Capítulo siete
LENNIA
L a seguí en silencio cuando empezó a caminar. Zrada había llegado a ser de mis personas favoritas. Simple, directa y feliz. En ese momento solo era una persona que me había traicionado. Un recuerdo qué confiar en los demás salía caro.
Salimos de la sala de reuniones y nos dirigimos al final del pasillo.
Justo antes de entrar dentro del palacio en sí, abrió una puerta que accedía a un patio interior.
Por experiencia sabía que tras la puerta de la izquierda había un patio gemelo.
El patio interior, de cielo descubierto, era simple y pequeño y estaba lleno de plantas trepadoras típicas de Boreas.
Al otro lado se encontraba la sala común de los soldados.
Allí estaba la cocina, el comedor, suficientemente grande para albergar más de quinientas personas, varias salas de ocio y zonas de baños y duchas comunes.
En la parte sur de la zona común había varias salas diseñadas para entrenar en interior, cada sala tenía un propósito, lucha cuerpo a cuerpo, armas, entrenamientos con poderes, venenos…
Normalmente todo el ejército entrenaba en exterior, pero en ocasiones se utilizaban para recrear ciertas casuísticas: diferentes temperaturas, espacios confinados, diferentes tipos de luz y cientos de variantes más.
Jamás había visto el cuartel tan lleno, había soldados miraras hacia donde miraras.
Seguí a Zrada en silencio, pasando las primeras zonas de habitaciones. Cada vez alejándonos más de la zona común.
—¿Dónde estamos yendo? —pregunté.
—Cuando solicitaste que tu habitación estuviera en la zona de los soldados, teníamos prácticamente todas las habitaciones asignadas. Las tuyas están en la zona final, junto a los capitanes y generales. Son las mejores habitaciones —añadió, encogiéndose de hombros.
—No quiero ningún trato de favor de vuestra parte —contesté dejando notar mi desagrado.
—No es trato a favor, Lennia. Vas a estar en las misiones, a pie de batalla, vas a estar junto a ellos. Aunque no fueran las mejores habitaciones o tuviéramos otras libres, probablemente hubieras acabado aquí.
Cuando acabó de hablar vi la zona a la que se refería. Las habitaciones dejaban de ser cubículos adosados y parecían más bien pequeños apartamentos individuales. Zrada siguió caminando hasta que llegó a la penúltima unidad.
—Esta es la tuya. Si necesitas cualquier cosa extra, puedes pedírmela a mí, a Larán o Rahel.
Dos veces al mes hay limpieza externa, pero sois vosotros quienes tenéis la obligación de mantener todas las zonas en condiciones.
En la cocina tenéis alimentos que puedes consumir, aunque a las siete de la mañana, una del mediodía y ocho de la tarde, se sirven almuerzo, comida y cena, respectivamente.
En tu habitación tenéis lavandería propia, pero si lo necesitas, hay también en la zona común.
Tienes libertad para unirte a los entrenamientos, pregunta a cualquier capitán qué horario y entrenamiento hacen.
Y creo que eso es todo por hoy. ¿Tienes alguna pregunta?
Negué con la cabeza, observando al resto de soldados que se movían por la zona.
—Nos vemos mañana, Lennia. Buena suerte. —Zrada se giró para irse—. Ah, una cosa más. Se supone que puedes pasear libremente por cualquier zona común del palacio o exteriores, pero no dentro del palacio, ¿podrías hacer caso?
Zrada me miraba como si le estuviera pidiendo a un niño que se comportara bien cuando fuera a la escuela. Le sonreí.
—Ya veremos.
Abrí la puerta y entré en la que iba a ser mi casa a partir de ese momento.
La antesala era pequeña, con un zapatero, un perchero y un pequeño recibidor.
Dejé mi abrigo y entré en la sala principal, una estancia única iluminada naturalmente por dos ventanas con vidrio esmerilado para ganar privacidad.
La sala tenía una cama doble en una esquina con un armario en el lado opuesto.
Una mesa con varias sillas y un escritorio de trabajo completaban el mobiliario.
Había otra puerta que te llevaba a una estancia sencilla donde había el baño, un lavamanos, una bañera lo suficientemente grande para tumbarse y una pequeña lavandería. Mucho mejor de lo que esperaba.
Zrada me había dicho que tenía permiso para moverme libremente por las zonas comunes, así que supuse que no tenía que pedir permiso para salir de palacio.
Aparecí en mi casa y cogí todo lo necesario.
Preparé una pequeña maleta con utilitarios diarios y cogí ropa suficiente para no tener que lavarla en un mes.
Para acabar, me guardé algunos libros para pasar el tiempo libre, suponiendo que tuviera alguno.
Una vez tuve todo lo necesario volví a la que ahora era mi casa en la guardia.
Aparecí en medio de la habitación y enseguida noté una presencia. Antes de que pudiera ni siquiera pensar en hacer cualquier cosa, me quedé sin fuerzas.
—Sé que no estás familiarizada con las normas de la guardia, pero acostumbrate a informar de que vas a salir. No es obligatorio, pero sobre todo cuando sois nuevos y venís de prisión, estaría bien que informarais.
Me giré y vi a Rahel apoyado en el marco de la puerta, sonriéndome sin malicia. A diferencia de la armadura que llevaba en la sala de reuniones, ahora iba vestido con un pantalón ancho sencillo y una túnica que le llegaba por debajo de las caderas.
—Perdón por debilitar tus poderes, pero sabiendo lo que puedes hacer, no quería arriesgarme.
—¿Y aún así has entrado aquí sin invitación?
—Sé cada vez que alguien se transporta fuera o dentro de la zona de guardia. —Me miró y levantó las manos—. Voy a devolverte tus poderes, ¿vale?
Asentí y menos de un segundo después volví a notar la fuerza en mí.
—Como ya he dicho, siento el espectáculo. Noté que te habías ido y vine para ver si volvías o nos habías abandonado antes de empezar.
—Estoy aquí por mi propia voluntad. No voy a huir. ¿Querías algo más, Rahel?
—La verdad es que venía a ofrecerte un tour guiado por la zona antes de ir a comer. —Miró mis maletas y luego a mí—. Aunque quizá quieras desempaquetar primero. Depende de tí.
—Desempaquetar puede esperar.
Rahel asintió y salió de mi habitación, dándome la espalda.
—No suelo entrar en los aposentos de nadie sin permiso y espero no volver a hacerlo en el tuyo.
Algo me dice que confíe en tí, así que sé que llegará el momento, pero por ahora, no puedes culparme por ser precavido.
Llevo muchos años de entrenamiento a mis espaldas como para confiar en alguien que puede destruirme sin levantar un dedo.
Y tú y yo no nos conocemos todavía, Lennia.
Además, tienes toda la razón para odiar al reino.
Era refrescante hablar con alguien a quién no conocía de antes del encierro. Sabía que Rahel ya era general de la guardia cuando se ordenó mi encierro, pero él no estuvo en mi detención.
—¿Sabías sobre mí?
—Sabía que estabas en prisión como preso Cero, aquellos que representan un peligro para nuestro reino, pero la verdad, no sabía el por qué. Puedes no creerme, pero a no ser que yo haga las detenciones, no conozco la historia de los presos. Me fío del criterio del Rey y de mis capitanes.
Asentí. Rahel no tenía ninguna razón para mentirme. Ya me había dicho que me consideraba un peligro y ya me había demostrado que podía quitarme el poder.
—Pero a decir verdad —prosiguió—, no estuvo bien lo que hicieron contigo.
He visto los informes de los diferentes empáticos y sensitivos.
Entiendo por qué el rey te tuvo miedo, por qué decidió encerrarte, pero no estuvo bien.
—Negó con la cabeza—. No entender algo no te da derecho a terminar con ello.
Una vez llegamos al principio de la zona de entrenamiento, vi a un gran grupo de gente rodeando a una persona, todos le abrazaban o le daban golpes cariñosamente.
El hombre que había en medio también lo parecía, no llegaba a divisar quién era, solo ví que era alto, aunque más bajo que Rahel.
Llevaba el pelo largo, recogido en una coleta baja y bajo el sol, el era de un tono castaño cobrizo.
—Es Haize, el antiguo capitán de la guardia —explicó con lo que supuse que era cariño en la voz—. No imaginé jamás que volvería al reino.
Observé un rato más la escena antes de seguir a Rahel. Recordaba la conmoción que causó su exilio. Decidió irse unos años antes de que me encerraran. Larán se había vuelto loco buscando un reemplazo. Nunca supe por qué se había exiliado.
—Sé que podría haberte enseñado más cosas por el camino, pero vamos a empezar por el principio —dijo, entrando en la sala común—. Después de comer puedo enseñarte las zonas exteriores.
Al entrar al comedor, varios soldados nos observaron con sorpresa o interés, pero mayormente se limitaban a saludar a Rahel cuando pasábamos por su lado.
Me fue conduciendo por diferentes puertas mientras me explicaba la función de las salas de entrenamiento, pero estaba demasiado distraída observando a los soldados que había allí congregados como para prestarle el cien por cien de mi atención.
—Vamos a comer, parece que lo necesitas, no has escuchado la mitad de lo que te he explicado —dijo, sentándose en una de las mesas que había vacías.
—Lo siento, estaba distraída observando la situación —me disculpé, sentándome en frente de él.
—¿Qué situación?
—Esto, —abrí los brazos, abarcando la zona—, estar aquí.
Ver a los hombres y mujeres que deciden vivir y trabajar aquí, protegiendo el reino.
Nunca había visitado esta zona de palacio.
No me imaginaba que sería así, me lo imaginaba todo más…
triste. Serio. —Incliné la cabeza, aún observando alrededor, buscando la palabra correcta—.
No sé cómo me lo imaginaba, la verdad. Pero no así, gente riendo, bromeando y feliz.
Rahel sonrió y miró a su alrededor.