Hace setenta años
L ennia y Larán reían. Gildil había llegado a Saggar trayendo consigo el buen tiempo y las horas de luz y, con ello, decidieron celebrar el aniversario número veintisiete de la pareja.
Ya habían pasado unos meses desde el día, pero en ese momento, cuando los dos encontraron un hueco libre, habían decidido ir a cenar, a pasear, a vivir.
Y ya volvían a casa. Él le abrió la puerta, caballeroso como había sido siempre y ella entró primera.
—Lennia, ven conmigo.
—¿Qué pasa, Larán? Sabes que no me gustan las sorpresas —dijo Lennia riendo, mientras se quitaba la chaqueta y la colgaba en el perchero.
Y vaya sorpresa que se llevó, pues en esa casa, su casa, en la que ella lo había invitado y aceptado, había más gente. Caras conocidas, amigos, su Rey.
Inmediatamente notó que algo estaba mal.
—¿Qué hacéis aquí? ¿Ha pasado algo? —preguntó ella preocupada.
Los pelos de la nuca se le pusieron de punta. Algo estaba mal en aquella reunión. Miró a Larán, confundida y este le bajó la mirada. Vió vergüenza en su cara, la sintió en su cuerpo. Poco a poco fue pasando la vista por las diferentes personas que ahora ocupaban su casa.
—¿Alguien va a explicarme algo? —volvió a preguntar ella, está vez fijando su vista en Nator.
Nator, quien no solo era su amigo o el hermano de Larán, sino que era el Rey, se limitó a apartar la vista y a apuntarla con el dedo.
—Atrapadla.
Lennia no entendía nada. Con los ojos muy abiertos por el shock miró de nuevo a Larán, su amante, su compañero, su confidente. Y volvió a ver la vergüenza y el dolor en él.
Larán la había traicionado.
No luchó mientras la esposaban con acero reforzado con sortia , una combinación que anulaba cualquier afinidad mágica que el portador pudiera tener.
No luchó mientras sus amigos apartaban la vista y ella era arrancada del interior de su casa.
No luchó mientras era conducida y encerrada en la prisión del reino.
Y no luchó en los siguientes años mientras se pudría en soledad.