Capítulo diez #2
De repente una flecha atravesó el campamento, llevándose la lona por delante y clavándose en el árbol donde estaban atados los caballos que empezaron a relinchar y levantarse nerviosos. Corrí hacia ellos, instintivamente abriendo el escudo para abarcarlos a todos.
A los segundos, desde todas las direcciones un montón de flechas empezaron a atravesar el claro, pero esta vez ninguna de ellas llegó a hacer ningún daño.
Kiria y Larán las transformaban antes de que llegaran a ningún objetivo y caían al suelo suavemente.
Cuando la última flecha cayó al suelo, unas sombras se abalanzaron hacia nosotros.
No me dio tiempo ni a reaccionar cuando me encontré tumbada de espaldas en el suelo por el impacto de un hacha.
Gracias al escudo que había formado, evité un daño mayor, pero aún así el golpe me aturdió lo suficiente como para bajar las defensas.
Me incorporé deprisa y me fijé en el campamento.
Lo que me habían parecido sombras eran en realidad personas vestidas completamente de negro.
Llevaban una armadura negra como el carbón y tenían la cara tapada con una máscara larga que les cubría la cabeza completamente, haciéndolos inidentificables.
Eran solo cuatro pero con una fuerza y una velocidad que no había visto antes.
Me puse en posición defensiva, volví a crear el escudo de aire, alcé la espada y esperé sin moverme del sitio, protegiendo a los caballos.
Larán luchaba contra una sombra mucho más alta que él.
Aguantaba los golpes y contraatacaba con una soltura envidiable.
No dejaba que ningún golpe pasara a través de él.
Había endurecido su armadura y ahora, el cuero que vestía, era impenetrable sin dejar de ser ligero.
Con la espada iba frenando los golpes del atacante, mientras que estaba utilizando su poder para contraatacar con todos los objetos que había a su alcance.
Kiria, junto a Jax, estaban luchando contra otro de los atacantes.
La destreza que demostraban luchando juntos era admirable, compenetrando el ataque y la defensa como si fueran un solo luchador.
El oponente era mucho más rápido que ellos y les estaba lanzando ataques que, gracias al escudo que Jax había creado, no les llegaban a alcanzar.
Rahel estaba ocupándose de otro de los atacantes manejando las sombras y, pese a estar en mitad de una batalla, me quedé pasmada mirándole.
Rahel nunca había mencionado su poder y supuse que estaría relacionado con el control de las esencias, no que pudiera manejar la oscuridad a su antojo.
Las sombras agarraron al atacante y lo inmovilizaron contra el suelo así que Rahel giró sobre sí mismo y fue ayudar a Larán con su oponente.
Iba mirando de izquierda a derecha como mis compañeros luchaban para defendernos cuando noté un movimiento venir de mi espalda. Me giré en el momento exacto que una espada descendía hacia mí y grité.
El poder del viento que estaba utilizando para crear un escudo se disparó hacia mi atacante y lo empujó unos metros hacia atrás, estampándolo contra un árbol y dejándolo inmóvil en el suelo.
Me quedé petrificada observando el cuerpo tirado.
Tardé unos segundos en reaccionar y para cuando lo hice, me di cuenta qué había estado haciendo detrás de mí: todos los caballos habían echado a correr.
Intenté salir corriendo detrás de ellos pero alguien me agarró del brazo.
Al no poder zafarme, empecé a llamar a mi poder.
—Lennia, soy Rahel —dijo de manera calmada.
Giré la cabeza y le miré. Cuando vió que me relajaba, me soltó el brazo—.
No te preocupes por ellos, no se alejarán mucho y volverán solos.
No puedes salir corriendo detrás de ellos si no sabes dónde estás ni si hay más atacantes. Puedes perderte o pueden asesinarte.
Cuando nombró a los atacantes miré detrás de él. Las personas que nos habían atacado estaban en el suelo. El que había luchado contra Rahel seguía inmovilizado por sus sombras. Era el único que se movía de los tres. Observé a los otros.
—Están muertos —confirmó Rahel seriamente—. No los hemos podido parar de ninguna otra manera.
Abrí mucho los ojos, la vista fija en los cadáveres, pero no salieron palabras de mi boca. Me giré a mirar al que mi poder había atacado. Al que yo había atacado. Rahel me cogió la cara con las manos, impidiendo que mirara al que había detrás de mí. Me miró fijamente a los ojos.
—No te preocupes, Lennia. Ya está.
—¿Está muerto?
—Sí. —Rahel fue directo, no distorsionó la realidad, no suavizó la palabra—. No pasa nada, era él o tú. No pasa nada, Lennia, de verdad.
Cuando Rahel se aseguró de que estaba calmada y no me iba a desmoronar, se fue hacia donde estaban los demás, reunidos alrededor del único atacante que quedaba con vida, decidiendo qué hacer con él.
—¡Cuidado! —avisé de repente, alzando la voz—. No los toquéis, huelen a hierbazul. Es altamente venenosa al contacto y sin antídoto estaríais muertos en menos de doce horas.
Todos se miraron entre sí y comprobaron que no tuvieran heridas. Rahel y Larán empezaron a cavar un hoyo en la tierra para enterrar los cadáveres , así que fui a ayudarles, pidiendo a Kiria que creara otra pala para mi.
Al acabar, nos giramos hacia el único integrante del ataque que quedaba con vida. Rahel retiró las sombras de su boca que actuaban como mordazas.
—¿Quienes sois? ¿Qué queríais? ¿Para quién trabajáis?
No recibimos respuesta alguna, ni siquiera hizo el más leve sonido. Rahel le hizo varias preguntas más y todas quedaron sin respuesta, por mucho que intentara coaccionarlas. Incluso cuando los métodos que utilizó fueron bastante cuestionables, no recibimos respuesta alguna.
—Algo no está bien en él —dije, mirándole fijamente.
—Varias cosas no están bien en él, —contestó Karl—, ni siquiera se ha quejado cuando las sombras le estaban dejando sin respiración.
—No me refiero a eso. Es su esencia.
—¡No tiene esencia! —exclamó Kiria unos segundos después, abriendo mucho los ojos—. No podía notar su poder y pensaba que lo tenía bien oculto pero es diferente, no tiene.
—Además, no está bien —insistí yo.
—Están muertos. Es Necromancia —dijo Larán asustado.
—Pero está prohibida, nadie la ha usado en años, ¿no? —preguntó Rahel, agachándose a examinar al atacante más de cerca.
Todos nos quedamos callados, mirando al cadáver que se revolvía en sus ataduras. Rahel se acercó, espada en mano y rajó el cuello del ser que teníamos delante. En unos instantes, dejó de moverse y cayó al suelo.
—No se debería poder matar a los muertos —dijo Karl—. No es necromancia real, por lo menos no la que conocemos. Además, el cuerpo no huele a muerto.
—¿Entonces qué es?
—No lo sé. Supongo que tenemos algo más que contarle al rey a parte de que en Lirea hay cero novedades —dijo Rahel, encogiéndose de hombros.
Pasamos tanto rato debatiendo qué podían ser esos cuerpos y de dónde podían venir que no nos dimos cuenta que los caballos habían regresado hasta que Gévar y Gía entraron al claro reclamando nuestra atención.
Cuando miramos a los caballos, también nos dimos cuenta que había dejado de llover.
Desmontamos lo que quedaba de campamento después de la lucha y reanudamos la marcha hacia Bore.
Para cuando llegamos era bien entrada la madrugada y de lo único de lo que fuimos capaces fue de irnos a nuestras respectivas camas.