé sentada un buen rato, pensando, analizando que quería para mi futuro.

Sabía que no era una soldado, que no era una guerrera, pero me había cansado de estar desprotegida, de no saber defenderme, de ser una carga allá donde fuera.

La esencia que había en mí era fuerte y quería que la utilizara.

Lentamente me levanté de la banqueta. No iba a dejar que me menospreciaran de nuevo, que jugaran con mi vida y mi futuro. No iba a dejar que nadie decidiera por mi. Quería marcar mi propio destino y poder decidir qué hacer sin vivir en la sombra de los demás. Salí del comedor sin mirar atrás.

—Entréname, por favor —le pedí a Kiria una vez abrió la puerta de su apartamento.

—Con mucho gusto .

Salió, cerró la puerta detrás de sí y nos dirigimos a la sala donde habíamos entrenado el día anterior con el resto de mujeres.

—¿Qué quieres entrenar, Lennia?

—Mi poder.

—Ya entiendes tu poder, ya sabes utilizarlo —dijo ella, desafiandome—. ¿Qué es lo que necesitas?

—Controlarlo. Ser capaz de defenderme o atacar con él sin bloquearme o sin tener que depender de que mi poder tome el control. Quiero no ser una carga. Poder depender de mí y de nadie más.

—Me parece perfecto. Vamos a ello —dijo después de sonreír dulcemente. Acto seguido sacó unas esterillas y nos sentamos—. Bien, cuéntame qué sabes de la esencia, del poder que tenemos.

—El poder viene de la tierra. Cuando nacemos, recibimos cierta cantidad de esencia y cuando morimos, ese poder vuelve a la misma tierra.

—¿Qué más?

—¿Más? —Fruncí el ceño—. El poder de cada persona es diferente y hay muchas maneras de dominarlo. Hay varios tipos de esencia. —Suspiré—. ¿Cómo me va a ayudar esto a mejorar mis habilidades?

—Paciencia. Cuándo quieres cocinar, ¿no preguntas primero por los ingredientes? —Kiria rió cuando volví a suspirar y me removí en la esterilla, sintiéndome incómoda—. Sigue hablándome del poder, Lennia.

—Nos lo otorga la tierra y puede entrenarse.

—Cuando pediste mi ayuda pensé que querías tomarte el entrenamiento en serio. Si no va a ser así, puedes pedirselo a alguien más —dijo en un tono serio. Agaché la cabeza y volví a suspirar.

—Está bien, lo siento. Es que no sé qué más decir sobre la magia que tenemos.

Kiria asintió y se levantó, sonriendo.

—Eso quería escuchar. No puedes enseñar algo a alguien que cree que lo sabe todo.

Para aprender, tienes que querer reconocer que no lo sabes todo.

—Kiria me miró y yo asentí—. Yo tampoco lo sé todo, ni quiero saberlo, pero voy a ayudarte lo mejor que pueda.

—Me tendió la mano para que me levantara y me indicó que la siguiera.

Nos pusimos a dar vueltas por la sala—. Normalmente, ¿sientes tu poder al hacer actividades mundanas?

—No. Es decir, sé que lo tengo. Sé que está en mí, pero no siento nada diferente.

—Llámalo. —Hice lo que me pedía, llamé mi poder.

Lo llamé y respondió. Lo sentía en la superficie de mi piel, vibrando, danzando—.

Ahora vuelve a enterrarlo. —Como antes, volví a obedecer las peticiones de Kiria.

El poder desapareció de mi piel, volviendo a estar en calma—.

¿Lo notas ahora? —Negué con la cabeza—. Yo noto mi poder constantemente, Lennia.

Cada persona que está en el ejército lo hace o se entrena para ello.

Sé que no has podido entrenarlo pero nunca es tarde para empezar.

Llama a tu poder y entiérralo hasta que lo notes cuando no lo estés llamando.

Repetí el mismo movimiento durante horas. Llamar mi poder y enterrarlo en mi de nuevo, y ni una sola vez lo sentí cuando lo volvía a enterrar.

Kiria estaba sentada en la esterilla, leyendo un libro mientras yo seguía practicando lo que me había pedido.

—Esto es inútil —me quejé después de volver a enterrar mi poder y perder su marca.

—Puedo irme si quieres y dar por finalizado el entrenamiento —dijo Kiria sin levantar la vista del libro.

—No.

—Entonces sigue llamando a tu poder. Tenemos aún un par de horas hasta la cena.

Suspiré y volví a llamar a mi poder. Esta vez en lugar de volver a enterrarlo enseguida, me concentré en él, en los puntos donde más vibraba.