Capítulo ocho #2
—¿Sabes que me da la vida de verdad? Que la gente que me importa no me traicione, pero sobre todo no estar encerrada en prisión. —Le miré, mis ojos completamente dorados—. Esta conversación se ha acabado —dije levantándome.
—¿Desde cuándo tus ojos se vuelven dorados? Es algo nuevo. Ni siquiera en el incidente te brillaron de ese tono.
—¿Incidente? —Me reí—. ¿Te refieres a cuándo maté a los dos asesinos que enviaron para acabar contigo?
¿Cuándo acabé con dos vidas para defendernos?
Llama las cosas por su nombre, no fue un incidente.
No sé cómo llamé a ese poder. No sé cómo lo hice, pero lo hice.
Y no me arrepiento. Además, he tenido sesenta y siete años para aprender a llamarlo de nuevo.
Era un farol. No había podido llamar a mi poder a ese nivel.
Tampoco lo había intentado. No sabía si había sido miedo o…
Mentira. Sí sabía que había sido el miedo lo que me lo había impedido.
Aunque no sabía a qué, si a volver a llamarlo o a no poder hacerlo.
Pero los ojos se habían quedado conmigo.
Aquel día, algo en mí despertó y desde entonces cuando mi poder salía a la superficie, lo primero que pasaba es que mis ojos se volvían dorados.
No descansamos mucho rato más, lo justo para poder comer algo de queso y carne curada y que los caballos repusieran fuerzas, y seguimos nuestro camino.
Tal y como habíamos hablado, el camino se hizo sin complicaciones, paramos dos veces más para que los caballos descansaran y nosotros pudiéramos atender nuestras necesidades.
Para cuando cayó la noche, habíamos llegado a una posada.
Yo ya no sentía ningún músculo del cuerpo y aunque los demás parecía que vinieran de un paseo, a mi me temblaban las piernas y no tenía fuerza en las manos.
Por suerte no teníamos que dormir en raso.
Paré unos segundos para observar las afueras.
Miraras donde miraras los árboles y flores estaban en su máximo esplendor, todo lleno de colores que daban vida al lugar.
Boreas era un reino verde, lleno de bosques, lagos, ríos y montañas.
Los bosques eran de árboles templados que variaban su follaje dependiendo de la época del año.
En el centro, donde estaba la capital, los árboles aún conservaban el verde en sus hojas, pero conforme nos habíamos acercado al este, la vegetación cada vez había cogido un tono más anaranjado.
Muchos de los árboles que habíamos pasado por el camino estaban en proceso de perder todas sus hojas, pero no allí.
Los árboles y vegetación alrededor de ella eran de un verde puro.
Las flores adornaban la entrada y los jardines, formando arcos y caminos que guiaban al interior.
Dos mozos salieron a recibirnos y seguimos a uno de ellos hacia la posada mientras el otro se ocupaba de los caballos.
El interior no tenía nada que envidiar al exterior.
Había plantas trepadoras por todos lados: decorando las sillas, las escaleras y el frontal de la barra.
Todos los muebles eran de madera clara, con años de uso, pero sin perder su encanto natural.
En un lateral había una gran chimenea, que, aunque ahora apagada, era más que suficiente para calentar toda la estancia cuando llegara Hermanta.
En la barra, atendiendo, había dos mujeres que se veían más mayores que Rhita.
Apostaba que tenían más de cuatrocientos años.
No solo era el físico, era su esencia. Su poder abarcaba toda la estancia, probablemente se notaba fuera también si prestabas atención, pero había estado demasiado distraída observando el entorno.
Era antiguo y olía a tierra y flores. No me extrañaba que los jardines fueran tan espectaculares si ambas mujeres manejaban el poder de la tierra.
Al contrario de lo que mucha gente con poderes más débiles pudiera pensar, la mayoría de personas solo usábamos la esencia para ayudarnos en el día a día o para decidir a qué dedicarnos.
La gente con afinidad a cierto tipo de poderes se sentía bien trabajando con ellos, estaba en nuestra naturaleza usarlos.
Eran pocos en la historia de Saggar los que habían utilizado los poderes para el mal desde la guerra de los reinos y hasta el mismo libro de Nammu condenaba su uso incorrecto.
Las dos posaderas, Mara y Rose, resultaron ser unas mujeres de lo más interesantes.
No había estado equivocada con su edad. Nos contaron que ellas dos se ocupaban de la posada y de sus exteriores.
Ambas habían emigrado de Alisio hacía ya muchos años, antes de la muerte de su antiguo rey, Salte, ya que se olieron el camino bélico que el reino iba a seguir con el nombramiento de Zálim, su nuevo rey, quien había instaurado una política de viajeros que prácticamente incumplía el libro de Nammu.
Era el único reino sin libre circulación.
Para entrar o salir era necesario demandar un permiso.
Nos estuvieron contando batallas de juventud, su boda y cómo acabaron en ese rincón de Boreas.
Cuando nos quisimos dar cuenta, la noche ya había caído y éramos prácticamente los únicos huéspedes que quedábamos despiertos.
Mara y Rose se despidieron, y nosotros hicimos lo mismo, yendo a ocupar nuestras respectivas habitaciones.
Entre el cansancio del viaje, el calor de la posada y el ruido del viento, caí en la cama y me dormí antes de poder ni siquiera taparme.
El siguiente día fue como el anterior. Cabalgamos durante horas, descansamos el tiempo que los caballos necesitaron y volvimos a cabalgar.
No hablé con nadie. La crema que me ofreció Larán me había ayudado a calmar el dolor más agudo, pero aún sentía roces y molestias por todos lados.
Durante todo el trayecto me quedé en la retaguardia, observando a los demás.
Larán iba cabalgando entre los dos curanderos, conversando de vez en cuando y riendo entre ellos. A la cabeza, Kiria iba hablando animadamente con Rahel. Ambos eran ruidosos y reían en alto, sin callar ni un segundo. Kiria cabalgaba un caballo pardo con una soltura envidiable.
Al contrario que los demás soldados, no llevaba armadura.
Vestía unos pantalones y una túnica gris.
Llevaba el pelo rojo recogido en una trenza alta que le caía hasta el inicio de la espalda.
Era bella de una manera única. Tenía la piel tan oscura como los ojos.
La nariz ligeramente torcida y los labios carnosos.
Toda ella desprendía seguridad y calidez.
No sabía explicarlo de otra manera. Su esencia era cálida, pero no como aquella que tenían las personas que dominaban el fuego, sino cálida de una manera especial.
Me concentré en ella y en su poder y me volvió a recibir la calidez.
Siempre había podido reconocer poderes. Si observaba a alguien o se me acercaba demasiado, lo sentía sin esforzarme y si la esencia era conocida, la reconocía antes de que pudieran acercarse demasiado.
Seguí indagando en su poder, intentando comprender qué sentía en ella.
—¿Sabes que puedes preguntarme en lugar de invadir mi intimidad?
—prácticamente gritó girando la cabeza hacia mi.
Estaba sonriendo, no le había importado que lo hiciera, pero yo me sobresalté.
Nunca nadie había notado que estaba analizando su poder, aunque la verdad sea dicha, jamás había indagado tanto.
—Sólo estaba intentando entender tu poder. Es extraño; cálido pero no la calidez del fuego.
—¿Qué notas en él? —preguntó ella, intercambiando una mirada con Rahel.
Volví a concentrarme, respiré hondo y busqué su poder.
Esta vez lo aislé más fácilmente. Seguía siendo cálido pero ahora era algo más.
Era como si hubiera salido al sol después de estar mucho tiempo a la sombra, cómo un abrazo después de mucho tiempo en soledad.
Parpadeé varias veces, nunca había notado un poder así.
De repente el poder cambió. Se volvió frío y apagado , como si me hubieran tirado un cubo de agua fría en pleno hermanta. Alcé la vista rápidamente y la miré.
—¿Cómo? —pregunté y entonces su poder volvió a cambiar. Esta vez era terroso, exactamente como había sido el poder de Mara y Rose—. ¡Eres una empática!
Los empáticos poseían uno de los poderes más extraños que habían entre las categorías registradas; podían controlar los poderes y emociones de su alrededor, cambiarlos, anularlos o hacerlos suyos. Podían jugar con tu ánimo y con tus sentimientos.
—Vaya, lo has captado rápido —dijo sonriendo—. Mi empatía abarca un rango más bien pequeño, pero es muy útil para la lucha cuerpo a cuerpo. Creo que no nos habíamos presentado. Soy Kiria, capitana de los ejércitos centrales de Boreas.
—Lennia. Soy boticaria. Diosas, cada vez suena más estúpido referirme a mi como boticaria, pero es la verdad —dije soplando, lo que hizo que Rahel y Kiria rieran a carcajadas.
El resto del viaje transcurrió en silencio. Aunque el resto de la compañía estaba mucho más acostumbrada que yo a cabalgar durante largas horas, se notaba el cansancio general y todos estábamos deseando llegar a nuestro destino.