Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo nueve #3
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Capítulo nueve #3

Rahel y Kiria debieron notar que algo pasaba, ya que Rahel se interpuso entre las dos y Kiria intentó cambiar el ambiente de la habitación soltando un poder cálido y floral.

No funcionó. Piena dio un paso hacia atrás y aunque físicamente intentó recomponerse, el pulso le siguió yendo a mil.

Fruncí el ceño, no entendí nada hasta que un recuerdo se filtró en mi mente.

—Atrapadla. No es quien dice ser. Nos ha mentido, es un peligro para nuestro reino.

Miré a Larán, que se negó a devolverme la mirada, y dos soldados se acercaron a mi. La chica, que era casi igual de alta que yo y con un largo pelo rubio, alzó las esposas y me las colocó, dejándome sin poderes.

Me reí. Piena había estado en mi detención, me recordaba, y lo más importante: me tenía miedo. Antes de que Rahel pudiera ni siquiera darse cuenta, lo esquivé y me puse delante de ella. Sabía que mis ojos estaban brillando, dorados.

—Piena. —Saboreé su nombre—. Me recuerdas.

Piena se tambaleó hacia atrás con mi repentino acercamiento y vi como el color drenaba de su piel ya de por sí pálida.

—Tú, no… Te encerramos.

—Pero como puedes ver, ahora ya no lo estoy. —Sonreí.

Piena retrocedió un poco más y mi poder empezó a amplificarse. Los muebles de la sala empezaron a temblar y empezó a hacer calor.

—Lennia —la voz de Rahel sonaba serie detrás de mí.

—¿Te pareció bien encerrarme? ¿Te divirtió? —le pregunté, acercándome. Notaba como mi poder bailaba en la superficie.

—¡Yo solo seguí órdenes!

—¡Eso es todo lo que sabéis hacer!

Solté más poder y el aire me respondió, empujando a Piena, aunque no retrocedió más de un metro antes de que la rodeara una barrera que bloqueó mi aire. No suya, me di cuenta. Rahel estaba protegiéndola.

—Lennia —repitió Rahel—, me pediste que no volviera a quitarte los poderes. Ahora mismo me estas dando buenas razones para hacerlo. Mírame.

La manera en que me habló frenó mi rabia. No me estaba exigiendo que siguiera sus órdenes, me estaba pidiendo que parara.

Los poderes que hacía un momento querían salir y no volver a mi, se relajaron. El aire dejó de soplar, la temperatura descendió hasta que se volvió a sentir la tibieza de la habitación, los muebles dejaron de temblar. Me giré y miré a Rahel.

—Eso es, Lennia. Gracias por escucharme.

Tanto Rahel como Kiria tenían las manos levantadas delante de su pecho, mostrándome que no eran una amenaza.

Parpadeé varias veces y noté como mis ojos volvían a su tono ámbar natural.

Nadie se movió mientras me calmaba, ni siquiera Piena.

Poco a poco, una vez sentí que tenía el control total de mi poder, me giré y miré a Rahel de nuevo. Éste solo me sonrió.

—Ahí estás. ¿Todo bajo control?

Su voz era suave, calmada. Rahel parecía más una persona de actuar primero y preguntar después, no de intentar mediar con las situaciones de forma pacífica, pero en cambio, no había intentado quitarme el poder ni atacarme, me había pedido que parara.

Sabía que era un único aviso antes del ataque, pero me había dado la opción de parar.

Y se lo agradecía. Parpadeé y asentí. Miré a Kiria, quien me observaba desde la misma distancia de antes, volvía a mirar a Rahel, quien estaba mirando a Piena y me giré.

Ésta tragó saliva pero siguió sin moverse.

—Soy Lennia —me presenté—. Quizá me ha sorprendido un poco el verte.

Rahel y Kiria rieron suavemente, lo que me sacó una pequeña sonrisa. Piena se relajó mínimamente.

—Lo entiendo —dijo, insegura.

Me aparté de ella, dándole el espacio que sabía que necesitaba.

—Tal y cómo ha dicho Rahel estamos aquí para saber cómo están yendo las cosas por esta zona.

Piena asintió, sin acercarse a mí. Su respiración volvía a acompasarse poco a poco y su piel estaba recuperando color.

—Tal y cómo he dicho, desde el último ataque hace cinco semanas, no hay novedades.

Hacemos patrullajes por los bosques de la frontera y no hemos visto movimientos sospechosos.

La gente que trabaja en las zonas más al norte de Lirea y alrededores tampoco ha visto nada que hayan querido remarcar, así que de momento no tenemos novedades, cosa que es positivo.

Asentí y miré a Rahel quien a su vez, asintió también.

—Eso será todo, puedes retirarte. Gracias por responder mis preguntas.

Piena bajó su cabeza a modo de saludo y se dispuso a salir de la habitación. Cuando tenía el pomo de la puerta en su mano se giró y me miró.

—Espero que sepas que solo seguía órdenes, Lennia. Mi trabajo es obedecer sin cuestionar.

—Espero que ahora empieces a cuestionarte las cosas —respondí después de unos segundos.

Piena se marchó sin decir nada más.

Pasamos todo el día en el cuartel y no hubo cambios en ninguna versión. Pasaron decenas de soldados y civiles sin nada nuevo que añadir. Todo estaba siendo tranquilo desde la última desaparición, por lo menos allí.

Para cuando el sol ya estaba cayendo, habíamos hablado con todo el mundo que había tenido algo que compartir, así que decidimos volver a la posada. Durante el camino se nos unieron Karl, Jax y Larán, que habían estado recopilando información en otros puntos de la ciudad.

—Ninguna novedad por nuestra parte. En el cuartel todos están tranquilos y no detectan nada extraño —empezó a explicar Rahel una vez nos sentamos a cenar.

—Nosotros nos hemos repartido las zonas alejadas de Lirea y tampoco.

En una granja casi en la frontera con el Norte, hay una familia los cuales todos son afines a la tierra, la última vez notaron que algo iba mal antes del ataque, pero ahora nos han dicho que todo está tranquilo, que no notan nada —añadieron Karl y Jax.

—Lo mismo en las diferentes granjas que he visitado —dijo Larán.

El resto de la cena pasó tranquilo, sin mucho que contar tras el cansancio acumulado.

—Volvemos mañana —dijo Rahel cuando acabamos de cenar—. Descansad esta noche, saldremos a primera hora. Reservad la fuerza para la vuelta. Buenas noches, gran trabajo hoy.

Con eso, Rahel se levantó, seguido de Kiria y ambos se marcharon. Segundos después, salí detrás de ellos, pero en lugar de dirigirme a las habitaciones, cogí una manzana y me fui a las caballerizas.

Los establos de la posada eran bastante más pequeños que los de palacio.

Había diez establos y nuestros caballos ocupaban seis.

Avancé delante de dos establos vacíos y otros en los que había dos caballos blancos que no reconocí.

En los establos de más al fondo, estaban los caballos que habían hecho el viaje con nosotros.

Primero, el ejemplar que cabalgaba Jax, un caballo bayo con la crin oscura que estaba más interesado en comer su forraje que en mí, después pasé por el establo del caballo alazán de Larán y el caballo pardo de Kiria y entonces llegué al establo de Gèvar, la yegua de Rahel, que estaba entre el caballo de Karl y Gia.

Cuando Gèvar me vió, se acercó inmediatamente a la puerta del establo, así que le rasqué la frente.

En ese momento Gia relinchó, reclamando mi atención. Sonreí y me acerqué a ella.

—¿Cómo has estado, Gia?

Partí un trozo de manzana y se lo ofrecí. Gia lo cogió sin dudar y le di el otro trozo a Gèvar. Cogí un peine y entré en el box. Después de las emociones del día necesitaba hacer algo monótono que me relajara, e interactuar con animales siempre lo había conseguido.

Lentamente empecé a peinar a Gia, retirando restos de suciedad. Una vez estuve satisfecha con el resultado, guardé el peine.

No entendía cómo después de la muerte de su anterior jinete nadie la había reclamado.

Rahel tampoco había entrado en mucho detalle, pero estaba agradecida que hubiera llegado a mi.

Gia me empujó el brazo con su morro, recordándome que había dejado de hacerle caso y volví a rascarle el cuello unos minutos hasta que el sueño venció y decidí irme a descansar.