Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo siete #2
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Capítulo siete #2

—Boreas es un buen lugar para trabajar en el ejército.

Buenas condiciones, buen sueldo y buenos soldados.

Normalmente la gente confía en sus compañeros y acaban creándose relaciones más profundas, por eso siempre hay esta camaradería que estás viendo.

Sé que imagen damos los ejércitos, los soldados, pero fuera de nuestro trabajo somos personas normales, con nuestros sueños, nuestras ambiciones y nuestra familia.

Algunos estamos aquí por decisión, otros porque no tuvieron otra oportunidad y hay una parte que está aquí por convicción.

Pero todos tenemos un objetivo común, vivir un día más, que el reino viva un día más y si puede ser, llegar a viejos y jubilarnos con nuestra familia.

Ahora veníamos de un largo periodo de paz, pero los eventos de los últimos meses nos han recordado que nuestro objetivo es muy volátil y en lugar de mermar el ánimo, como puedes suponer que pasaría, hemos decidido que íbamos a celebrar las pequeñas victorias del día a día.

Rahel dejó de hablar cuando se empezó a servir la comida. Agradecí a la persona que me puso el plato delante y comí en silencio.

—Siempre me divierte cuando llega gente nueva y ve cómo funcionamos —comentó Rahel mientras recogíamos la mesa que habíamos ocupado—. Vamos a seguir con el tour, ¿te parece, Lennia?

Le sonreí y le seguí hacia fuera, por donde habíamos venido. Estuvimos horas recorriendo toda la zona de guardias. Me enseñó los campos de entrenamiento exteriores, las armerías, las forjas.

Boreas era conocida por sus herreros. Era un reino rico en minerales y metales raros y se notaba en la calidad de las fabricaciones.

Me explicó cómo se distribuían las habitaciones de los soldados y cuántos había en cada batallón.

Seguimos caminando mientras él me señalaba las diferentes zonas por donde pasábamos.

Cuando llegamos a la zona donde se encontraban nuestras habitaciones, —me había enseñado dónde estaba la suya, tres puertas a la izquierda de la mía—, nos desviamos hacia la izquierda.

—Y aquí están las caballerizas y perreras, al menos parte de ellas. Debido al aumento de soldados, no nos caben los caballos suficientes aquí dentro, así que hemos habilitado una zona más al norte. ¿Sabes montar a caballo? —Asentí—. ¿Tienes tu propio caballo?

Negué con la cabeza. Había montado los caballos de Rhita, pero ninguno había sido mío. Nunca llegué a formar conexión con ninguno de sus caballos como para considerarlos de otra manera y, aunque lo hubiera hecho, los animales que había conocido hacía años que habían muerto.

—Vamos a solucionar eso.

Miré a Rahel con curiosidad y éste me sonrió.

Le seguí hasta una caballeriza a la derecha donde había tres ejemplares.

Un caballo completamente negro a excepción de un calcetín blanco en la pata trasera, una yegua torda y otra pinta, negra y blanca.

Rahel abrió la puerta del establo y los tres se giraron a mirarnos.

—El caballo negro acaba de llegar con alguien del norte, la yegua torda es mía, se llama Gévar, por la loba Gévardan—.

Al escuchar su nombre, la yegua se acercó a Rahel a paso decidido pero tranquilo.

Cuando estuvo al alcance, le acarició la cara, descendiendo para rascarle el cuello—.

Gévar es de las mejores yeguas que verás por la zona.

Es fuerte, cabezona y muy inteligente. No encontrarás un caballo mejor.

Pero esa, —señaló a la yegua pinta—, es Gia.

Su jinete murió hace unas semanas y necesita alguien que se ocupe de ella.

Es de las mejores detrás de Gévar. Es una lástima que no pueda ocuparme de las dos yo mismo.

He sabido que te estaba esperando desde que te vi en la sala de reuniones.

Sentí tu esencia y supe que Gia era para ti .

Me fijé en la yegua. Era preciosa. La cara era blanca hasta la altura de los ojos, donde el negro cogía el relevo descendiendo por los laterales de la cara, el cuello y el pecho del animal.

La crin, tanto la del cuello como la de la cola eran una mezcla entre negro y blanco, pero una vez llegados a la cruz, el blanco volvía a tomar posición, pintando las costillas de la yegua.

La parte de arriba, desde el dorso hasta el muslo, era negra, dando la sensación de que la yegua tenía una manta encima de ella.

El muslo tenía tanto blanco como negro y descendía a parches hasta acabar en las patas, que eran completamente negras.

No solo era preciosa, era de los caballos más bonitos que había visto nunca.

No era solo su color o los patrones, era su porte, su mirada inteligente.

Chasqueé la lengua, haciendo ruido para llamar su atención y la yegua me miró, moviendo las orejas. La llamé suavemente y volví a hacer el ruido con la lengua. Gévar y el semental negro se acercaron, pero Gia volvió a mordisquear la paja que había en el suelo. Rahel soltó una risita.

—Gia tiene un carácter especial. Le cuesta confiar en la gente, pero una vez es tuya, es tuya para siempre.

No he visto caballo más leal que ella, y que no me oiga Gévar, —río suavemente—, pero no creo que mi yegua lo pasara ni la mitad de mal que lo pasó Gia cuando murió su jinete.

Toma, a Gia te la puedes ganar con el estómago y dedicándole tiempo.

Me ofreció un cubo de azúcar que sacó del bolsillo de su pantalón y sonreí ante la imagen que me ofrecía Rahel.

El General de los ejércitos de Boreas cargaba en sus bolsillos cubos de azúcar para los caballos.

Sacudí la cabeza ante la imagen, cogí el azucarillo y volví a llamar a Gia.

Esta vez la yegua estuvo más interesada en mí.

Me olisqueó la mano y cogió el dulce gentilmente.

Ahora que la tenía tan cerca como para tocarla, aplané la mano y se la puse en la frente, acariciándole el morro en movimientos verticales.

—Háblale. Los caballos en general, y Gia en particular, son animales muy sensibles y necesitan tiempo para formar una conexión.

Usa estos días para hacerte a ella, sácala a los prados, dedicale tiempo.

Pasado mañana partiremos hacia Lirea. Será un camino fácil y sin contratiempos, no tienen que ser más de cinco días.

Ve con ella y conoceros antes de que las misiones sean más largas.

Con esta frase, acarició la cara de Gévar y del caballo negro que había a su lado, se dio la vuelta y se marchó, dejándome sola con los animales.

Dediqué toda la tarde a seguir el consejo de Rahel y entablar relación con Gia.

Después de tantos años en prisión, la idea de encerrarme en mi habitación ni se me pasaba por la cabeza y quería evitar las zonas comunes siempre que me fuera posible.

No quería socializar más de lo estrictamente necesario, así que quedarme en las caballerizas era mi mejor opción.

Llevé de paseo a Gia por los prados que había detrás de las caballerizas, solo con el cabestro y cuerda.

Cuando Gia se relajó, pastando hierba, empecé a peinarla.

—Espero estar a la altura de tu anterior jinete. Probablemente no sea tan buena como él, pero espero que me pongas las cosas fáciles. Prometo que si lo haces, te traeré manzanas y azúcar todos los días —susurré.

Gia pareció entenderme y levantó la cabeza para mirarme, relinchó y volvió a pastar tranquilamente. Antes de que pudiera hacer cualquier comentario, el semental negro que estaba en la caballeriza con ella apareció por la izquierda.

No se hicieron mucho caso. El caballo negro intentó llamar la atención de Gia un par de veces pero ella no levantó la cabeza del pasto. Cuando Gia tuvo suficiente, la llevé a las caballerizas de nuevo y me dirigí a mi habitación.

Pasé el resto de la tarde ordenando lo que había traído de mi casa, intentando transformar esa habitación en algo más mío. Para cuando acabé, el sueño prácticamente me había vencido.