Maldecida por la tierra (Saggar 1) Prólogo
1%
Maldecida por la tierra (Saggar 1)

Maldecida por la tierra (Saggar 1)

Por Anne Michelle

© inepub.com

Prólogo

L a mujer yacía en el suelo, llorando. El dolor era insoportable, pero no se rendía. Al fin y al cabo ella había elegido eso: el embarazo, el parto, su hija.

El bebé venía sano, le habían dicho; el dolor era normal, sabía por veces anteriores. Y allí seguía la mujer, rodeada de matronas y doulas, animándola y vigilando que todo saliera bien.

—Ya casi está aquí, un poco más —dijo una de las matronas, su voz suave y tranquilizadora.

La mujer notó como la tierra vibraba, a punto de dar la bienvenida a un nuevo ser; su tercer bebé, pero su primera hija.

En Saggar, su mundo, siempre pasaba igual.

Nada más nacer, la tierra otorgaba el poder que creyera necesario, creando así un camino único para cada ser.

Había quienes recibían una gota y quienes se ahogaban en él, quienes podían manifestarlo libremente, creando magia, manejando elementos o sanando con su toque y quienes jamás tendrían ninguna habilidad, pero todo el mundo recibía la esencia del mundo.

Por eso se daba a luz en el exterior, en contacto con la tierra.

No había ser nacido en Saggar que no portara la esencia de la tierra en sí mismo.

Normalmente, la tierra empezaba a vibrar al sentir que un nuevo ser iba a habitarla y, cuando esto sucedía, compartía su poder mientras el parto nutría al mundo en un ciclo sin final. Un intercambio que representaba un beneficio mayor.

Pero esa vez estaba siendo diferente.

La tierra no solo vibró, se movió. La esencia no fue rodeando la zona, la cubrió. Las matronas empezaron a inquietarse. Las doulas comenzaron a susurrar.

Las leyendas hablaban de estos nacimientos. Nacimientos que abrían un nuevo camino en la historia. Bebés que iban a marcar el futuro, trayendo consigo el cambio.

A veces positivo, a veces negativo, pero siempre necesario.

Tristemente, las supersticiones habían manchado esos cambios y la gente ya no los veía como necesidad sino como presagios del mal. Portadores de desgracias.

—No, no —lloró la mujer—. No mi bebé. Ella no puede ser portadora.

Cuando el bebé entró en contacto con la tierra, pasó.

El suelo vibró con más fuerza, la esencia subió.

Se oscureció el cielo, los animales empezaron a inquietarse, el viento comenzó a rugir.

Las doulas más cobardes huyeron de allí, llamándola Striga .

Bruja, monstruo, maldita, portadora de desgracias.

Solo quedaron una matrona y dos personas más acompañando a la mujer que acababa de dar a luz.

Unos segundos después todo se pausó. La esencia entró en la pequeña criatura y tan rápido como empezó, finalizó. El cielo volvió a ser azul, los animales se relajaron y el viento volvió a soplar en una suave brisa.

La matrona le dio la bebé, quién aún no había llorado.

—Solo va a traer desgracias. No te voy a decir que hacer porque has sido tú quién la ha llevado en tu interior, pero yo tengo muy claro qué haría si diera a luz a una Striga, —la matrona sacudió la cabeza—, no la querría cerca de mi familia.

Con esas palabras salieron y el padre entró en el recinto donde ella había dado a luz.

—Me han dicho que es un monstruo —dijo él sin ni siquiera mirar la cara de su hija.

La madre no respondió, lloraba mientras miraba a ese pequeño ser que la observaba de vuelta con sus grandes ojos dorados —el primer signo de que algo no era normal— y su pelo castaño. Esa niña que había llevado en su vientre durante nueve meses y había aprendido a amar.

—Tenemos que deshacernos de ella, Dira, —dijo el padre suavemente—, no podemos dejar que traiga la desgracia a nuestra familia.

La mujer alzó la vista con pánico en su cara. No. No. No. Su mente solo repetía una palabra .

—No tiene porque pasar nada, es solo un bebé, es tu hija. No puedes hablar así de ella, por favor, mírala.

Pero al final, no convenció a nadie y el bebé le fue arrebatado, pues en un mundo de habladurías y supersticiones, poca gente entra en razón.

Los sabios del lugar pidieron acabar con la vida de la niña, pero sus padres, no queriendo ser los verdugos, decidieron abandonarla a su suerte para que la tierra que le había dado el poder, se ocupara de ella.

Pero suerte tuvo la bebé, pues unos comerciantes la encontraron y la criaron como si fuera suya.

Hasta que un día soltó el poder que tenía guardado.

Y destruyó.

—Lennia, ¿qué has hecho? —preguntó la que ella creía que era su madre.

—Yo… yo… ¡Él me había robado las ganancias! Yo no quería, pero me enfadé y… no sé qué ha pasado.

La niña empezó a sollozar, no entendiendo como de su enfado había surgido poder para destruir medio campamento. Su madre la arropó, calmándola.

—Lo siento, lo siento mucho —dijo la mujer, meciéndola con cariño.

Lennia no sabía porqué su madre le pedía perdón, pero de repente notó cómo se colaba en su mente y la obligaba a dormir sin poder hacer nada para luchar contra el sueño. Se le cerraron los ojos, el cuerpo se le hizo pesado.

—Te dije que no la recogieras; que tenía que estar maldita si la habían abandonado. —Sonó la voz de su padre.

—Era solo un bebé, no podía dejarla ahí.

—Y mira lo que ha hecho. Sabes que no puede seguir con nosotros, Nora.

—Lo sé. Pero necesita a alguien que la guíe o todo va a acabar mal para ella y cualquiera que esté a su alrededor. —Su madre tragó saliva—. Voy a sellar su poder y a rezarle a las Diosas para que eso sea suficiente.

Las voces se fueron apagando, dando paso a susurros sin sentido.

Justo cuando ya no podía luchar más contra el sueño sintió como se le agarrotaba todo el cuerpo, seguido de una sensación opresiva que le cortó hasta el flujo de aire en los pulmones. Se estaba ahogando.

El pánico empezó a aflorar, sacándola del letargo donde se estaba sumiendo, pero tan pronto como la sensación había venido, desapareció, su cuerpo relajándose de nuevo, haciendo que volviera a rendirse ante la oscuridad.