Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo nueve
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Capítulo nueve

LENNIA

L legamos a Lirea antes de que cayera el sol.

El contraste del terreno fue enorme. Abandonamos los bosques por una explanada que abarcaba hasta donde llegaba la vista.

La ciudad, si se le podía llamar así, eran varias casas agrupadas rodeadas de granjas y campos de cosecha.

Siendo una ciudad fronteriza con Alisio me había imaginado que tendrían más defensa, más soldados, más… Lo que fuera.

Me encontré con una ciudad pobre y vacía. Entendía que estando tan lejos de la capital y habiendo pocas posibilidades de desarrollo, mucha gente no quisiera vivir allí, pero algo no estaba bien en el ambiente.

Nos dirigimos a la única posada que había y nos encontramos con algunos locales bebiendo y charlando entre ellos. Todo se quedó en silencio en cuanto entramos, atrayendo todas las miradas.

—Vito —saludó Rahel—. Ha pasado mucho tiempo, ¿cómo sigue todo?

La persona que había detrás de la barra se limpió las manos y salió a abrazar al General.

—Todo bien, todo bien, viejo amigo. Hace tiempo que no pasabas por aquí. ¿Qué os trae a Lirea? —El posadero observó al resto de compañía—. Kiria, un placer verte, como siempre. —Kiria agachó la cabeza a modo de saludo—. Larán, ¿Vienes de acompañante o algo más te trae por aquí?

—Sólo venimos a por información esta vez —respondió Larán.

—Mañana podréis encontrar más información, a estas horas poca gente queda ya por aquí. A la que cae el sol todo el mundo procura estar en casa. Además, seguro que estáis cansados. Sentaos, ahora sacaré algo de cenar y mando a preparar habitaciones.

Cansados como estábamos, todos obedecimos y Larán acabó sentado a mi lado.

—¿Qué tal has llevado hoy el viaje?

—¿Tanto te costaba no hablarme hoy? —le pregunté tras poner los ojos en blanco.

—¿La crema te ha funcionado, verdad? Te he visto mejor hoy las veces que desmontábamos —prosiguió, ignorando mi pregunta.

—Sí, me fue bien, como ambos sabíamos que pasaría. Y hoy ha ido mejor que ayer. Me falta acostumbrarme a cabalgar tan seguido. —Le miré de la manera más indiferente que pude y solté todo el aire por la nariz—. ¿Contento?

—Preferiría que las conversaciones contigo no fueran una pelea, pero sí.

—Yo preferiría no tener conversaciones contigo, pero aquí estamos.

Larán sacudió la cabeza pero no dijo nada más. Por el rabillo del ojo vi a Rahel disimulando una risa y le señalé con el dedo.

—A callar.

Eso hizo que su risa estallara. Segundos después Kiria y los curanderos empezaron a reírse también.

—Para reíros de mí por lo menos debería saber vuestro nombre —les dije a los curanderos.

—Reírnos contigo, no de ti, Lennia —afirmó uno de ellos—. Yo sí sé tu nombre, así que supongo que eso me da el derecho, ¿no? —Todos volvieron a reír—. Mi nombre es Jax y él —señaló al otro soldado—, es Karl.

Karl me saludó con un movimiento de cabeza cuando dejó de reír .

—No creo que haga falta que me presente, por lo que veo —refunfuñé.

Cuando todos volvieron a reír, mis labios se curvaron en contra de mi voluntad.

Vito, que se sentó junto a nosotros después de servirnos un estofado caliente, y Rahel, cargaron con la conversación durante la cena, compartiendo historias y recuerdos de viajes pasados.

Por lo que deduje, Vito había sido capitán de la guardia este de Boreas, pero decidió retirarse y marcharse a vivir a Lirea con su familia.

Estuvimos solos hasta que entró otro grupo de personas, hombres en su mayoría, riéndose y hablando entre ellos y Vito se levantó para ir a servirles.

Llegó a ellos y abrazó al que parecía el líder del grupo.

Era un hombre alto, con el pelo largo y rojo recogido en una coleta baja, aunque varios mechones del flequillo se le escapaban.

Los ojos eran de color verde claro y la mirada despierta y desafiante.

Tenía una cicatriz en la barbilla y no se veía mucho mayor que yo.

No parecía exudar demasiado poder, pero aún así su porte era poderoso.

Vito los saludó a todos y los sentó en otra zona, alejada de nosotros.

Seguía observando al del pelo rojo cuando se giró y me miró fijamente, analizándome.

Lejos de acobardarme, mantuve mi mirada fija en él hasta que sonrió, me guiñó un ojo y se sentó.

—¿Le conoces? —me preguntó Kiria.

—No.

—Se llama Hyperion —me explicó, mirando al hombre pelirrojo—. Aunque le llaman de mil maneras distintas. Lleva años moviéndose por diferentes reinos, ayudando o destrozando solo lo sabe él, pero nunca se queda demasiado rato en un sitio. Se va moviendo con su banda de aquí para allá.

—¿Su banda? ¿Él es el líder?

—Sí. —Kiria rió—. ¿Te parece que no tiene poder, verdad? Fíjate en sus muñecas. Lleva pulseras de sortia para anularlo. Nadie sabe por qué lo hace, pero prefiere luchar sin poder.

Una vez acabamos de cenar y murió la conversación, subimos a las habitaciones y me fui directa a la ducha.

El agua, que salía moderadamente caliente, obró milagros en mis músculos doloridos.

Una vez fuera, me senté en la cama y me embadurné en la crema que me había dado Larán, recordando el momento en que la creé.

—He descubierto algo que te irá muy bien —le dije riendo—. Creo que te va a cambiar la vida.

Larán se acercó a mí y me abrazó.

—¿Qué es? —Me reí y me dio un beso en la mejilla—. Dime, sabes que soy malo adivinando.

Como seguía riendo y no hablaba, me empezó a hacer cosquillas. Sarkhas se llenó con mis carcajadas.

—¡Vale, vale! ¡Me rindo! —concedí, soltandome de él y yendo hacia la trastienda.

El lugar olía a menta, hierbamadre, flor de sauce, cúrcuma y ginkgo, una pequeña baya que crecía en los bosques de Austro. Larán olfateó el aire y sonrió.

—¿Qué has preparado esta vez? ¿Huele a jengibre?

Le cogí de la mano y lo senté en la silla. Alzó una ceja cuando me senté encima de él, a horcajadas. Le desabroché los botones de la camisa y se la quité lentamente, dejándola caer al suelo mientras le besaba el cuello.

—¿Esto tiene que ver con la sorpresa? No me estoy quejando, por eso.

—Espera y verás —dije sonriendo.

Desenrosqué el tapón del ungüento que cogí de la mesa que tenía al lado y lo froté en mis manos, atemperandolo. Empecé a masajear su cuello y sus hombros, bajando por los pectorales y volviendo a subir otra vez. También masajeé sus deltoides y bíceps.

Ese era el propósito de la crema. El día anterior Larán se había quejado de lo mucho que le dolía la parte superior del brazo y los hombros debido a los entrenamientos con arma pesada. Cuando acabé el masaje le conté como me había ido el día. Pasados unos minutos Larán me miró sorprendido.

—Ya no me duelen los brazos.

—¡Sorpresa! —reí suavemente.

—Te enseñaré como se hace —le dije a Larán que se levantó cargándome y dio una vuelta mientras me mantenía entre sus brazos.

—Más tarde.

Larán nos llevó hasta el sillón que había en la trastienda y se sentó, colocándome de nuevo encima de él.

—Gracias —dijo besándome la mejilla, bajando hacia el cuello con besos suaves—, déjame agradecértelo como te mereces, Lennia.

Me tumbé en la cama, todavía perdida en la memoria de aquel día.

Cuando Larán me traicionó, algo se rompió en mí, y aún no se había reparado.

No era fácil depositar confianza plena en alguien y ver como usan esa confianza para destruirte.

Después de tantos años ya no sentía nada por Larán, para ser sincera, ni siquiera le odiaba.

Simplemente me dolía lo que me había hecho, pero no quedaba ni una pizca de interés romántico por él.

No por qué él hubiera cambiado. Larán siempre había destacado, siempre rodeado de gente y recibiendo proposiciones de todo tipo.

Cuando estuve encerrada en la celda y no tenía nada mejor que hacer que castigarme para sentir algo, imaginaba a Larán con otras personas, y me dolía.

En cambio, en ese momento, todo lo que había en mí era indiferencia.

Me gustó la sensación de libertad que me trajo esa realización.

Una parte de mi sabía que aún no me había librado de Larán, de la sombra de lo que fue para mí.

La rabia. La traición. La decepción. Pero la parte mayoritaria ya le había olvidado.

Sabía que ahora que estaba fuera de prisión tendría que volver a pasar por algunas fases del duelo, pero por ahora iba a quedarme con la libertad de que ya no me importaran ellos.

No solo Larán, Miria, Nator y las demás personas que me habían traicionado.

Cuando me desperté, el sol ya había salido hacía un par de horas. Me quedé tumbada por unos instantes recordando donde estaba. Lirea, información, misión.

En menos de veinticinco minutos estaba en el comedor de la posada con el pelo todavía mojado de la ducha.

—Tú. —Me dirigí hasta Rahel que estaba acabando con el desayuno —. ¿Por qué no se me ha despertado?

Rahel me miró con las cejas alzadas mientras masticaba. Vestía de manera sencilla, unos pantalones marrones de tela suave y ancha y una camiseta de color negro. No había rastro de armas ni de armaduras.

—¿Necesitas una niñera? No era consciente, mis perdones. Deja que te haga un horario, entonces —contestó divertido cuando acabó de tragar.

Kiria, quien me había pasado desapercibida, estaba a su lado, sonriendo divertida.

—Buenos días, Lennia. ¿Has dormido bien?

—mi única respuesta fue alzar las cejas y mirarla de manera inexpresiva.

Ella rió—. No caí en que no estabas familiarizada con estas misiones.

Cuando tenemos que recopilar información en territorio pacífico nos lo tomamos un poco como día libre.

Se consigue cazar más moscas con miel y todo eso.

Simplemente nos sentamos a desayunar, paseamos, hacemos preguntas, hablamos con la guardia, escuchamos que se mueve alrededor…

Probablemente Jax y Karl sigan durmiendo. Tampoco hemos visto a tu amigo Larán.