Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo tres
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Capítulo tres

LENNI A

C asi una decena de pares de ojos me miraron.

Sus rostros mostraban la sorpresa con la que habían recibido mis palabras.

Nadie habló, todas las vistas fijas en mí.

Algunos me miraban con incredulidad, como si realmente me hubiera vuelto loca y otros me miraban como si quisieran acabar conmigo. Suponía que eso era cierto.

—Bueno, para empezar —señalé a todos los guardias—, fuera. Es una reunión privada.

Los guardias miraron a Nator y Miria y ambos asintieron. Con su marcha, en la habitación quedaron solo los reyes, sus asesores y Larán.

—Antes de que me vuelvas a preguntar —le dije a Nator—, nadie me ha ayudado a salir de prisión.

Siempre he tenido el poder para hacerlo.

Ten claro que si estos años me has retenido en prisión ha sido porque he querido estar allí.

—Pasé la vista por todos ellos y proseguí—.

No importa de qué esté hecha la prisión, los guardias o bloqueos que tengas; he podido y podré pasarlos.

Lo sospeché desde el momento en que me encerraste, desde que sentí que, aunque se debilitó, la esencia no me abandonó.

Pero en aquel entonces tenía otras cosas que hacer, como —fijé mi vista en Larán—, entender una traición.

Pero bueno, nada de esto importa ahora. Solo lo estoy explicando para que entendáis que no voy a volver a la prisión.

Dejé de hablar y esperé unos segundos, examinando sus reacciones, pero nadie exteriorizó lo que estaba pensando.

—Después de vuestras últimas visitas y vuestros lloros, me he dado cuenta de lo aburrida que estaba, así que aquí estamos. Voy a ayudar a Bóreas. —Miré a los reyes—. No a vosotros, al reino . Porque el reino no merece morir porque seáis incapaces de protegerlo.

Había mezclado verdades con mentiras. Nunca iba a admitir que jamás había intentado salir porque tenía miedo de fracasar. Pero era cierto que algo me demandaba salir desde hacía unas semanas y que no quería que el reino y sus habitantes sufrieran más.

Nator se tensó y Miria me miró enfadada.

—¿Qué? ¿Las verdades duelen? —Incliné mi cabeza—. Porque es verdad. Si pudierais protegerlo no me habríais pedido ayuda —dije mirándolos.

—Dinos tus demandas, Lennia. Estamos dispuestos a escuchar.

—Tengo tres condiciones. — Le corregí—. Sí, solo tres. Soy así de generosa después de todo el tiempo que me habéis tenido encerrada.

Negué con la cabeza y solté una risita. Me estaba divirtiendo. Estaba poniendo una fachada delante de ellos porque no se merecían ver el daño y la desconfianza que me habían causado, pero estaba siendo creíble, vistas sus reacciones.

—Condición número uno. Como ya he dicho, no voy a volver a la prisión. No por mi propio pie y definitivamente no por el vuestro. Podéis intentarlo, pero esta vez no acabará bien para vosotros. Se acabó mi encierro.

—Creo que no hacen falta las amenazas, Lennia. Tus otras demandas —me cortó Miria.

— Condiciones. —Volví a corregir, poniendo los ojos en blanco—.

Condición número dos. No voy a exiliarme una vez os ayude.

Me vais a dar un pequeño trozo de tierra en la frontera con el Norte y me quedaré allí, sin que nadie me moleste.

Y, antes de que habléis, condición número tres.

Quiero una disculpa por vuestra parte. Pública.

Quiero que os disculpéis por tirarme en prisión sin ninguna razón.

—¿Ninguna razón? —Carse saltó—. ¡Nos engañaste!

No eres normal. Tienes más poder del que se supone que nadie debería tener.

Estuviste viviendo años con nosotros, en nuestra casa, sin hablar sobre ello, sin ser sincera y, ¿encima te atreves a decir que no teníamos ninguna razón? Eres un monstruo. No deberías existir—

Antes de que acabara la frase, Carse voló contra la pared. No cayó, no dejé que cayera. Lo mantuve en la pared. Sabía que mis ojos estaban brillando y sentí que todas las miradas se clavaban en ellos una vez solté el poder.

—Cuidado Carse, creo que después de tantos años ya no somos amigos y como ya me estáis juzgando, estáis juzgando mi poder, no tengo porque demostrar que es inofensivo.

A la que acabé de hablar se formó el caos. En el siguiente respiro, Zrada había levantado una barrera que rodeaba a los cinco. Miria se puso en posición defensiva y noté como quería entrar en mi cabeza y a Nator se le iluminaron las manos cuando llamó al fuego. Me reí y solté a Carse.

—Bueno, no creo que haga falta todo esto, ¿no?

Ahondé más en mi poder y cerré más mi mente. Me relajé y eso hizo que mis ojos volvieran a la normalidad. Una vez mi poder estuvo bajo control, Nator rebajó la intensidad de su poder y todos se relajaron visiblemente. Aún así, Zrada no bajó sus defensas.

Se había cortado el pelo desde la última vez que la había visto.

Seguía siendo rizado y de un color oscuro, casi negro, pero ahora apenas le llegaba por encima del hombro.

Todo lo demás seguía exactamente igual. Escuché a Larán suspirar y mi vista fue hacia él, dándome cuenta que era el único que no se había defendido o intentado atacarme después de la pequeña demostración que le había tocado vivir a Carse. En ese instante me permití observarle.

Larán siempre había sido guapo. Era alto, sacándome más de veinte centímetros y tenía un cuerpo atlético pero sorprendentemente ágil.

El rostro ovalado con la mandíbula bien marcada iba a juego con sus pómulos altos.

La nariz destacaba, ya que era más grande de lo normal, pero no le restaba belleza, al contrario, le añadía actitud al rostro.

Sus ojos eran de un verde parecido al jade y su mirada penetrante siempre estaba observando a su alrededor.

Seguía llevando el cabello rubio, justo por la nuca y seguro que seguía siendo tan suave como siempre.

Normalmente Larán exudaba confianza y seguridad, pero en ese momento no.

Ahora estaba avergonzado, como si de verdad le afectara lo que me habían —lo que me había— hecho.

Fijó la vista en el suelo, como si de verdad le doliera mi actitud. Larán siempre me había resultado muy fácil de leer, era una de las razones por las que funcionábamos.

—¿Podemos volver a lo que estábamos? —preguntó Nator, cortando mis pensamientos.

Lo miré a él y luego a Miria, siempre a su lado y suspiré.

—Perfecto. ¿Aceptáis mis condiciones, sus altezas?

Los reyes se miraron, luego miraron a los dos consejeros que había a sus espaldas. Nadie se atrevió a hablar en voz alta.

—Está bien. Veo que tenéis mucho de lo que hablar. En veinticuatro horas os quiero en esta sala con una respuesta.

Esperé a ver si alguien tenía algo que objetar y cuando vi que seguían en silencio, me marché. Me pareció escuchar a Larán llamándome mientras me transportaba fuera de palacio, pero no detuve mi poder para comprobarlo.