Maldecida por la tierra (Saggar 1) Capítulo dos
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Capítulo dos

LENNIA

A parecí en medio de la sala del trono. Transportarme nunca me había resultado especialmente difícil, aún así, después de tanto tiempo sin hacerlo, estaba muy agradecida de que hubiera funcionado.

El palacio de Boreas seguía tal y como lo recordaba.

Las decoraciones, la disposición, el olor, la energía.

Nada había cambiado. La sala principal era amplia y simple.

Había pocos muebles y todos ellos estaban dispuestos para incrementar la sensación de grandeza.

Los sillones en los laterales, las estanterías con libros sobre los reyes y sus dinastías, los tronos gemelos en lo alto de unas pequeñas escaleras.

Los estandartes ondeaban majestuosos detrás de los tronos y todo estaba decorado en tonos granates y plateados. Era una sala hecha para impresionar.

Cuando Larán y yo aún estábamos juntos, pasé incontables horas en palacio, acompañándolo en sus obligaciones o simplemente disfrutando del tiempo libre juntos.

También había pasado mucho tiempo junto a Miria y Nator y sus consejeros reales, que completaban el círculo íntimo de Larán, en el que yo me había integrado cuando formalizamos nuestra relación.

En aquel tiempo llegué a admirar el palacio por su belleza e integridad, en cambio, ahora, observando el estandarte detrás del trono, no podía hacer nada más que mirarlo con una mueca en la cara. No porque no inspirara poder, sino porque todo ello había perdido el significado para mí.

El Veyla, nombre que recibía el estandarte, era de los colores del reino: granate y plateado.

En el centro del estandarte había una loba, Gérvadan, delante de Sliabh, una de las montañas más importantes del reino.

Y encima de la montaña, brillaba Styri, la estrella del norte.

El color granate simbolizaba la fuerza y la valentía del reino y el plateado que lo adornaba significaba la estabilidad.

Gérvadan simbolizaba la lealtad, la fuerza y la astucia de Boreas.

En las historias antiguas, aquellas que pasan de madres a hijas, Gérvadan fue la última loba en abandonar Sliabh después de que la montaña se incendiara.

Entró una y otra vez al bosque envuelto en llamas hasta que todos los seres que lo habitaban estuvieron a salvo.

Tras el último viaje, cuando la loba se aseguró que ya no quedaba nadie en toda la montaña, murió debido a la gravedad de las heridas que el fuego le había causado.

Las diosas, que habían observado todo, cogieron su alma antes de que ésta abandonara su cuerpo y la convirtieron en Styri, para que siempre guiara y protegiera el reino.

Cuando escuché la historia por primera vez, comprendí porque la tierra de Bóreas había elegido a Nator como rey. Pero para mí ya no era esa persona. Dejé de ver en Nator a alguien fuerte y leal cuando decidió encerrarme sin siquiera otorgarme la posibilidad de explicarme.

El rey no pensó en nada de lo que representaba el Veyla cuando decidió que debía pudrirme en prisión solo porque no entendía el poder que habitaba en mí.

Un poder que ni yo misma comprendía.

Escuché movimiento fuera de la sala y me senté en el trono a esperar. Apoyé mi cabeza en uno de los reposabrazos y pasé las piernas por encima del otro, quedando medio estirada encima del trono.

—Hemos enviado una circular al Norte, diciendo que todo el que quiera venir a luchar será bienvenido, sin preguntas.

Lo ideal sería que con este comunicado consiguiéramos atraer a los antiguos guardias o luchadores que se exiliaron.

Incluso a los mercenarios que merodean entre las fronteras.

—Escuché a Nator decir a la que entraban al salón.

De repente paró de hablar y supe que me estaba mirando.

Sonreí, mi cabeza fija en el techo—. ¿Se puede saber qué demonios haces aquí? ¿Cómo has salido de tu celda?

Reí. Por primera vez en muchos años, reí en voz alta. El sonido, que había sido tan natural en mí, sonó artificial.

—Te he hecho una pregunta, Lennia. ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Quién te ha sacado de prisión? —insistió Nator mientras la esencia se hacía más fuerte en él.

Sonaba cada vez más cerca, más enfadado y más nervioso, así que finalmente giré la cabeza y les miré.

Observé a Carse a su lado. Era el único consejero, el único de los amigos que había tenido, que no había venido a verme.

Estaba… diferente. No físicamente, seguía siendo igual de alto y delgado.

Incluso seguía con el mismo pelo rizado corto.

Sus facciones se habían marcado más con el paso del tiempo, pero nada había cambiado.

Sus ojos seguían siendo color miel, su nariz demasiado ancha para su cara redonda y los labios seguían teniendo la forma de corazón que habían tenido siempre, pero había algo en él que no estaba igual.

Decidí ignorarlo, fijando mi vista de nuevo en Nator.

—Se me había olvidado lo cómodos que son los cojines de palacio, pero este trono… —Me acomodé más—. Nunca me había sentado en él y menos mal, porque si lo hubiera hecho, nunca me hubiera levantado.

Me removí buscando una mejor posición, estirando los músculos de mi espalda.

—Lennia, no tengo tiempo para tus juegos. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has salido de tu maldita celda? —volvió a preguntar Nator.

—Sht… —Me puse un dedo en los labios—. Un rey no puede decir esas cosas, Nator. Qué pensarían tus súbditos de ti si te escucharan. —Fingí escandalizarme.

—No tengo tiempo para tus tonterías. —Giró la cabeza, para dirigirse a Carse—. Llama a la guardia, diles que traigan las esposas de sortia.

Antes de que Carse pudiera darse la vuelta para salir, ya estaba delante de ellos. Una corriente de aire se formó, cerrando la puerta de un portazo .

—¿Acaso no te alegras de verme? —pregunté a Nator—. ¿Habéis estado semanas suplicando mi ayuda y cuando decido venir a hablar con vosotros me vas a echar sin siquiera escucharme?

Hice un puchero y noté como Carse se tensaba.

Podía sentir su corazón acelerando el ritmo y noté como empezaba a sudar y se le dilataban las pupilas.

Su reacción me dolió porque jamás le había hecho nada a nadie, al menos no a propósito.

Jamás había empleado mi poder contra nadie.

Siempre me había portado bien con ellos.

Noté como mi ira crecía, transformando mis ojos.

—¿¡En serio, Carse!? ¿Me tienes miedo? ¿Qué te he hecho yo? ¿Cuándo te he dado una razón para que me tengas miedo?

—¡Lennia! —Nator gritó—. Dime ahora mismo qué quieres.

Noté como la habitación subía de temperatura, como empezaba a vibrar el suelo. Nator estaba enfadado y a un paso de atacarme. Volví a sonreír. En un segundo estaba de nuevo sentada en el trono, sonriendo para mí misma, agradecida que la transportación me estuviera funcionando tan bien.

—Sé bueno y cálmate, Nator —me levanté del trono y con un gesto teatral hice una reverencia—. Vengo a aceptar tu oferta.

Vi la sorpresa en el rostro de Nator, pero no relajó su cuerpo ni llamó a sus poderes de vuelta, los podía notar en la superficie, listo para ser soltados.

—Tengo mis condiciones, por supuesto —dije mientras me dejaba caer en el trono de nuevo.

Nator suspiró y se fue a sentar en las butacas que había por la sala, sin demandar que me bajara del trono.

—Por supuesto —dijo, apretándose los ojos con los dedos—. Pero dime, ¿Cómo has salido de prisión? ¿Quién te ha ayudado?

Esperé para responder. Sabía que ellos podían sentir igual que yo como los demás venían.

La esencia de Miria, Larán y Zrada se acercaba rápidamente.

Habíamos pasado tanto tiempo juntos que podía reconocerlos en cualquier parte, como suponía que ellos me habían reconocido a mí.

Esperé unos segundos hasta que se abrió la puerta y entraron, seguidos de seis guardias reales.

Todos se me quedaron mirando. No iban armados, pero supongo que no lo necesitas cuando puedes utilizar tus poderes como un arma.

Nator controlaba la magia elemental. Todos y cada uno de los elementos, fuego, aire, tierra y agua bailaban al son que él dictara.

Normalmente quien tenía afinidad con los elementos entendía uno más que otro, pero no era su caso.

Él dominaba todos los elementos con la misma maestría.

Miria controlaba la magia mental. Podía controlar la mente de cualquier ser.

Su magia elemental era nula, pero su magia mental estaba a otro nivel.

No querrías cruzarte con ella sin una buena defensa; en un segundo entraba en tu mente y la retorcía, creando memorias, ilusiones o espejismos.

Carse dominaba un tipo muy raro de magia elemental: la luz.

Carse era la única persona que había conocido que podía manejar ese tipo de poder y Zrada no tenía nada que envidiar a Nator en cuanto a magia elemental, sobre todo en lo que a tierra y fuego respectaba.

Y por último Larán. Larán era un experto en magia ancestral.

Podía encantar objetos o cambiar su naturaleza.

Utilizarlos como ataque, creando proyectiles y armas o como defensa, creando trampas y escudos.

Y, aunque no conocía a esos guardias reales, suponía que no se quedaban atrás en cuanto a poderes.

No todo el mundo en las guardias reales podían manejar la esencia, pero los que trabajaban más a mano con los reyes solían hacerlo.

—Ya estamos todos —dije sonriendo.

Miré a Carse y este se removió incómodo, no sabiendo muy bien qué hacer, pero cuando mi vista pasó a Zrada, esta me devolvió la sonrisa. Decidí deliberadamente ignorar qué hacía Larán. Ya había perdido demasiado tiempo en él.

—Bueno, —habló Zrada—. Esto sí que es una sorpresa. ¿Qué haces aquí, Lennia? Lo más importante, ¿cómo? —preguntó dirigiéndose a Nator, que negó con la cabeza .

—Gracias a todos por venir —empecé—. Después de vuestras peticiones, he decidido ayudaros, eso es si aceptáis mis condiciones.

Les volví a sonreír abiertamente a todos.