Capítulo cinco
LENNIA
E xactamente en el minuto que marcaba las veinticuatro horas desde mi marcha, los reyes, Larán y los consejeros entraron a la sala del trono.
Nator entró de la mano de Miria. A sus flancos venían Larán y Carse y, detrás de éstos, venía Zrada, charlando con dos guardias.
Segundos después de su entrada, todos fijaron la vista en mí.
—¿Ya no usamos puertas, Lennia? —preguntó Nator con un tono serio.
—¿Por qué debería usarlas si no lo necesito? ¿Te asusta que pueda aparecer donde sea? ¿O solo es si puedo pasar las barreras de palacio?
No dijeron nada, pero vi las miradas de desconfianza, como si temieran que les fuera a hacer daño. La verdad es que nunca había usado mi poder contra nadie. No hasta el incidente que desencadenó mi encierro.
No me arrepentía de haber salvado a Larán, no me arrepentía de haber matado a aquellas personas, pero nunca, jamás, tuve la intención de herir a nadie a propósito.
Ante los momentos de silencio que pasaron, Nator se aclaró la garganta y señaló la mesa donde estaba sentada.
—Sentaos —les pidió a sus consejeros y guardias—, vamos a empezar.
Nator encabezó la mesa. Miria a su derecha. Larán, Carse y Zrada se sentaron seguidos de Miria, en el lado opuesto a mi. Los guardias de pie detrás de ellos. Todos quedaron mirando hacia donde estaba yo .
—Hemos considerado tus demandas, Lennia —comenzó Nator con la misma voz monótona de antes.
—Condiciones —interrumpí—, no estoy demandando. Estoy negociando los términos de mi ayuda.
—Lo que sea. —Nator dejó salir aire—. Aceptamos. Una vez acabemos con esto, y descubramos que está pasando, tendrás tu libertad, tu tierra y tus disculpas.
—No —interrumpí de nuevo—. La disculpa pública será antes de cualquier tipo de ayuda.
Y para que quede claro, yo ya soy libre.
No tenéis poder sobre mí, no os tengo miedo y no podéis utilizar nada contra mí porque ya me arrebatasteis a las personas que me importaban cuando me traicionasteis.
Así que las cosas se van a hacer de la siguiente manera, majestades.
— Me levanté de la silla y me acerqué a ellos—.
Esta tarde anunciaréis que mañana habrá un comunicado en la plaza real, donde será la disculpa.
Una vez os hayáis disculpado, me explicaréis la situación en la que nos encontramos y cómo pretendéis abordarla.
Y, una vez tenga toda la información, decidiremos cómo gestionarla.
Cuando todo esté claro y sepa cómo queréis abordar este tema, tendréis mi ayuda, tal como os estoy prometiendo.
Los reyes y los consejeros se miraron, no tenía duda alguna que se estaban comunicando telepáticamente. Finalmente, Miria habló.
—De acuerdo —aceptó mirándome fijamente.
—Lennia —añadió Nator—. Pasarás a vivir en palacio. No podemos tenerte recorriendo las calles libremente. Nos jurarás lealtad a nosotros y al reino y no discutirás con nadie sobre lo que descubras en las reuniones.
Todos excepto Larán me miraron y yo sonreí.
—Acepto vivir en palacio, pero en las alas adyacentes, con la guardia. No quiero tener nada que ver con el ala real ni la de los consejeros. Y respecto a lo de guardar silencio… no suelo hablar de cosas que no están a discusión del público, como bien sabéis.
Pasé mi vista por cada uno de ellos, consciente de lo que mis palabras les habían recordado.
Larán y yo habíamos estado juntos durante casi cuarenta años, los mismos que había mantenido amistad con los reyes y consejeros, así que habíamos vivido, hablado y discutido asuntos privados en más de una ocasión.
Nator y Miria se levantaron sin decir nada, seguidos de todos los demás. Yo les imité segundos después. Cuando empezaron a caminar hacia la puerta les detuve.
—Una cosa más. —Dejé que mi poder saliera, el dorado ganando sitio al ámbar en mis ojos—. No os juraré lealtad. Juraré lealtad al reino, pero no a vosotros como rey y reina. Espero el comunicado para la disculpa. Nos vemos después de ello.
Y desaparecí.
Esa tarde la dediqué a pretender que mi antigua vida volvía. Decidí ir a visitar mi jardín, situado en las afueras de Bore.
Cuando llegué me encontré un jardín vivo y totalmente salvaje.
Las hierbas habían crecido descontroladamente, había especies que habían sobrevivido al abandono, pero otras, hacía muchos años que habían desaparecido.
También había plantas nuevas que yo no había plantado.
Si había sido por medio artificial o la naturaleza siguiendo su curso, no era algo que me importara.
Lo que importaba era que ese trozo de tierra seguía estando vivo, seguía respirando y latiendo, generando vida.
Respiré hondo, dejando que la mezcla de olores llenara mis pulmones.
Siempre había mantenido un orden a la hora de plantar en él, separaba las hierbas, plantas y flores por regiones y por utilidad, pero después de más de sesenta años las plantas y flores se mezclaban sin importar su procedencia.
No había ni un centímetro sin ocupar. Los caminos que había delimitado con piedras, estaban ahora cubiertos en diferentes tonos de verde y marrón.
Los parterres, repletos de flores, hierbas y hojas caídas, no seguían orden alguno.
Era precioso ver como la naturaleza siempre recuperaba lo que era suyo por mucho que nuestra mano lo intentara controlar.
Sonreí y me puse a trabajar. Limpié los caminos, podé los árboles, regué, y recogí lo que me podía ser útil. Pasé varias horas allí, trabajando de manera autómata. Los movimientos me eran fluidos y conocidos, como si jamás hubiera dejado de hacerlos.
Una vez estuve satisfecha con el aspecto de mi jardín, separé todo lo que había recogido.
Por una parte estaba aquello a lo que le podría dar uso de manera inmediata o una vez se secara y no me importaba mantenerlo.
Por otra, guardé todo aquello que era útil pero que yo no iba a poder utilizar para regalarlo.
Di leña a algunos vecinos curiosos que habían venido a ver quién estaba trabajando y repartí varios paquetes de hierbas, flores y plantas a aquellos que tenían los conocimientos para trabajarlas.
Si alguien se sorprendió de verme ahí, nadie dijo nada.
Vi algunas caras conocidas. Hubo saludos y conversaciones banales sobre el tiempo y las plantas.
Desconocía si sabían de mi encierro y simplemente suponían que ya había cumplido mi condena o ignoraban el porqué había estado fuera, pero nadie hizo ninguna pregunta sobre ello.
Todo el mundo fue tal y como recordaba. Amable, cercano, agradable.
Por ellos había decidido que no iba a dejar que siguiera muriendo gente de Boreas. El pueblo no tenía la culpa del error de sus gobernantes.
Pasé el resto de la tarde en Sarkhas; creando ungüentos, hirviendo, mezclando y triturando plantas. Cuando llegó la noche, había llenado una pequeña despensa con diferentes mezclas curativas: contra venenos, infecciones, sangrado o magia. Había intentado cubrir todo aquello que podía herirme.
Cuando salí al exterior, me encontré la luna iluminando las calles y me quedé observando su belleza.
—Lennia, mi niña, ¿eres tú? —llamó alguien mientras seguía observando la luna.
Mi cuerpo se tensó. Reconocí esa voz de inmediato, mucho antes de que su esencia llegara a mí.
Rhita.
—Eres tú —susurró—. ¿Qué haces aquí? ¿Te han dejado salir? Larán me contó que estabas en prisión. Yo le dije que era un error, que no podía ser. No me dejaron visitarte, lo intenté, pero no me dejaron. Perdóname, mi niña, perdóname.
Antes de que pudiera seguir hablando corrí hacia ella y la abracé con fuerza. Tanta que temí romperla. Rhita era de los seres más mayores que conocía.
Podíamos vivir cientos de años si nada truncaba nuestro camino y nos costaba mucho envejecer físicamente. Lo hacíamos a un ritmo normal hasta que alcanzábamos la madurez —alrededor de los veinticinco años— y luego nos estancábamos, hasta llegar un punto donde envejecíamos muy rápido.
Rhita había llegado a él mientras yo estaba en prisión. Su cabello, ahora corto, lucía de color blanco. Su cara redonda estaba completamente arrugada y sus huesos y su esencia se sentían frágiles a mi alrededor, pero no la solté.
Ella fue la primera persona que me acogió cuando llegué a Bore con ocho o nueve años.
Después de que mi familia me abandonara, vagué por el reino buscando un plato caliente que llevarme a la boca, un sitio donde dormir.
Pasé los primeros meses trabajando de lo que podía: limpié cuadras, casas, tiendas, campos y jardines.
Lo que fuera que me asegurara una comida caliente y un techo bajo el que pasar la noche.
Fui de un lado a otro hasta que Rhita me acogió.
Me puso a trabajar en sus campos y granja y no me moví de ahí hasta que abrí Sarkhas y me mudé a mi propia casa.
Rhita era lo más parecido a una familia que tenía y pensé que me había abandonado también.
Que cuando se enteró de que estaba en prisión prefirió no saber nada más de mí, y estuve tan sumergida en mi propio duelo que me olvidé de que ella no haría eso, de que no me abandonaría jamás. La abracé más fuerte.
—Perdóname, Rhita. Salí ayer pero no pude venir a verte, yo…
—Estás preciosa, pero quizá un vestido no es el mejor atuendo para trabajar, niña —me reprochó, mirándome de arriba abajo y sacudiendo la cabeza—.
No te preocupes, suponía que si salías de prisión no ibas a volver, que huirías de este reino.
Nadie te hubiera culpado. Sabes que yo no lo hubiera hecho.
—Me puso la mano en la mejilla y me miró como una madre miraría a su hija—. ¿Qué haces aquí, mi niña?