Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo seis
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Capítulo seis

LENNIA

E l lugar estaba abarrotado. La plaza real era uno de los lugares más típicos de la ciudad, siendo la más grande de Bore y probablemente de todo el reino.

Era un espacio desierto, con unas escalinatas que subían al altar de las diosas de Saggar: Nurshag y Eshkigal.

Nurshag, la diosa de la vida y la fertilidad, estaba representada con un vestido de seda que la cubría completamente, siempre de color verde.

A su alrededor crecía una enredadera, que ascendía por su cuerpo y acababa formando una corona en su cabeza.

En cambio, Eshkigal, se representaba con pantalones y una túnica que le llegaba hasta el muslo, los colores variaban entre el marrón y negro.

La diosa de la muerte y la guerra era representada con unas llamas que se movían alrededor de ella pero que nunca llegaban a quemarla.

Siempre iba armada. Dependiendo del reino se la representaba con un arco o una espada, pero siempre llevaba un cinturón de espinas con dos cuchillos cortos a sus laterales.

Ambas tenían la cara tapada. No existía representación conocida de cómo habían lucido nuestras diosas.

Arriba del todo de las escaleras, a los pies del altar, descansaba una representación de Gérvadan, la loba de Boreas, de cuya alma las diosas habían formado a Styri.

Había algunos postes y farolas, pero eso era todo lo que adornaba la plaza, al menos la mayor parte del año.

En Hermanta, la plaza se llenaba de mercaderes, luz y colores para celebrar la fiesta anual de Boreas, que culminaba con el día de Styri .

Nator y Miria aparecieron en las escalinatas y la gente aplaudió. En Boreas los reyes eran queridos. Aunque no eran perfectos, eran justos.

El hecho de que los reyes fueran elegidos por la tierra ayudaba a que nadie dudara de lo correcto que era que estuvieran en el poder.

En Saggar, el poder no era heredado de padres a hijos. Cuando un rey moría, el derecho a reinar se transfería a otra persona de manera natural y la misma tierra los marcaba cuando eran elegidos. En Boreas la marca era un lobo aullando a Styri.

El tatuaje aparecía a la persona que debía reinar la tierra una vez que los antiguos reyes morían. No importaba sexo, edad, profesión o riqueza, ni se sabía el criterio que seguía el mundo para nombrar a sus cinco reyes, pero se confiaba en él, ya que nunca había fallado.

A Nator y Miria les apareció la marca ciento cuarenta y tres años atrás, cuando Rilyo, el anterior rey, murió. Y, con el tiempo, habían demostrado que una vez más, la tierra había elegido bien.

—Gracias a todos por asistir con tan poca antelación.

Hoy, Miria y yo estamos aquí para admitir un error.

Un error que cometimos pensando en nuestro reino, pero un error por el que queremos disculparnos.

—Se calló, observando la reacción de la gente.

En la plaza no se oía ni el viento soplar—.

Hace casi sesenta y siete años, encerramos a alguien por el peligro que podía suponer para nuestra casa, nuestro reino.

Así que actué como lo haría un rey. No pensé en nada más que en mi reino cuando encerré a esa persona.

Nos dolió tener que hacerlo, pero era lo justo para todos vosotros.

Y hoy estamos aquí para disculparnos ante ella.

Así que en mi nombre, el de Miria y el de nuestros consejeros, queremos pedir perdón a Lennia por la injusticia que cometimos hacia ella.

Aparecí delante de Nator, haciendo una reverencia.

—Es gracioso que la disculpa venga porque necesitáis mi ayuda, pero un trato es un trato, así que tenéis mi ayuda.

Noté como la casa real se tensaba, pero siguieron sonriendo. La gente empezó a aplaudir, confundida, sin saber muy bien qué hacer con mi actuación y yo empecé a reír.

—Muchas gracias, de nuevo, por haber venido a escucharnos. Esto es todo por hoy —dijo Nator, dirigiéndose al público. Luego se giró hacia mí, bajando la voz—. Nos vemos en palacio.

Y desaparecieron. Aunque el único que tenía magia de transporte era Nator, suponía que habían usado alguna piedra u otro medio imbuido con alquimia. Segundos después, desaparecí detrás de ellos, apareciendo en la entrada de palacio.

El personal que había allí me dirigió hacia la sala donde esperaban los reyes.

Los pasillos, anchos, estaban pintados de un tono gris claro, que reflejaba la luz que entraba por los ventanales e iluminaba las alfombras granates.

El pasillo estaba desnudo en lo que a decoración se refería, siempre había sido así.

La única decoración que encontrabas a lo largo de él eran piezas o cuadros representando la historia de Saggar.

El primer objeto que se veía era una vasija donde se representaba el final de la guerra de los reinos, después una réplica del libro de Nammu .

El libro recogía las leyes generales que se constituyeron después de la guerra, por las cuales se regía Saggar.

En él, habían reglas básicas sobre la relación de los reinos, las leyes penales, las leyes civiles que se seguían y las leyes sociales bajo las que todos los que habitábamos el mundo actuábamos.

Cada reino podía añadir sus propias leyes, siempre que no contradijeran al Nammu, pero ante la duda, el Nammu era la palabra sagrada.

Más adelante, conforme nos acercabamos hacía las salas de reuniones, se encontraban cuadros sobre Boreas: sus antiguos reyes, Sliabh, el cielo del norte con Styri brillando más fuerte que ninguna otra estrella, Gérvadan y, justo encima de las puertas, siempre estaba el Veyla.

El personal paró en frente de una de las salas de reuniones del palacio, abrieron la puerta y gesticularon para que entrara. No pasó mucho tiempo hasta que la puerta volvió a abrirse y entró Larán, lo que me hizo poner los ojos en blanco.

—Lennia, tenemos que aprender a trabajar juntos. Debías de saber que íbamos a hacerlo cuando aceptaste ayudarnos.

—Por supuesto —dije sonriendo de la forma más artificial que supe poner.

—Nator se nos unirá en unos minutos; está hablando con gente que ha llegado del norte para luchar en nuestros ejércitos. También se unirán Zrada, Rahel, que es el actual General y todos los capitanes de más alto rango —explicó.

Asentí, no me interesaba entablar más conversación con Larán de la necesaria.

—Sabes que estas misiones pueden durar semanas. —Se calló durante unos segundos, pero prosiguió al ver que no respondía—. No puedes estar ignorándome todo el tiempo.

—Ahí es donde te equivocas. Sí puedo. Tú y yo no tenemos nada más que hablar fuera de lo estrictamente necesario. ¿La organización? Sí. ¿El reino? También. Si te es muy, muy necesario, puedo incluso saludarte, ¿pero conversar sobre algo personal? No. No tengo nada que decirte.

Larán volvió a resoplar pero me entendió, ya que se fue a sentar en la silla en frente de mí y apoyó los codos en la mesa, en silencio. Tal y como había dicho, unos minutos después, Nator entró, seguido de Zrada y lo que supuse que eran Rahel y los capitanes.

—Ella es Lennia. —Me señaló Nator cuando todos estuvimos sentados.

Todos los ojos me miraron y yo sonreí, mostrando los dientes—.

Para no extendernos demasiado, estaba encarcelada porque demostró un poder que no debería existir, desintegró a dos personas.

No es que simplemente las matara, las hizo desaparecer.

A ellas y a su poder. Y no, no las transportó a otra ubicación, simplemente dejaron de existir.

Estuvimos meses buscándolos, a ellos o a su esencia.

Los eliminó sin pestañear, sin acercarse a ellos. Simplemente lo decidió y pasó.

—La verdad, —interrumpí—, he de decir que estaban intentando matarnos. Larán estaba muy malherido. Dudo que hubiera sobrevivido mucho más tiempo si esos dos no hubieran desaparecido.

Noté que mis ojos pasaban al dorado mientras observaba a todas las personas de mi alrededor observarme a mí. Todo el mundo decidió ignorar mi comentario y Nator prosiguió.

—Larán me explicó lo ocurrido, me explicó cómo el poder de Lennia creció hasta límites que él creía imposible, como todo alrededor de ellos cambió, cómo ella llamó a un poder que se supone que no existe. Después del incidente investigamos a Lennia.

Hubo una pausa en la que Nator y Larán me miraron, sopesando mi reacción. No había sabido que me habían investigado. Me obligué a respirar con calma y dejé que Nator prosiguiera.

—No hay registros de ella antes de que Rhita —un gruñido se escapó de mi garganta cuando oí su nombre—, la acogiera.

No sabemos de dónde viene, si tiene familia ni quienes son.

Llamamos a diferentes empáticos y sensitivos y todos concluyeron en lo mismo; no sabían describir su poder, pero no era nada que hubieran conocido antes y era mucho más profundo de lo que podían ahondar.

Una vez Larán se recuperó, la encerramos.

—¿Cómo? —Fue mi única pregunta, cómo había sido posible que tanta gente me investigara sin haberme dado cuenta.

—Cuando estaba en el hospital. Muchos se hicieron pasar por médicos y enfermeras —me explicó Larán con un tono de voz suave.

—¿Cómo sabemos que podemos confiar en ella, entonces? No veo cómo puede ser seguro tener a alguien en los ejércitos a quien habéis tenido encerrada después de lo que se puede percibir como una traición por vuestra parte.

Esta vez habló un hombre alto, con una armadura liviana de cuero endurecido.

La armadura se le ajustaba al cuerpo como una segunda piel, el tiempo y el uso habían hecho que se viera rugosa, pareciendo más débil de lo que era en realidad.

Estaba reforzada con materiales más ligeros, el diseño perfecto para adaptarse a los movimientos de su portador.

El hombre debía medir más de un metro noventa, era ancho y corpulento.

Tenía la cara de forma rectangular y la mandíbula cuadrada.

Iba completamente rapado. Su mirada era intensa y penetrante y sus ojos claros, que se asemejaban al cielo, estaban ocultos bajo unas cejas gruesas que añadían intensidad a su mirada. Estaba serio mientras me observaba.

—No pretendo ofenderte, solo nombro los hechos. —Extendió su mano hacia mi—. Soy Rahel, General de la guardia.

Acepté su mano y le devolví el saludo.

—Lennia, soy boticaria. Y no, no soy una amenaza. Si hubiera sido un peligro, hace muchos años que habríais oído hablar de mí.

Rahel me miró y sonrió. Como nadie más dijo nada, Nator siguió hablando.

Mirándome a mí, señaló a cada uno de los presentes y los introdujo.

Larán y Zrada, que se ocupaban de la defensa del reino, Rahel, que tal y como se acababa de presentar, era el General de los ejércitos reales, y por último, Kiria, Pler y Auro, los capitanes.

Una vez las presentaciones estuvieron hechas, Nator siguió hablando.

—Todos en esta sala sois conscientes de la problemática que tenemos.

Batallones muertos, soldados desaparecidos.

Nuestro principal sospechoso es Alisio. El reino fronterizo siempre ha dado problemas, pero nunca ha querido empezar una guerra de forma frontal, así que necesitamos investigar antes de acusarlo formalmente.

Alisio siempre ha sido un país bélico y sabemos que tienen soldados entrenados y dispuestos a todo.

Dicho esto, no vamos a enviar a nuestros soldados a misiones suicidas.

Antes de seguir con la investigación hacia Alisio, tenemos que entender qué está pasando, no quiero perder a más gente.

“Lo que vamos a hacer es reforzar nuestras fronteras al máximo sin perder la defensa en el resto del reino mientras un pequeño grupo va a investigar qué está pasando en Saggar.

Solo cuando entendamos a qué nos enfrentamos, podremos atacar.

Algunos de vosotros haréis el primer reconocimiento.

Serán solo unos días. Partiréis hasta Lirea, en el extremo este de Boreas, justo en la frontera y recopilaréis toda la información que podáis sin entrar en Alisio.

Recordad que esto es una misión de reconocimiento, nuestro objetivo final es entender qué está pasando y evitar más muertes.

“Lennia, Larán, Rahel y Kiria. Vosotros cuatro partiréis hacia Lirea junto a dos soldados expertos en curación, solo por si acaso algo va mal y los necesitáis.

Mañana nos volveremos a reunir para discutir esta primera misión con más detalle con los demás implicados.

Hasta entonces, descansad. No espero que os encontréis resistencia en el viaje hasta Lirea, pero visto como están las cosas, es mejor ser precavido ante cualquier desplazamiento.

Nator se levantó, nos miró a todos y dio por concluída la reunión. El general y los capitanes fueron los primeros en marcharse; dejándonos a Nator, Zrada, Larán y a mi en la sala.

—Sé que no quieres ir con Larán, pero muchas veces os tocará viajar juntos —dijo Nator—, espero que puedas comportarte. Tal y como pediste, te hemos dado una habitación en las afueras del palacio, con los guardias reales. Zrada te acompañará.

Y con ello, la sala quedó vacía a excepción de Zrada y de mí.