Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo nueve #2
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Capítulo nueve #2

Mi cara debió de ser un poema con esa última frase porque ambos empezaron a reír.

No iba a admitirlo en voz alta, pero Kiria me gustaba y me intrigaba a partes iguales.

Me aclaré la garganta y me fui a recoger una de las bandejas de comida que habían preparado para el desayuno y fui a sentarme a una mesa apartada en una esquina, desde donde podía vigilar toda la posada.

—Lennia, ven con nosotros, —me pidió Rahel—, ya te dije que soy buena gente. Vamos, no comas sola.

—Me ofenderé si prefieres comer en una esquina oscura sola y aburrida antes que sentarte con nosotros —añadió Kiria.

No me quedó otra que ceder. En parte porque alzando la voz habían hecho que toda la posada se girara a mirarme y en parte porque después de tantos años de soledad, anhelaba compañía, aunque no quisiera admitirlo.

Ambos me sonrieron cuando me senté con ellos y yo les miré sin saber muy bien qué hacer.

—¿Siempre eres así? —preguntó Kiria metiéndose un trozo de tocino en la boca.

—Así, ¿cómo?

—Desde que salimos del castillo estás a la defensiva.

No hablas, no compartes nada. Es como si te molestáramos.

—Levantó las manos en son de paz cuando la miré con las cejas levantadas—.

Vale, entiendo todo el tema de la traición, estar en prisión y que cierta persona no deje de molestarte, pero, ¿piensas estar todas las misiones sin hablar?

—Ya le dije a Rahel que no he venido a hacer amigos. Se me pidió ayuda y acepté. Por eso estoy aquí. Nada más.

Rahel y Kiria pusieron los ojos en blanco prácticamente a la misma vez y después de mirarse, rieron. Decidí ignorarles y seguir comiendo. Esperaron a que acabara mi desayuno para levantarse.

—Entonces está decidido, vienes con nosotros. Hoy empieza formalmente tu primer trabajo para el reino —dijo Kiria con más alegría de la necesaria—. ¿Has estado alguna vez en Lirea ?

—No creo, no puedo asegurar que no estuviera aquí durante mi niñez, pero no que yo recuerde. Con Rhita no viajé nada, demasiado trabajo y cuando ya era más adulta, mi estilo de vida no cuadraba con los viajes.

—Entonces te va a gustar la experiencia —añadió Rahel—. Vamos, empecemos con algo sencillo, los guardias desplazados aquí.

Cuando salimos de la posada, me encontré a Hyperion fuera, rodeado de gente. No, no rodeado de gente. En el centro de una redonda de personas. Peleando con otro hombre. A puñetazos.

—No preguntes. Es su forma de divertirse —dijo Rahel con una sonrisa en la voz, siguiendo adelante.

El sol ya estaba en lo alto del cielo y la iluminación hacía que Lirea brillara diferente que la noche anterior.

Se seguía viendo sencilla, pocas casas y mucho terreno, jardines, campos de cultivos, cuadras y hasta animales sueltos por las calles.

Rahel y Kiria avanzaron por la calle principal y yo les seguí, observando a mi alrededor.

La sensación de la noche anterior seguía conmigo, aunque había disminuido.

—¿Lirea siempre ha sido así? —pregunté a mis dos acompañantes.

—¿Así cómo? —respondió Rahel sin dejar de avanzar.

—No lo sé. Así; medio abandonado. ¿No notáis nada? Hay algo raro en esta ciudad. No sé explicarlo.

—Yo también noto algo. Pero nadie más lo nota —dijo Kiria—.

Supongo que es cosa de mis trazas empáticas.

Pero tú no lo eres, ¿cierto? —Negué con la cabeza—.

Entonces no sé porqué notas nada, pero te entiendo, y respondiendo a tu pregunta, no, no siempre ha sido así.

Hace años aquí vivía más gente, había más vida.

Los últimos incidentes hicieron que mucha gente huyera de Lirea hacia otros puntos del reino.

Incluso hay quienes marchan a otro reino huyendo de la cercanía de Alisio.

—¿Qué incidentes?

—No se nota, pero hace varios años, Alisio provocó grandes destrozos aquí y en los alrededores.

Aquella vez fue un intento de reclamar esta zona como territorio propio.

Entraron por aquí. —Empezó explicando Rahel—.

No teníamos más que un pequeño grupo defendiendo la frontera, pero aguantaron contra las tropas enemigas hasta que llegaron los refuerzos.

Desgraciadamente no teníamos mucha gente con la capacidad de transportarse en Boreas y los refuerzos llegaron tarde, la mayor parte de la ciudad ya había sido destruída.

Perdimos a mucha gente buena, casi doscientos soldados junto a su capitán murieron en aquella batalla.

También civiles. Algunos que se sumaron a la lucha, defendiendo su tierra y sus casas, pero muchos otros solo tuvieron la mala suerte de estar en medio de todo aquello.

La ciudad se reconstruyó de seguida. Vinieron los mejores constructores de toda Boreas a ayudar, pero nunca volvió a ser igual.

Entre las vidas perdidas y la gente que decidió marcharse, el tamaño se redujo considerablemente.

Desde entonces no ha pasado nada grave. Pero la gente siguió teniendo miedo, aún lo tiene.

La ciudad sigue en pie gracias a la cabezonería de las personas que no quieren abandonarla y a los soldados que hay aquí.

El mayor número de guerreros que viven en Lirea son expertos en magia defensiva y barreras, pero para la gente no es suficiente.

Y el miedo paraliza el mundo. Es lo primero que queremos cambiar, nadie debería tener miedo en su propio hogar.

Nadie debería tener el derecho ni el poder de amenazar a gente que está saliendo adelante sin molestar a otros, así que queremos parar lo que está pasando.

Rahel dejó de hablar y Kiria le palmeó el hombro cariñosamente.

Me quedé callada unos segundos, observando alrededor.

Hace setenta años yo todavía era libre y aún así no había sido consciente de esto.

Ni pasando mi tiempo en palacio. Ni Larán ni el resto me habían informado de algo tan grave como las cientos de muertes que había habido, y me dolió no haberlo sabido, que no les hubiera parecido lo suficientemente importante como para comentarlo.

—No era consciente de que se llegó a tanto. Cuando sucedió todo esto, ¿estabáis en activo los dos? ¿Ya formabáis parte del ejército?

—Rahel era capitán, pero estaba estacionado en Boreas. Yo era soldado raso y estaba en Ease, una población que hay al sudoeste de Boreas, justo en la frontera con Zéfiro—me explicó Kiria.

—Yo sí cabalgué hacia Lirea después del primer ataque.

Cuando llegué, todo era un caos, campos de cultivo y viviendas incendiadas, gente herida y muerta —suspiró Rahel—.

Sinceramente, aguantar ese ataque fue un milagro.

Si Laztan no hubiera estado destinado aquí, no sé que hubiera sucedido.

Era de las pocas personas que hubieran podido aguantar un ataque como aquel con la poca preparación y medios de los que disponía la zona en aquel momento.

—Se quedó callado durante unos segundos, cerró los ojos y suspiró sonoramente—.

No he conocido a nadie que usara mejor la alquimia que él.

Por lo que me contaron cuando llegué, no dejó de construir defensas y cortar la entrada de los enemigos mientras atacaba.

Lo hirieron al final. Estaba tan agotado que le falló la magia en una defensa.

Pudieron estabilizarle gracias a los pocos curanderos que quedaban vivos, pero cuando llegó a Bore no se pudo hacer mucho más por él.

El nivel de agotamiento que todos tenían, incluído él y la complejidad de su herida, hizo que se le infectara y una vez llegó a la sangre…

Es muy difícil de combatir, incluso para los más expertos en curación.

Murió en Bore, rodeado de su familia y no hay día que no me arrepienta de no haber estado aquí junto a él.

Sabiendo la historia de Lirea, podía ver claramente las señales de las batallas.

Los árboles eran todos demasiado jóvenes, las casas demasiado modernas y en el terreno aún había señales de luchas e incendios.

Giramos a la derecha al final de una calle larga y nos encontramos delante del cuartel de la guarda.

Entramos a la sala principal y Rahel nos mandó esperar mientras él entraba en otra sala.

—Es raro que hable de él. Le caes bien —dijo Kiria.

—¿De quién?

—Laztan. Tenían la misma edad. Habían estado juntos desde que entraron al ejército y solo se habían separado cuando Laztan decidió cubrir durante un tiempo la zona de Lirea.

Asentí sin querer indagar más, la manera en la que había dicho que habían estado juntos me hacía sospechar que no se refería simplemente como compañeros de batallón. Rahel salió unos instantes después.

—Ya he avisado que estamos aquí, han llamado a todos quienes estén hoy disponibles y responderán las preguntas que tengamos —dijo mientras avanzábamos por las salas—. Te vas a encargar de hacer las preguntas, Lennia. Al fin y al cabo por eso has venido con nosotros, para ser de ayuda.

—¿Yo? solo estoy aquí por mi poder. No sé que tengo que preguntar, no sé como hacerlo, no debería—

Antes de que pudiera seguir quejándome, la puerta se abrió y entró una mujer. No parecía mucho más alta que yo. Llevaba el pelo rubio corto, el flequillo un poco más largo que el resto. Vestía con una armadura de cuero reforzado pero se movía con soltura, como si la armadura no le pesara.

—Rahel —saludó—, me han avisado que estabas aquí y querías hacer unas preguntas. Ya he avisado a otros soldados disponibles, pero puedes empezar conmigo. Por suerte, los últimos meses han sido tranquilos, así que no hay mucho que decir.

—Me alegra oír eso, Piena. Lennia —me señaló—, es quien se está encargando de la misión. Kiria y yo solo estamos de acompañantes.

Piena me sonrió y se acercó a darme la mano. Al devolverle el apretón vi como se congelaba. Me miró con los ojos muy abiertos y se le aceleró el pulso. Entrecerré los ojos e incliné la cabeza, intentando entender la reacción que había tenido.