Capítulo once #2
No me giré ni a ver quién había hablado.
El puñetazo que le solté en la mandíbula resonó por encima del silencio de la habitación.
Larán se puso la mano en la mejilla y me miró sorprendido, como si le costara creer que le hubiera golpeado.
Parecía que iba a decir algo cuando de repente Rahel empezó a reír a carcajadas.
Kiria y los soldados del norte se unieron.
Solo Zrada y Carse me miraron como si les hubiera golpeado a ellos.
—Me debes cien zariag —dijo Kiria, golpeando cariñosamente el hombro de Rahel.
—¿Se puede saber qué es tan gracioso? —pregunté en un tono cortante mientras ellos estaban casi doblados de la risa. Después de esa reunión donde se me había cuestionado y ridiculizado no tenía paciencia para más risas a mi costa.
—Le dije a Rahel que no aguantarías hasta la siguiente misión sin golpearle, él te tenía más fe, dijo que tres misiones por lo menos .
—Gracias por tu confianza, —dije mirando a Rahel—, pero me lo ha puesto difícil.
Sin decir más palabras, volví a dirigirme hacia la puerta. Haize y sus dos compañeros estaban delante pero se movieron en cuanto me acerqué, uno de ellos abriendo la puerta para mí.
—Buen izquierdazo —la voz de de la chica sonó débil conforme me alejaba, pero había escuchado la sonrisa en su voz.
Había decidido ir a trabajar a Sarkhas. El trabajo mecánico lograba que mi mente se calmara mejor que cualquier otra cosa. Me había ocupado de Gia, pero después de peinarla, limpiarla y dejarla pastando, no quedaba mucho más que hacer y yo necesitaba seguir en movimiento.
Había estado horas preparando cremas y ungüentos, más de los que iba a poder usar en mucho tiempo, pero por fin mi mente se había calmado.
Estaba distraídamente clasificando las plantas que aún me quedaban, cuando golpearon la puerta de la tienda.
Abrí y me encontré a Kiria apoyada en el marco.
Esta vez llevaba el pelo rojo suelto, cayéndole por los hombros, iba vestida con un pantalón negro y una camisa blanca que resaltaba su piel oscura. Me sonrió.
—Vamos, hora de acabar de trabajar. —No dijo nada más así que la miré con el ceño fruncido sin saber a qué había venido—. ¿Recuerdas que te dije que entrenaba a gente en la ciudad? Toca entrenar hoy, vente con nosotras.
—No quiero entrenar con nadie.
—Vale, —me sonrió—, no entrenes, pero ven aunque sea a mirar.
Me pasó el brazo por los hombros sin darme muchas más opciones, así que simplemente me dejé llevar, dejando la tienda a medio ordenar.
Kiria se estaba divirtiendo arrastrándome por toda la ciudad. Después de salir de Sarkhas, nos fuimos a la parte este de Bore, a —según ella— los mejores vendedores de brochetas de carne asada de todo el reino.
—La gente cree que cocinar carne asada es fácil, pero nada más lejos de la realidad. Es un arte y hay que conocerlo.
Después de explicarme todas y cada una de las paradas y puntuarme la comida en cada una de ellas, compré unas brochetas de carne de pollo y verduras que, sin exagerar, fueron las mejores que había comido en mi vida.
Me gustaron tanto que volví y compré un par más para llevárselas a Rhita.
Seguimos caminando por la ciudad mientras ella me iba explicando anécdotas que había vivido desde su llegada.
Kiria hacía que su compañía fuera fácil.
Siempre tenía conversación adecuada y siempre respetaba lo que necesitaras en ese momento.
—¿Así que aquí te has criado tú? —preguntó, mirando a su alrededor.
—Una vez llegué aquí, sí. Entre esta casa y los campos que hay a la salida de Bore, dirección este.
Una vez delante de la puerta de Rhita, llamé como solía hacer cuando era más pequeña.
Golpeando dos veces, dejando un segundo y volviendo a golpear.
Giré el pomo y abrí sin problema. No supe si Rhita había reinstaurado mi entrada cuando supo que estaba fuera de prisión o jamás la había quitado, pero volver a entrar en aquella casa sin Rhita a mi lado, trajo una sensación de confort más grande de lo que hubiera podido imaginar.
Aunque la visita fue breve ya que la clase de Kiria se acercaba, Rhita adoró a la capitana desde el minuto uno.
—Esta compañía es mucho mejor que la última que trajiste a casa. Muchísimo mejor —dijo cuando nos despedimos de ella.
—Para tí cualquiera será mejor que Larán. —Puse los ojos en blanco y ella rió.
Una vez llegamos a palacio, entramos en una de las salas de entrenamiento.
Dentro había seis mujeres a las cuales se les iluminó la cara cuando Kiria entró.
Me centré en esas mujeres y sus esencias.
Ninguna de ellas tenía una esencia especialmente poderosa, pero aún así, todas entrenaban.
La más joven era una adolescente que apenas debía tener diecinueve años, y la más mayor superaba con creces mi edad.
—Me gustaría presentaros a alguien que espero que se una a las clases en algún momento.
—Me señaló con la mano—. Ella es Lennia.
Desde hace una semana está trabajando para el reino.
—Todas las mujeres sonrieron y me saludaron—.
Bien, vamos a enseñarle a Lennia que hacemos aquí.
Hoy Rahel no podrá venir a ayudarnos —alguna mujer soltó un quejido que hizo reír a las demás—, así que espero que Lennia pueda.
Se giró hacia mí con la pregunta en la mirada y yo asentí, intrigada por saber cómo sería el entrenamiento.
—Gracias. Solo tendrás que hacer una defensa, las demás practicarán ataques.
Asentí y me dirigí donde me estaba señalando Kiria. A su petición, levanté un escudo de aire.
—Bien, señoras y señoritas, ¡Demostremosle a Lennia que aprendemos aquí!
Las seis se pusieron en fila y una a una fueron lanzándome ataques. Algunos de ellos tan débiles que apenas llegaban a la zona donde me encontraba, pero nunca dejaron de intentarlo. Una detrás de otra seguían las indicaciones y correcciones de Kiria sin quejarse y sin desfallecer.
Cuando llevábamos una hora entrenando, Kiria nos hizo parar.
—Perfecto, estoy muy orgullosa de todas vosotras, habéis aguantado una hora entera lanzando ataques.
—Todas las mujeres sonrieron, rieron y vitorearon mientras Kiria las miraba con orgullo—.
Bien, acabaremos la clase de hoy practicando defensa.
Todas habéis estado en una situación donde habéis necesitado un buen ataque, pero una buena defensa es igual o más importante.
Siempre, y me refiero a siempre, si es posible, la opción que tenéis que utilizar es alzar defensa y huir.
Entrenamos ataque porque hay veces que huir no es una opción, pero nunca olvidéis que podéis defenderos, que tenéis ese poder.
—Me miró—. ¿Te importaría explicarnos cómo has llamado al aire que te defienda y lo has mantenido?
—No lo sé —admití—. Es natural en mí. Pienso y pasa.
—Entonces sí lo sabes —contestó Kiria suavemente—. ¿Qué piensas?
—He llamado al aire y he pensado en un muro delante de mí, lo he ampliado en mi mente, le he dado forma. He pensando en que no quería que me hirieran.
—Ya la habéis escuchado. Intentadlo vosotras ahora. Llamad al poder con el que seáis afines. Pensad en un muro, un escudo, lo que queráis y hacedlo grande.
Poco a poco todas fueron creando un muro. Las seis tenían afinidad con la magia elemental así que cada una de ellas utilizó el elemento con el que era más afín para crear una defensa.
Poco a poco Kiria fue pasando entre ellas, ayudándolas, dándoles consejos y palabras de ánimo.
—¿Desde hace cuánto que las entrenas? —pregunté, una vez acabó la clase y nos quedamos solas.
—Depende. Tine lleva solo unos meses viniendo, Karolen lleva años. Hay quienes van y vienen, hay quienes se quedan.
—¿Por qué lo haces?
—¿Y por qué no lo iba a hacer? —Sonrió de manera demasiado casual—.
Todas ellas vienen de situaciones difíciles —empezó a hablar con la voz calmada mientras nos dirigíamos hacia nuestras habitaciones—.
Cada una tiene su historia y hay auténticas historias de terror.
Yo les ayudo a volver a encontrarse consigo mismas, a ganar confianza.
Y si algo tan fácil como esta clase, puede ayudarlas, ¿Cómo no iba a hacerlo?
Entrenamos los segundos y quintos días de todas las semanas —dijo a modo de despido.
Desde que había aceptado unirme a estas misiones había tenido muy claro qué quería hacer y cómo quería hacerlo, que volver a involucrarme con otras personas no iba a ser una opción.
Sabía lo que le había prometido a Rhita, pero realmente no había tenido ninguna intención de desarrollar ningún vínculo social.
En cambio, la tarde de ese día había cambiado mi visión.
Me había dado cuenta que anhelaba relaciones sociales como las que había tenido antaño, pero sobre todo echaba de menos la sensación que había tenido hoy ayudando a Kiria, la de ser útil para la comunidad.