Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo cuatro #2
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Capítulo cuatro #2

—¿Así que estás admitiendo que tanto tú cómo tu Rey sois unos cobardes, que me encerrasteis por miedo? —Larán me miró incrédulo pero no dijo nada. El ritmo cardíaco le subió, las palmas le empezaron a sudar—. ¿Me tienes miedo?

—Lennia, nunca te he tenido miedo, no a ti. Yo no quería que pasara esto —dijo levantándose del sofá.

—Ah, tú no querías. Uff. Menos mal, me alegro.

Ya podemos volver a ser amigos, todo olvidado.

—Larán se quedó mirándome. Siempre le había costado leerme y entender qué necesitaba—.

¿En serio, Larán? ¿Crees que cambia algo que tú no quisieras que me encerraran?

¿Le dijiste a Nator que estaba mal? ¿Me defendiste ante él? ¿Te planteaste que no era correcto?

—Nator es mi Rey, no puedo desobedecer su orden.

—¡Y yo era tu pareja! —grité, perdiendo los nervios ante la excusa—.

¡Estuvimos juntos durante veintisiete años!

¿Y qué? ¿Te asustaste y corriste hacia tu hermano para traicionarme?

—Solté una risa burlona—. Ya me he cansado de escucharte.

Solo buscas excusas para sentirte mejor contigo mismo.

—Larán abrió la boca como para hablar, pero ningún sonido salió de ella—.

Eres un cobarde. No solo no me defendiste de algo injusto, sino que jamás, ni un solo día viniste a visitarme, aunque fuera para explicar tu versión.

—¿Querías que te visitara? —preguntó con un hilo de voz mientras me observaba con el cuerpo agotado.

Reí ante su pregunta y no me digné a responder. Me di la vuelta, yendo hacia la puerta.

—Vete de mi casa, Larán. Deja de entrar en ella como si te perteneciera.

Perdiste ese derecho el día que giraste la cara mientras me esposaban.

No necesito tu ayuda. La necesité hace muchos años y no la encontré, así que ahora lo único que necesito es que te vayas de mi casa y te olvides de que alguna vez fuimos algo.

Sin volver a abrir la boca, me miró como si le hubiera abofeteado y se dirigió hacia la puerta.

—Larán —le llamé cuando cogió el pomo de la puerta. Se giró, esperanzado—. Ya no eres bienvenido en mis propiedades, recuerda eso la siguiente vez que pienses en colarte en mi casa.

Después de que Larán se marchara dediqué tiempo a algo que no había hecho en muchos años: me dediqué tiempo a mi.

Pasé horas en la bañera, mezclando sales y cremas, jugando con la espuma y las burbujas, hasta que mi piel estuvo limpia y sobrehidratada, mis dedos arrugados por las horas que habían pasado en remojo.

Mi piel siempre había tenido ese tono moreno típico de la gente que pasa mucho tiempo en el sol, pero después de los años de encierro se veía mucho más pálida.

Una vez fuera del baño, me miré en un espejo por primera vez en más de sesenta años.

Había perdido un peso que ya de por sí no me sobraba y la delgadez había acentuado mi cara.

Por suerte el color de mis ojos seguía siendo igual cuando no brillaban con luz dorada.

El tono ámbar claro, caminaba entre amarillo y miel dependiendo de la luz.

Cuando acabé de observar mi cara, pasé la vista hacia mi pelo.

De un castaño más oscuro de lo que había sido cuando el sol lo aclaraba, la melena ondulada había perdido el brillo y las ondas naturales, ahora era una maraña enredada y sin forma.

Cogí unas tijeras del cajón y corté bastante trozo.

Para darme algo de forma en la cara, corté el flequillo, dejándolo largo pero diferenciado del resto de la melena.

Una vez puse cremas y potingues, me hice una trenza que dejé caer para adelante por encima de mi hombro.

En prisión me había intentado convencer una y mil veces que estaba bien, que todo iba bien.

Que no necesitaba nada ni a nadie, que yo tenía el control, pero la realidad es que llevaba años apenas manteniéndome cuerda.

Apenas queriendo seguir un día más. Me había rendido sin nisiquiera saberlo.

Pero todo estaba cambiando poco a poco una vez me encontré fuera y pude dedicarme tiempo a mí.

Había sacado fuerzas de donde pensaba que no me quedaban y había conseguido ocuparme de mí misma.

Ya era más de lo que había conseguido en prisión.

Y ese era el primer paso, tener la fuerza y el poder para cuidarse. Querer hacerlo .

Pese al rato que pasé en el baño, aún quedaban horas para la reunión en palacio, así que me centré en el armario que había dejado abandonado cuando me obligaron a marchar.

Quería presentarme ante ellos de una manera fuerte, que mi cara y mi vestuario exclamaran que estaba bien, que no me habían roto.

Elegí un vestido gris que llegaba hasta el suelo.

Solo porque podía, porque ya se me había negado durante suficiente tiempo la posibilidad de elegir algo para mi.

Era un vestido elegante pero sin decoraciones.

El escote redondo recordaba a un corpiño y la falda caía a triple tela con apertura en ambos laterales.

Añadí pequeñas decoraciones en el pelo, unas pinzas con forma de flores granates.

Las flores, en forma de estrella con cinco pequeños pétalos y un centro redondo de un color más claro, representaban la flor Mystis , unas flores naturales de Boreas que servían para mejorar la memoria y los recuerdos.

Cuando aún faltaban diez minutos para las veinticuatro horas que había dado a los reyes volví a la sala del trono, sentándome en una de las sillas, esperé que aparecieran.