Capítulo cuatro
LENNIA
T ransportarse era un riesgo cada vez. Cuando aparecí en la plaza, dejé salir un suspiro. La transportación funcionaba así. Te llevaba al sitio en el que pensabas y si no estabas seguro de dónde era, podía salir muy mal.
Aparecí en “ La plaza de Gérvadan” ya que tenía por seguro que nadie se habría atrevido a modificarla debido a su significado para los habitantes de Bore.
La plaza no era nada más que un cuadrado abierto al final de unas calles secundarias.
Tenía un pequeño pozo en el centro, donde los habitantes podían recoger agua fluvial y dos bancos en esquinas opuestas.
El nombre lo recibía de las piedras situadas en el extremo norte de la plaza.
Las rocas se asemejaban a la forma de una loba y, cuando el viento soplaba , escuchabas a la plaza aullar.
Me tomé unos momentos para sentir.
Lo primero que noté fue el poder de la tierra. La prisión estaba protegida con capas y capas de encantamientos, cerrojos y bloqueos para evitar que ningún poder externo entrara y, en el palacio, aunque en menor medida, también había protecciones.
Allí fuera no había ningún tipo de barrera. El poder de la tierra fluía, flotaba y se desplazaba con absoluta libertad. Respiré hondo, saboreando mi alrededor, la energía que se transportaba en el aire, la esencia que venía del reino, del mismo mundo.
Cerré los ojos. Sentí el sol calentándome la piel y la brisa removiendome el cabello. Diosas, cuánto había echado de menos esta sensación, notar el poder de cada elemento recorriéndome el cuerpo .
Qué fácil había olvidado la felicidad que hay en las pequeñas cosas una vez estuve encerrada.
No recordaba ni lo que era respirar el aire limpio.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que finalmente abrí los ojos de nuevo y me moví, dejando que la memoria guiara mis pasos entre caminos conocidos y desconocidos.
Aunque la esencia de la ciudad era la misma, estaba más cambiada de lo que hubiera podido imaginar.
Mi vida me había sido arrancada, no solo por el encierro, sino por la traición, y allí fuera todo había seguido como si nada.
El mundo había seguido avanzando sin importar en qué momento se había parado el mío.
Me abrí paso por callejuelas y en menos de diez minutos llegué al único sitio que había creado para mi: Sarkhas, la pequeña tienda que compré hacía ya más de cien años, cuando decidí que necesitaba un espacio propio para vender las cremas y ungüentos que creaba.
Nunca se me había dado bien ningún tipo de curación. No tenía ninguna habilidad para ese tipo de magia y nunca me había atraído estudiar la parte científica de la medicina, así que busqué la mejor alternativa que pude encontrar.
Dediqué años a estudiar la flora y sentir la naturaleza a mi alrededor y en nada ya estaba creando e inventando recetas. Cuándo vi el interés que creaban en la gente, decidí dedicarme exclusivamente a preparar y vender cremas para ayudar al máximo número de personas posibles.
Volví a mirar la fachada. Seguía teniendo el cartel con el nombre.
Fue el primer proyecto que hice allí. Compré un trozo de madera lo suficientemente grande para cubrir la entrada, le di forma y lo pulí hasta transformarlo en un óvalo perfecto.
Lo pinté de verde y marrón, simbolizando la tierra y la naturaleza y lo cubrí de helechos y plantas secas preservadas con magia, escribiendo el nombre en un color verde brillante.
Me acerqué y toqué la puerta de madera. Sentí mi poder en ella, inalterado, y me sorprendió que nadie hubiera intentado entrar.
Cuando abrí la puerta, la nostalgia me invadió.
Miré alrededor, girando sobre mí misma. Todos estos años encerrada y allí todo seguía como si no hubiera faltado ni un solo día.
La estancia principal era una sala diáfana abarrotada con estanterías y baldas llenas de tarros con cremas ya creadas, plantas, flores, tierras, aguas de diferentes lugares y todo aquello que me era útil en mis creaciones.
En el fondo había un pequeño mostrador repleto de libros y diarios ilustrados con todo tipo de flores y plantas que crecían alrededor del mundo.
La otra sala que había en la tienda era una habitación pequeña, abarrotada con todos los utensilios necesarios para crear cremas y ungüentos. Como el cartel, toda la tienda estaba decorada en colores verdes y marrones y en todas las estanterías había flores dándole vida y añadiendo color.
Estuve horas recorriendo la tienda, recordando lo que era pasear por los estantes, trabajar en los remedios, ungüentos y pociones. Pasé horas limpiando. Quería devolverle el color, la luz y la dignidad a ese espacio que había sido mío. Que seguía siendo mío.
Cuando acabé de limpiar, el sol ya se había puesto y había empezado a refrescar.
No era un día especialmente frío teniendo en cuenta que ya estábamos en Sarad, la época en la que el calor empezaba a descender para dar paso a la época de nieves una vez iniciara Hermanta, pero se notaba que ya empezaban a bajar las temperaturas.
Salí a la calle y volví a colocar las protecciones alrededor de la entrada.
No sabía que iba a suceder en un futuro próximo, si iba a poder volver o esa era la última vez que salía por esa puerta, pero no quería pensar en nadie más invadiendo ese espacio.
Caminé las calles que separaban la tienda de mi siguiente destino y en menos de cinco minutos llegué al edificio en el cual no me había permitido pensar en los últimos años.
Nadie había derrumbado mi casa. Nadie la había vendido, nadie me la había arrebatado.
En Boreas cuando te convertías en prisionero de manera indefinida, todas tus propiedades pasaban a ser del reino, así que había supuesto que eso es lo que había sucedido.
Observé el muro azul cielo y la puerta negra y sentí la misma nostalgia que había sentido antes.
Cuando vivía allí, acepté el acceso a mi casa de las personas más cercanas, personas que quería dejar entrar, así que no me sorprendió demasiado encontrar que alguien había entrado en ella.
Una vez dentro, me di cuenta que la casa estaba limpia, ventilada y ordenada. Lentamente recorrí todas las estancias.
El salón con sus paredes blancas y el espacio justo para un sofá gris, una mesa con cuatro sillas y una librería en la pared de la izquierda.
La cocina a la derecha del salón, un pequeño espacio funcional con baldosas de color crema decoradas con detalles plateados.
Al lado de la cocina estaba el baño y de ahí salía un pasillo hacia el norte, donde había dos puertas más.
La primera que aparecía era mi estudio. Como en el resto de las estancias, nadie había tocado nada.
La mesa de trabajo de color negro ocupaba el centro de la estancia.
A su alrededor había estanterías llenas de material para mis trabajos.
Había decoraciones aquí y allí, retratos que me habían hecho o me habían regalado.
En uno de ellos aparecía yo el día que monté Sarkhas.
En otro aparecía con Larán, muchos años atrás.
Estábamos abrazados, sonriendo. Era el día de Styri y habíamos pasado la festividad bailando y celebrando con nuestros amigos.
Incliné la cabeza, recordando ese día, esa época, y acabé dándole la vuelta a la pintura.
Me paré en frente de la última estancia y abrí mi dormitorio.
Los muebles blancos y negros, las decoraciones granates y plateadas, todo seguía igual.
La cama estaba hecha y como el resto de la casa, todo estaba mantenido y limpio.
Entonces me permití sentir la otra esencia que bailaba en mi casa.
La esencia de Larán estaba por todas partes.
Expulsé aire por la nariz y me senté en la cama. Igual que con el trono, me sorprendió la comodidad de los muebles. Me tumbé unos instantes, intentando ordenar toda la información que tenía en la cabeza, intentando comprender qué estaba sintiendo después de los sucesos de aquel día.
Me desperté al amanecer. El sol apenas estaba saliendo por el horizonte. Sonreí y me giré, disfrutando de la vista. Había echado de menos ver el sol salir. Diosas, había echado de menos ver el sol, punto.
Estaba estirándome en la cama para desagarrotar los músculos cuando lo sentí.
Cómo toda la casa tenía su esencia no me había dado cuenta que lo que estaba sintiendo era algo más que su esencia. Era su poder. Larán estaba allí.
Salí de la habitación con el corazón desbocado pero sin prisa y me lo encontré sentado en el sofá. Cuando me oyó salir levantó la vista y la fijó en mí. Me observó detenidamente, como si estuviera intentando entender qué estaba viendo, como si estuviera buscando qué palabras quería decir.
—Lennia, ¿podemos hablar, por favor?
La voz de Larán era suave, calmada, la misma que utilizarías para hablarle a un animal callejero que no sabes si te va a atacar.
Algo dentro de mi reconocía a Larán como seguro y después de todas las emociones vividas en las últimas horas, mis instintos de lucha estaban dormidos.
Me senté en una silla en el otro lado del comedor y le observé sin abrir la boca.
—Gracias —suspiró cuando vió que me sentaba—.
Sé que soy la última persona que quieres ver, pero necesito que me escuches, por favor.
—Me miró, suplicante, pero seguí sin responder—.
Nunca te traicioné, Lennia. Nunca quise que te encerraran.
Me asusté, después de… —se aclaró la garganta—, después de lo que pasó.
Vi tu poder, sentí tu poder. Pero no el poder de siempre.
Algo cambió en tí. Nunca había sentido algo así y llevábamos juntos muchos años.
Y lo que pasó… —Negó con la cabeza—. Hablé con Nator en el hospital para intentar entender qué había pasado.
Él no me dijo qué planeaba hacer ni supe que iban a encerrarte hasta ese mismo día.
Pero me dijo que era temporal, hasta que entendiéramos tu poder.
Larán se quedó callado y yo alcé las cejas.