Capítulo uno
LENNIA
L os días se acumulaban uno tras otro. Ya casi no era consciente del paso del tiempo. Las cuatro paredes que delimitaban mi celda seguían siendo las mismas: piedra oscura y húmeda que solo hacía que aumentar la sensación de frío. Nada cambiaba.
La puerta de hierro en forma de arco con una pequeña ventana para poder ser vista desde el exterior, que se abría tres veces al día. Y la pequeña zona adyacente donde, a veces, me dejaban salir.
Había dejado de contar los días hacía mucho, o quizá nunca lo había hecho. No recordaba cuál de las dos opciones era.
Tras tanto tiempo allí dentro, el tiempo había perdido el sentido. Y los hechos que me habían llevado allí… Simplemente me había rendido. No merecía la pena luchar. Estaba cansada.
No había tenido una vida fácil. Prácticamente no recordaba nada de mis primeros años de vida: viví con mis padres, que eran comerciantes, hasta que dejé de hacerlo y me vi sola, con apenas ocho o nueve años.
Cuando me abandonaron, empecé a vagar hasta que encontré algo parecido a un hogar.
Había tenido una pareja que yo pensaba que me quería, hasta que fue claro que no y había encontrado lo más parecido a una madre en Bore, pero no me había visitado ni una vez.
Tampoco había preguntado por ella. Quizá no sabía qué había sido de mí o quizá sí y no le interesaba visitarme.
Si mi vida iba a ser un patrón de casi pero no , de gente que parecía quererme para al final descubrir que no, decidí que estaba mejor en prisión. Si no tenía expectativas, no podían romperlas.
Me levanté del camastro roñoso y como cada día, los muelles chirriaron. El sonido agudo y penetrante disturbaba el silencio de la celda y se repetía con cada movimiento que hacía en ese mueble.
A medida que se repetía el sonido, parecía cada vez más agudo, más penetrante, más molesto. Diosas, qué cansada estaba de ese ruido, siempre riéndose de mí al más mínimo movimiento.
Observé la celda otra vez; la puerta ridícula que tenía por labor retenerme; los estandartes granates con decoraciones grises que alguna vez había llegado a admirar pero ahora me parecían una burla barata; los patrones en forma de rombo típicos de Boreas que le daban forma a las baldosas de la celda.
Suspiré. Quizá me había resignado al encierro, pero mi mente siempre volvía al pasado.
Antes de mi encierro tenía un hogar y tenía Sarkhas, mi tienda de remedios y ungüentos, pero ahora ya no me quedaba nada.
Ni siquiera sabía si aquella casa seguía siendo mía o el reino la habría reclamado; si mi tienda seguiría en pie o la habrían vendido.
Seguro que mi jardín había muerto. Había trabajado en ese jardín durante años, dedicándole horas y horas.
Sin nadie que lo hubiera cuidado ahora ya no sería más que una mezcla salvaje de vegetación silvestre.
Eso si no lo habían arrasado para borrar todo rastro de mí.
Diosas, como deseaba comprobar que todo seguía bien, vivo, en pie. Comprobar que a pesar de que yo ya no existiera allí a fuera, había aún partes de mí, que alguien o algo me recordaba.
Paré en seco viendo hacia donde iban mis pensamientos.
¿Salir? No tenía ni idea de si algún día tendrían la intención de liberarme de mi encierro, ni siquiera tenía claro que yo quisiera salir, quitando esos momentos de debilidad donde me permitía pensar en el pasado.
De pronto, todos los pelos de mi cuerpo se erizaron y sentí, antes que ver, que alguien estaba en mi celda. Me giré poco a poco y sonreí, aunque más que una sonrisa fue una mueca.
—Bueno, bueno, bueno. ¡Miria! —exclamé, con la mirada punzante fija en ella—. ¿A qué debo este placer? Doy por hecho que la reina tiene mejores cosas que hacer que vagar por la prisión.
—Necesitamos tu ayuda, Lennia
—¿Perdón? ¿Mi ayu—
No llegué a terminar la frase cuando lo sentí. Su poder. Su esencia.
Cada ser poseíamos una esencia única que nos diferenciaba de los demás.
No era solo el tipo de poder que teníamos, sino la forma en que la usábamos, la cantidad que manejábamos.
Era nuestra impronta, y, si sabías detectar la esencia de los demás y pasabas el tiempo suficiente con alguien, podías reconocer al dueño antes ni siquiera de ser consciente que estaba ahí.
Después de tantos años, mi mente y mi cuerpo sabía quién era.
En menos de un segundo estaba en la otra esquina de la celda y supe que mis ojos habían comenzado a brillar, que ya no eran el ámbar amarillento que solía tener, que se habían vuelto dorados.
—¿Qué haces aquí? Tú no tienes ningún derecho a estar aquí.
Para mi sorpresa, Larán agachó la cabeza y no dijo nada, pero antes de que pudiera volver a abrir la boca, otra voz habló.
—Lennia, escucha lo que tenemos que decirte. ¿No quieres salir de prisión?
—Nator. Qué sorpresa tan agradable —dije poniendo los ojos en blanco—. ¿Os habéis aburrido de palacio y la prisión es ahora vuestro lugar para las reuniones? Un poco tétrico, ¿no creéis? Pero quién soy yo para juzgar. —Me encogí de hombros.
En ningún momento Nator apartó la vista de mi. Se mantuvo erguido y orgulloso como el rey que era. Sabía que no se arrepentía de haberme encerrado. Mi encierro había sido una necesidad para el reino, me había dicho una vez, una medida de protección .
—Hemos venido a hacerte una proposición.
Miré a Nator, a Miria y a Larán. Y opté por comportarme de la manera más madura posible. Señalé a Larán.
—¿Y ese energúmeno es necesario? Le quiero fuera de mí celda, ahora.
Me crucé de brazos y erguí la espalda. Sabía que me estaba comportando de una manera infantil echando a Larán, pero a estas alturas ya no me importaba la razón.
Mis sentimientos hacia Larán ya no eran los mismos que en aquel entonces. Después de tantos años había pasado por todas las fases del duelo.
Los primeros años estuve esperando a que vinieran.
Él, cualquiera de ellos, que me pidieran perdón y me dijeran que podía salir de prisión.
Que todo había sido un error. Después de todo, ¿qué otra cosa podía ser?
Cuando comprendí que ni Larán ni ninguno de ellos iba a venir, la ira me invadió durante años.
Fantaseé con salir y quemar el palacio; destruir Boreas por completo, vengarme de ellos.
Después vino la negociación conmigo misma, pero poco más podía dar para intentar arreglar algo que yo no había causado.
Aún así, lo peor fueron los años que vinieron después, cuando fui consciente de lo que significaba esa traición.
No solo me había traicionado Larán. Me habían traicionado todos .
Todas las personas que había considerado importantes en los últimos cuarenta años de mi vida habían decidido darme la espalda.
Hacía años que había aceptado lo que me habían hecho, pero aceptar no significa perdonar, así que no iba a ponerle fácil las cosas.
Larán resopló, pero no dijo nada antes de irse. No cambié mi postura corporal. Esperé a que su olor y su esencia desaparecieran con él y solo entonces, miré a Nator y Miria.
El rey y la reina de Boreas.
Nator era alto, regio. Siempre llevaba el pelo largo, recogido en una coleta y sus ojos azules eran fríos y calculadores. No era cruel per se, pero anteponía el reino a cualquier cosa. La única que pasaba por delante de sus deberes hacia él era Miria.
La Reina era bajita y si no la conocías, parecía frágil. El pelo negro y brillante le llegaba por la nuca y sus ojos claros entre el gris y el verde, eran todo lo contrarios a los de Nator. Siempre brillaban con vida y curiosidad, pero yo ya no me dejaba engañar. Miria era tan letal como Nator.
— ¿Y bien? No tengo todo el día para vosotros.
Abrí mi mano y me miré las uñas mientras esperaba su respuesta. El silencio se estrechó unos segundos y al final levanté la vista. Incliné la cabeza y volví a alzar las cejas, esperando. Finalmente, Nator cedió.
—Boreas tiene problemas. Desaparecen soldados y aparecen muertos.
No sabemos qué está pasando, pero nos está afectando.
Ya son muchos hombres y mujeres los que no han vuelto.
De algunos no hemos encontrado ni sus cuerpos.
Nos estamos debilitando y no sabemos ni contra qué tenemos que luchar.
No podemos sentarnos y dejar que nos sigan atacando, seguir perdiendo gente.
Tenemos que actuar antes de que sea demasiado tarde.
Necesitamos tus poderes para defender a nuestro reino.
Lucha para nosotros, Lennia. Lucha por tu reino, lucha por nuestras tierras.
Parpadeé varias veces, asimilando lo que me estaba diciendo y pasé mi vista de Nator a Miria.
—¿Ahora es mi reino? ¿Ya no soy un peligro que amenaza la ciudad con su poder? ¿Ahora soy necesaria?
Vi como Miria apretó la mano de Nator. Avancé lentamente hasta estar delante de ellos y sonreí.
—Si eso era todo lo que teníais que decirme, os podéis marchar de inmediato.
La expresión de Nator se endureció ligeramente y Miria se tensó sutilmente, pero ninguno de los dos se movió.
—Te lo estamos pidiendo bien, usa tu poder para ayudar a tu reino —dijo Nator finalmente.
Solté aire de forma burlona. Nator hablaba como si entendiera mi poder, como si alguna vez en todos estos años hubiera querido hacerlo, me hubiera querido escuchar. Negué con la cabeza.
—¿Mi poder? —Solté un poco de dicho poder.
Mis ojos empezaron a brillar, el suelo tembló ligeramente.
Se suponía que no debía tener poder allí abajo, rodeada de barreras que evitaban que los presos pudieran acceder a su esencia, pero siempre había quedado un resquicio en mí.
Una punta de poder que se había resistido a abandonarme—.
¿Qué sabes tú de mi poder? No has querido escucharme, no has querido entenderlo, ¿y ahora crees que voy a usar ese mismo poder por el cual me encerraste para salvar a tu reino?
Pensaba que era más inteligente, mi Rey .
Vi como a Nator se le tensaban los músculos del cuello pero antes de que pudiera hablar, Miria negó con la cabeza, callando lo que fuera que hubiera querido decir.
Durante las siguientes semanas Nator, Miria y otras personas que había considerado amigos, fueron pasando por mi celda. Todos menos Larán, que no volvió.
Venían a explicarme por qué debía ayudarles, por qué no podía negarme a luchar por Bóreas y mi respuesta siempre era la misma, gracias por la visita, un placer, ya puedes marcharte.
Al principio me divertía su irritación ante mi negación, pero después de la quinta visita, empezó a hacerse aburrido.
Siempre venían con el mismo discurso, contándome cuántas bajas habían tenido, qué soldados habían desaparecido, explicándome cuántos huérfanos nuevos había, pero la realidad era que hacía muchos años que esa gente había perdido mi simpatía.
Después de su traición, después del encierro y de su silencio, por mí, podía arder todo el reino.
Durante cinco semanas, las visitas fueron diarias, pero a partir de ahí, se rindieron y dejaron de visitarme, haciendo que mi rutina volviera.
Despertarme, el maldito ruido de los muelles, comida, dormir, comida, meditar y dormir de nuevo.
El silencio y la soledad empezaban a afectarme después de tantas visitas porque empecé a estar inquieta en mi celda.
Las cuatro paredes me empezaron a asfixiar, el chirriar de los muelles empezó a parecerme una mofa.
La puerta se hacía más pequeña. Cada vez estaba más incómoda en la celda, necesitaba moverme, salir.
No podía descansar bien y hasta el roce de la ropa sobre la piel me molestaba. Me empecé a ahogar allí dentro .
Para el décimo tercer día sin visita decidí que ya había tenido suficiente silencio.
Esa mañana no esperé a que viniera el guardia con mi comida.
Girando sobre mí misma fijé mi vista sobre el camastro pudiendo jurar que aún escuchaba los muelles chirriar, burlándose de mí.
Ya había tenido suficiente. Llamé al fuego, viendo cuánto era capaz de manejar con las barreras a mi alrededor; no fue mucho, pero suficiente para lo que tenía en mente.
Chasqueé los dedos y en menos de un segundo el camastro estaba en llamas. Me quedé en la celda observando como se consumía hasta que no quedaron nada más que muelles ennegrecidos y cenizas. Después me di la vuelta, fijando la vista en la puerta.
Y, por primera vez desde que fui encerrada, salí de prisión.