Capítulo once
LENNIA
M e despertaron unos golpes en la puerta.
No era consciente de cuántas horas había dormido pero sabía que no había sido suficiente.
Mi cuerpo demandaba más descanso. Aún así, a la tercera vez que escuché los golpes, no me quedó más remedio que levantarme.
Abrí la puerta con cara de muy pocos amigos, y me encontré a Rahel ahí plantado, sonriéndome.
Definitivamente no tenía el aspecto de alguien que se había pasado los últimos seis días cabalgando.
—Buenos días, Lennia —sonrió—. O tardes.
Como prefieras. —Salí a la entrada y miré al cielo.
El sol ya estaba bien alto—. Son las dos de la tarde.
No te preocupes, no te has perdido nada.
La reunión con Nator es en dos horas, pero como no te he visto en el desayuno ni en la comida, he decidido venir a comprobar que seguías viva.
—¿Por qué no iba a estarlo? —pregunté a la defensiva, mi voz ronca por el sueño que se resistía a marchar.
—Llevas más de diez horas sin dar señales de vida, creo que mi preocupación es legítima.
Sin decir nada más, pasó por mi lado y entró en mi apartamento. Me quedé pasmada en la puerta, mirando su espalda avanzar por mi salón hasta sentarse en una de mis sillas.
—Gracias por invitarme a pasar. —Volvió a reír cuando le miré de manera aburrida, levantando las cejas—. En verdad venía a hablar contigo.
—¿Sobre qué? —pregunté sentándome en la silla de su lado .
—¿Cómo estás?
—¿Por qué? Bien ¿Cómo iba a estar? —respondí a la defensiva.
Rahel suspiró y miró a su alrededor, observando la estancia.
—Te vi ayer. Cuando mataste a ese… muerto.
Me tensé. Las dos veces que había acabado con la vida de alguien había sido algo instintivo, pero no había podido dejar de pensar en ello.
—No entiendo lo que quieres decir —dije irguiendo la espalda.
—Matar es parte de las batallas y de los enfrentamientos. Es matar o morir. Te paralizaste, Lennia. Es más, no le atacaste tú. Tu poder te defendió, ¿no es así?
Lo miré durante unos segundos y asentí lentamente, sabiendo que no tenía sentido mentirle.
—Recuerdo la primera vez que tuve que defenderme de un ataque y acabé matando a alguien.
No me arrepentí de haberlo hecho entonces ni me arrepiento años después, pero no se me va a olvidar nunca.
Lo que quiero decirte, Lennia, es que es normal que te sientas mal, que no te guste, que dudes en hacerlo.
Pero no lo hagas. Un segundo puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Recuerda que eres tú o ellos y siempre , siempre, tienes que elegirte a tí.
—Nunca había estado en una batalla —confesé.
—Lo sé.
Subí los pies a la silla abrazándome las rodillas, pero no abrí la boca.
—Las batallas son difíciles. Mucha gente abandona el ejército cuando ve qué es lo que hay detrás de ellas.
Matar no es algo que hacer a la ligera, pero se hace.
Lo hacemos. Diosas, he matado tanto que perdí la cuenta hace muchos años.
Eso no quiere decir que no me importe, ni que se me haga más fácil con el tiempo, solo quiero decir que si sigues este camino con nosotros, no será la última vez que acabes con una vida.
Apoyé la mejilla en las rodillas y le miré, todavía sin decir nada, analizando sus palabras.
No había juicio en ellas y no se me pasó por alto que me ofrecía la posibilidad de retirarme.
No tenía muy claro si estaba probando mi lealtad o si de verdad me estaba ofreciendo una salida, pero tenía claro que no iba a tirarme hacia atrás.
Había prometido mi ayuda y mi ayuda iban a tener.
Además, todo el impacto no venía solo del ataque o de haber acabado con aquel ser, venía también de la sensación que me habían producido los cuerpos una vez la batalla había acabado y había podido concentrarme en ellos. Vacíos, desgarrados, incorrectos.
No sé cuánto rato llevábamos en silencio cuando Rahel me palmeó la pantorrilla y se levantó.
—Vamos a comer algo, a ti te vendrá bien algo en el estómago y yo nunca digo que no a un tentempié.
La sala de reuniones se nos empezaba a quedar pequeña.
Cuando entré con Rahel y Kiria casi todas las sillas estaban ocupadas.
Nator aún no había llegado pero Zrada y Larán ya estaban esperando dentro.
Pler y Auro, los otros capitanes del ejército, estaban en el otro lado de la mesa.
Al fondo de la sala, de pie, había tres personas que no habían asistido a la anterior reunión.
Reconocí al anterior General entre ellas, Haize.
Todos estaban charlando animadamente sobre el Norte, que era desde donde los tres desconocidos venían, cuando Nator entró por la puerta, saludando con la cabeza.
Miró a las tres personas que se habían apoyado en la pared.
—Veo que habéis decidido acompañarnos —les dijo gesticulando hacia la mesa para que tomaran asiento.
—Creo que tú eres la única que no les conoce —me miró—, son Haize, Roa y Cádin.
Bien, cómo ya os dije —siguió hablando, dirigiéndose a la sala en general—, un pequeño grupo salió hace unos días hacia Lirea a buscar información.
Larán me ha puesto al día de a qué os enfrentásteis, pero me gustaría oírlo de los demás.
Ya he hablado con Jax y Karl antes de venir hacia aquí.
—No sé que te ha dicho Larán —empezó Rahel—, pero no creo que haya mucho más que añadir.
En Lirea nadie tenía noticias nuevas. Ni ataques, ni intentos, ni molestias.
Pero por otro lado, como ya sabrás, nos atacaron cuatro individuos: ágiles, fuertes y con experiencia en luchas.
No nos costó mucho deshacernos de ellos por suerte, pero iban a matarnos, incluso liberaron a los caballos para que no tuviéramos posibilidad de escapar.
Además, según dijo Lennia, olían a hierbazul, todos ellos.
Matamos a tres, uno quedó vivo, pero no habló. Dio igual qué.
—Deberíais haber traído al que capturasteis. Matarlo fue una decisión estúpida. Podríamos haberle estudiado o ver si podíamos sacar algo claro de él —contrarrestó Nator, mirando a Rahel.
—Estaban cubiertos de hierbazul. No es que la llevaran , todos ellos olían a hierbazul.
Cualquier contacto con cualquiera de nosotros o los caballos, nos hubiera matado.
No teníamos antídoto ni posibilidad de fabricarlo y la hierbazul no se contrarresta con poderes de curación —salté en defensa del General.
—¿Estabas segura que era hierbazul? —preguntó una voz que no conocía. Me giré y vi que Haize había hecho la pregunta. Su voz era grave y rica y estaba utilizando un tono que no me gustaba, aunque la pregunta careciera de maldad.
— Sí. Estoy cien por cien segura, era hierbazul y en cantidades muy grandes.
—La hierbazul procede de Austro. ¿Me estás diciendo que esas cosas venían de Austro?
—Cualquiera puede conseguir hierbazul si sabe dónde buscar —contrarresté.
Le miré desafiante y me crucé de brazos. No solía preparar venenos, pero para buscar el antídoto eran necesarios, así que más de una vez me había encontrado con hierbazul en mi posesión.
—Vale, tenemos una traficante de sustancias ilegales con nosotros, ya veo —dijo Haize levantando las manos en señal de rendición.
Iba a responderle de manera muy poco amigable cuando Nator se aclaró la garganta.
—Entonces lo único que tenemos claro es que no estaban vivos, todos ellos estaban cubiertos en hierbazul y nada más, ¿no?
—No tenían poderes ni esencia —puntualizó Kiria.
—Si estaban muertos tiene sentido, la tierra ya habría reclamado su esencia.
Esa era la explicación más lógica. Durante todo el camino de vuelta a Bore, después del enfrentamiento, había estado pensando en ello.
Todo el mundo al morir perdía su poder, la tierra lo reclamaba.
Pero cuando eso pasaba, la tierra dejaba una marca característica, y no la habíamos sentido en ellos.
Podían ser los nervios, la situación o incluso que la hierbazul lo ocultara, pero no nos pareció el caso, lo cual no tenía sentido.
La tierra siempre encontraba el camino de reclamar lo que era suyo.
La reunión siguió adelante, tomando un punto más político, discutiendo sobre Lirea.
—La parte positiva es que Lirea está segura por ahora y no han tenido mayores ataques ni pérdidas nuevas.
Pondré a gente investigar sobre estos no-muertos.
Rahel, vendrán a hablar contigo para que les compartas la ubicación.
—Rahel asintió—. No hay mucho más que añadir —dijo mirándonos a todos—.
En unos días saldréis a una nueva localidad, no sé cuántos de vosotros ni cuánto durará.
Os haré llamar. —Nos miró a todos, que asentimos antes de levantarnos.
—Una cosa más —añadió el rey mirándome fijamente—.
Lennia, me han dicho que casi te matan. —No le contesté, me limité a mirarle con el ceño fruncido—.
Dudaste y te atacaron. Estás aquí por tu poder, para defender a Boreas con él.
Si no puedes hacer algo así, házmelo saber, porque entonces no eres útil para el reino.
—Útil o no, no hay nada que puedas hacer para impedirme estar aquí. —Apreté la mandíbula y le miré desafiante.
El silencio que precedió a mi frase fue como un velo que se instauró en la pequeña sala de reuniones. Larán se tensó, Rahel y Kiria adoptaron posición defensiva y los tres individuos del norte me miraron con las cejas levantadas.
—Yo no estaría tan segura de mi misma cuando casi te matan en la primera misión pacífica, Lennia. Las guerras son peligrosas.
—¿Es una amenaza?
—No se me ocurriría. Solo digo que debes tener más cuidado —miró a toda la sala—. Lo del cuidado va para todos. —Desapareció al terminar de hablar.
El resto de personas en la sala seguían quietas en las posiciones en las que habían estado el último minuto, solo que ahora todos me miraban a mí. Con toda la dignidad que pude, me dirigí hacia la puerta, pero antes de dar tres pasos, una mano en el hombro me detuvo.
—Lennia, eso ha estado fuera de lugar.