Capítulo ocho
LENNIA
S alimos el día indicado a primera hora de la mañana.
Nos reunimos en las caballerizas, preparamos nuestros caballos en silencio y partimos rumbo a Lirea.
En la reunión del día anterior, Nator nos había explicado que solo iba a ser un viaje para recoger información. No debía de durar más de cinco días y no teníamos que desviarnos. Llegar a Lirea, recopilar toda la información posible y volver a Boreas. Nada más.
Pese a la pérdida de práctica, montar a Gia me estaba resultando especialmente fácil, aunque sabía que en gran parte se debía a ella y la facilidad del terreno.
Llevábamos dos horas cabalgando cuando la cosa cambió; todos los músculos de la zona baja de mi cuerpo se empezaron a agarrotar y estaba segura que me iban a aparecer llagas por todos los lados donde mi cuerpo rozaba con la silla.
—¿Cómo lo llevas? —La voz de Larán rompió mis pensamientos y durante unos segundos decidí que no le iba a contestar, aunque acabé cambiando de opinión.
—Hacía muchos años que no había tenido la oportunidad de cabalgar, así que aún me estoy adaptando a ello.
—Llevo varias cremas que pueden ayudarte, cuando paremos puedo dártelas —ofreció Larán, avergonzado tras mi frase.
—Seguramente sean mis recetas, tengo las mías —contesté intentando no soltar el ácido que me estaba quemando por dentro.
Larán siguió manteniendo su caballo a mi lado, mirando hacia el horizonte.
—¿Cómo se llama? —preguntó apuntando a Gia con la barbilla—. ¿Es de los establos de Rhita?
—¿Qué quieres, Larán? El viaje va a ser muy largo para estar aguantando charla banal, sobre todo si viene de ti.
—Quiero que podamos ser cordiales, Lennia. —Giró la cabeza para mirarme—. Probablemente pienses que te estoy pidiendo demasiado, pero vamos a pasar tiempo juntos. Solo quiero que podamos mantener una relación neutral. Que podamos hablar y que no me rehuyas cada vez que me acerque.
—¿Y de qué manera, exactamente, va a ser eso útil para mi trabajo? Puedo cumplir con lo que se me ha pedido sin tener que comunicarme contigo más que para lo esencial.
—Mira a tu alrededor, todos están pendientes de nosotros. Quiero evitar eso. Quiero que la gente deje de pensar que vas a cortarme la cabeza en cualquier momento.
—No se me dan bien las espadas —le sonreí—, pero no descarto otros métodos.
—No te pido que seas mi amiga, Lennia, pero por lo menos intenta no tenerme asco.
—Tendré en cuenta tu sugerencia.
Adelanté a Gia antes de que tuviera ocasión de volver a hablar.
Íbamos por un camino estrecho por el cual no cabían más de dos caballos a la vez.
A nuestra izquierda teníamos un bosque de árboles tan espeso que no entraban los caballos a través de él y a la derecha un río que había empezado siendo no más ancho que un riachuelo, pero había cogido cabal conforme avanzábamos y, en ese momento, era imposible cruzar a pie.
Avancé hasta colocarme a la cabeza del pelotón, con Rahel.
Llevábamos horas cabalgando y ya estaba muy cansada.
—¿Cuánto crees que falta para que paremos?
—Probablemente los caballos aguanten un rato más antes de que tengan que descansar, pero si veo un terreno adecuado, pararemos.
Aprovecharemos para comer y una vez los caballos hayan descansado, seguiremos otras cuatro o cinco horas hasta que vuelvan a necesitar parar.
—Rahel hizo una pausa, luego me miró con las cejas alzadas—. Entonces… ¿Larán y tú?
—No te tenía por una vieja alcahueta, General —le dije, mirándolo seriamente. Cuando rió sin apartar la vista, suspiré—. ¿Cuáles son tus conclusiones?
—Pareja. ¿Casados? —La pregunta fue más para sí mismo que para mí. —No creo, pero llevabais tiempo.
—Llevábamos treinta y siete años. Luego me traicionó, acabé en la cárcel, blablabla y aquí estamos ahora.
—Sabía que las cosas eran interesantes en palacio, pero, joder, vaya nivel —dijo riendo tras una pequeña pausa.
Lo miré de la forma más aburrida que pude poner y volvió a reír.
—Vale, lo pillo, tema sensible. Intentaré no sacarlo más. Énfasis en lo intentaré. Para tu desgracia me gusta demasiado estar informado. —Volvió a reír por lo bajo—. Y para tu mala suerte, parece que sigues atascada con él.
—¿Cómo me dejaste sin poder? —pregunté cuando hubo un silencio, desviando la conversación.
Desde que Rahel me dejó sin poderes, no había dejado de preguntarme cómo lo había hecho. Antes de él no sabía que alguien pudiera hacerlo de manera natural. Conocía el efecto de la Sortia —y lo conocía muy bien—, pero nunca había escuchado de fuerzas que te dejaran sin poderes.
—¿Sientes la esencia de los demás? —Cuando asentí, prosiguió—.
No puedo hacerlo siempre, ni con todo el mundo.
Solo puedo hacerlo con esencias poderosas y cuando ésta está acumulada.
—Pensó durante unos segundos—. Imagínate unos hilos que conectan tu esencia con lo que te rodea.
Yo veo esos hilos, los corto y evito que se formen de nuevo, al menos durante un tiempo.
Es muy volátil y depende de muchos factores, —esbozó una sonrisa—, realmente no sabía si iba a funcionar contigo.
Supongo que tuve suerte de que hubiera tanto poder acumulado en tu apartamento.
—No vuelvas a hacerlo —dije de forma calmada.
—No me des razones para ello. Me caes bien y creo que ya te han jodido lo suficiente. No quiero estar en tu lista de enemigos, ni quiero que tú estés en la mía. Espero que entiendas porqué lo hice. Para serte sincero no sabía si te habías marchado para no volver o qué me iba a encontrar si volvías.
Entendí porqué lo había hecho. Yo era una amenaza. O eso creía él, eso le habían hecho creer. Asentí.
—No estás en mi lista de enemigos.
Rió de nuevo. Rahel siempre reía. Sonreí. Normalmente la gente no reía lo suficiente.
—Espero algún día estar en tu lista de amigos, Lennia, sería un honor
Solté aire de una forma que pareció más un relincho de caballo que una persona resoplando y Rahel rió por tercera vez.
—No soy tan mala persona. Ya verás, suelo caer bien. —Me guiñó un ojo.
—No estoy aquí para hacer amigos. Quiero cumplir lo que se me ha pedido e irme.
—Siempre necesitamos amigos, Lennia. Gente que nos ayude a ser la mejor versión de nosotros mismos. Cuando estés lista para darte cuenta, aquí estaré.
Antes de que pudiera responderle levantó un puño y decretó parada en un claro cercano.
Habíamos cabalgado durante cuatro horas y media y por mucho que quisiera disimularlo, me temblaba todo el cuerpo.
Me aparté un poco del grupo y, lentamente, bajé de Gia.
Me ocupé de ella. Le quité la silla de montar y la manta que había debajo, la llevé a beber al río, que ahora había vuelto a perder intensidad, y la cepillé para retirar el sudor.
Una vez terminé y estaba pastando felizmente, me desplomé en el suelo.
Estaba mirando a las nubes pasar cuando alguien se sentó a mi lado.
—Creo que nunca hicimos un viaje tan largo a caballo —dijo Larán mirando al horizonte—. Toma, —me acercó una crema—, te irá bien. Y sí, sé que es tu receta y sé que sabes prepararla y que probablemente lleves una, pero si no es así, usa esta.
Si no me hubiera dolido todo de la manera que lo hacía, no se la hubiera cogido, pero no era tan orgullosa ni estúpida para rechazarla en este momento. Si él quería ser de ayuda, que así fuera.
—Nunca tan seguido. Siempre parábamos a descansar. —Larán giró la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos—. Por otra parte, siempre estabas demasiado ocupado con tus obligaciones reales para viajes más largos.
—No entiendo qué pasa por tu cabeza, Lennia. Entiendo que no sea tu persona favorita—
—El eufemismo del siglo —le interrumpí.
—Pero no sé cómo acercarme a ti ni qué es seguro hablar —prosiguió, ignorando mi comentario—. ¿Qué necesitas, Lennia? ¿Cómo puedo hacer que pases página?
Me reí de su desfachatez. No recordaba si siempre había sido así o era algo nuevo.
—Ya he pasado página. No tienes que entender nada de mí. Nos hemos visto obligados a trabajar juntos, pero no somos amigos. —Larán me miró como si le hubiera abofeteado—. Di lo que tengas que decirme y acabemos con esta conversación de una vez por todas.
Sacudió la cabeza y por un momento pensé que no iba a responder, pero soltó aire y me miró.
—Lo siento. Me asustaste. Y siento que eso causara tu encierro.
Sé que no vas a perdonarme y por eso no te estoy pidiendo perdón.
Supongo que solo quiero que sepas que si hubiera pasado hoy, habría hecho las cosas de manera distinta.
Sé que me equivoqué al hablar con Nator antes que contigo.
Y sé que hice mal en actuar a tus espaldas.
Rhita casi me descoloca la cabeza cuando se enteró.
—Alcé las cejas e incliné la cabeza—. Vino a preguntarme qué había pasado al día siguiente.
Prácticamente me obligó a contarle todo.
Primero no dijo nada, luego me llamó cobarde y me atacó.
Sabía que Rhita era afín a la tierra y las plantas, pero la rapidez con la que hizo crecer la enredadera y la envió hacia mí…
casi me ahoga —explicó, notando la pregunta en mi mirada.
—Si falló fue porque quiso. Estás vivo porque Rhita es mejor ser que tú .
—Es tu turno. Dime lo que me tengas que decir. Quiero escucharte —pidió con un suspiro.
—¿Quieres escucharme? —Sonreí abiertamente—.
El tiempo de escucharme pasó, Larán. Hace años que deberías haberte parado a escucharme y no lo hiciste.
Pasé mi duelo sola en la celda, sin entender qué había pasado.
Dices que no te voy a perdonar, pero te equivocas: estás perdonado, porque no tienes importancia para mí.
Pero perdonar no es olvidar. Y ahora no tengo nada que decirte, tu eres insignificante en el futuro que quiero para mí.
—¿Un futuro sola y aislada de todo en las fronteras con El Norte? Tú no eres así. A ti te da vida la comunidad, ayudar a los demás. No estar aislada de todo y de todos.