Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo diez
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Capítulo diez

LENNIA

S alimos después de desayunar. En el viaje de ida tuvimos suerte con el tiempo, pero esa vez fue todo lo contrario. Nada más preparar a los caballos, empezó a llover.

A medida que la lluvia empezó a ser molesta, todo el mundo sacó de sus bolsas una tela protectora, pero yo no llevaba nada parecido y, aunque podía crear un escudo de viento, no sabría cuánto tiempo podría aguantar sin agotarme. Por suerte, Kiria me ofreció una capa extra que llevaba.

Cuando no llevábamos ni una hora cabalgando, la llovizna se convirtió en diluvio, lo que nos obligó a desviarnos del camino principal debido al peligro de que el río desbordara.

Según dijo Rahel el desvió iba a sumar por lo menos diez horas al viaje de vuelta, no solo debido a que la ruta era más larga sino que el terreno era más difícil y, entre eso y la lluvia, estábamos obligados a llevar los caballos muy lentamente.

Otra de las preocupaciones de Rahel era que ese desvío nos obligaba a acercarnos a la frontera con Alisio.

Rahel levantó el puño.

—Hay que ir más lentos en estas condiciones, no hay casi visibilidad y no queremos que nadie se pierda ni se lesione.

A partir de aquí el camino se estrecha, vamos a viajar en fila.

Estad atentos. Kiria, tú irás delante, sé que conoces estos bosques mejor que nadie aquí.

Jax, irás detrás de Kiria, ya que dominas el viento, intenta hacer que se despeje la lluvia de delante, que Kiria no pierda visión, no lo hagas por encima de tus posibilidades, solo si el terreno se pone demasiado difícil.

Larán, detrás de Jax. Eres el nexo entre ellos y la parte de atrás, asegúrate de no perder a nadie.

Karl, detrás de Larán. Lennia, detrás de Karl.

Yo cerraré el camino. Cualquier cosa, alzad la voz, debemos actuar como una cadena, ¿entendido?

Con Kiria en la cabeza, seguimos avanzando a paso lento, la lluvia no amainaba y no se escuchaba nada por encima de ella.

Aunque los árboles ofrecían cierta protección frente a la lluvia, no era suficiente y estaba afectando la moral del grupo.

Seguimos avanzando durante una hora más hasta que Rahel nos hizo parar a todos una vez hubo una apertura en el camino.

—No podemos seguir forzando a los caballos así.

Montaremos campamento aquí y ya le podéis rezar todo lo que sepáis a las diosas para que amaine la lluvia o pasaremos la semana aquí.

Karl, Jax, Lennia, no os alejéis mucho pero id a recoged troncos grandes.

Todo lo que no os sea de utilidad o sea reemplazable en las sacas también lo quiero fuera.

No llevamos nada para montar el campamento así que habrá que aprovechar lo que tengamos a mano.

Por suerte, tenemos a dos de los mejores alquimistas aquí.

—Ancestrales —le corrigió Larán.

—Como sea —sonrió Rahel—. A trabajar, no os alejéis mucho. Dad señales de vida cada diez minutos o saldremos a buscaros.

En menos de una hora habíamos recopilado suficientes troncos y material para hacer un pequeño campamento.

Larán y Kiria deformaron los troncos y crearon estacas que clavaron en el suelo.

Juntaron las telas de la ropa que descartamos y crearon una gran pieza de lona impermeable que dividimos en dos partes.

Una fue para proteger a los caballos, la otra para nosotros.

Alguien había recogido agua de la lluvia en un recipiente para que los caballos pudieran beber y yo me dediqué a secar el suelo para que pudiéramos sentarnos. Expulsé el agua de la tierra y de las madera que íbamos a utilizar para encender el fuego.

—¿Alguien sabe cuánto suelen durar las lluvias en esta zona? —pregunté, escurriéndome el pelo.

—No debería estar lloviendo todavía. En esta parte de Boreas la temporada de lluvias es bien entrado el sarad. Supongo que durará unas horas más y parará —comentó Kiria.

—¿Así que empática y ancestral? La tierra y las diosas tienen sus favoritas por lo que veo.

—Mira quién fue a hablar —rió Kiria—, tu demostración ayer con Piena… Creo que tocaste todas las magias que había por tocar.

Giré la cara, haciendo ver que observaba al resto.

Realmente no entendía del todo mi poder.

Sabía que tenía más del que nunca había utilizado.

Veía la esencia de los elementos y aunque tenía mucha más afinidad con el fuego y la tierra, también entendía el agua y el aire.

No lo entendí el día que acabé con la vida de los que nos atacaron a Larán y a mí, ni lo entendí el resto de años que pasé intentando buscar una explicación.

El poder que desaté entonces era un poder para destruir.

Borré la esencia de los atacantes sin ni siquiera ser consciente.

Algo parecido había pasado el día anterior con Piena, esa vez había podido controlarlo, pero estaba segura que si no hubieran estado Kiria y Rahel conmigo, no hubiera podido pararlo.

—¿Con quién has entrenado tu poder? —preguntó Kiria.

—Con Rhita.

—¿Rhita? No la conozco. ¿Es alguna entrenadora de las guardias? ¿De la ciudad?

—Rhita es la persona que me acogió cuando llegué a Boreas.

—¿Me estás diciendo que nunca has entrenado tu magia de forma oficial? —Se sorprendió Kiria. Negué con la cabeza—. Eso es una locura, Lennia, con la cantidad de poder que tienes deberías haber estado entrenándolo desde pequeña.

—Bueno, no se dio el caso. Cuando me abandonaron no tenía casi para comer y dedicaba mi tiempo a trabajar —dije, un poco a la defensiva.

—Pero lo necesitas. Ayer por poco y pierdes el control.

Miré a Kiria durante unos segundos y asentí, no podía enfadarme con ella por constatar la realidad.

—Cuando regresemos a Bore, empezarás a entrenar conmigo. Varios días a la semana entreno a un grupo que no ha tenido la oportunidad o los medios para hacerlo antes.

—¿Entrenas a gente gratis?

—Por supuesto —Kiria sonrió—. Tengo el tiempo y los recursos, ¿por qué no iba a hacerlo? Todo el mundo merece entender su poder. ¿No crees?

Asentí pero no dije nada más.

—Voy a ver como va Rahel, es un planeador y cuando las cosas se salen de su control tiende a sobre pensarlo todo. Seguro que este retraso le quita años de vida.

Kiria se levantó sonriendo y se acercó a Rahel.

El capitán estaba hablando con Larán y a decir verdad sí que se le veía estresado.

Cada pocos minutos miraba al cielo y se quejaba y no paraba quieto más de diez segundos en el mismo lugar.

Kiria se plantó en frente de él y le puso las manos en los hombros.

No llegué a escuchar lo que le dijo, pero Rahel sonrió de forma abierta y se sentó junto al fuego.

Cada poco tiempo tenía que volver a secar parte del terreno donde estábamos. Jax intentaba crear un muro de viento para que el agua no pasara pero cada vez estaba más débil.

—Hay que hacer turnos para dormir. Tres vigilan y tres descansan.

Empezamos ya, y a la que la lluvia pare, salimos, independientemente de la hora que sea.

Jax, Kiria y Larán, primer turno de descansar.

Karl y Lennia, empezáis montando guardia conmigo.

Cada dos horas haremos cambio, ¿todos de acuerdo? —preguntó Rahel.

Nadie tuvo ninguna objeción y Jax, Kiria y Larán tomaron el primer descanso.

No sé si se llegaron a dormir o solo lo intentaron, pero las dos siguientes horas solo se escuchó la lluvia y el movimiento de los caballos.

Cuando tocó el cambio de guardia nadie dijo nada.

Pensaba que entre el frío —el agua ya estaba empezando a calar—, la luz y la situación, no iba a poder dormir, pero en menos de diez minutos, el sueño me venció.

—Lennia, despierta .

Poco a poco abrí los ojos y vi a Larán susurrándome muy cerca. Fui a contestarle, pero me tapó la boca con la mano y se puso un dedo en los labios. Fruncí el ceño, no sabía cuánto rato había dormido, pero dudaba que ya hubieran pasado dos horas. Larán retiró la mano de mi boca poco a poco.

—No hagas ruido. Nos están rodeando.

Me desperté de golpe y me senté. Miré a mi alrededor pero no noté nada raro.

La lluvia había amainado un poco, aunque seguía cayendo con fuerza.

Todos estaban alerta; Kiria y Rahel en posición defensiva con las armas en mano y en el lado contrario, Karl y Jax tenían una postura similar.

Solo quedábamos Larán y yo en el centro del campamento que habíamos improvisado.

—No siento ninguna esencia externa.

—Creemos que la están ocultando.

Hasta este punto la misión no me había parecido nada difícil, quitando el malestar de todas las horas a caballo y la lluvia, pero en aquel instante, enfrentándome a un peligro real, la realidad me golpeó.

Eso no era un juego. Las batallas, las pérdidas, la guerra. Todo era real. Me tensé todavía más.

—Prepara una defensa Lennia —me instó Larán—, ¿Sabes hacerlo?

Asentí.

Aunque no era mentira, tampoco era cierto del todo. Había explorado mis poderes, pero no sabía hasta qué punto podría utilizarlos en una situación real. Me concentré en el poder del aire a mi alrededor y creé un escudo que me cubrió entera.

—Bien, esto servirá. ¿Tienes armas? —Negué con la cabeza—. Vale, toma, no pesa.

Larán me dio una espada corta. Tal y como me había dicho, no pesaba nada para el tamaño que tenía.

El mango marrón estaba decorado con hojas talladas y la hoja brillaba a la luz.

La espada se ajustaba a mi mano como si hubiera sido hecha para mi.

Ajusté mi agarré y miré a Larán a los ojos.

Lo miré y asentí. Larán me dio la mano y ambos nos levantamos.

Me miró una última vez antes de adoptar una posición defensiva.

Formaron una estrella a mi alrededor, dejándome en medio en lo que supuse que había sido un movimiento controlado.

No lo habíamos discutido ni nadie me lo había preguntado, pero no era difícil de adivinar que no tenía entrenamiento.

De ningún tipo. Cada segundo que pasaba sin que nada ocurriera, mi agarre en la espada iba cogiendo más fuerza.