Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO OCHENTA Y OCHO. CORBAN #2
99%

CAPÍTULO OCHENTA Y OCHO. CORBAN #2

—De acuerdo —dijo Halion—. ¿Y luego qué? ¿Adónde lleva este túnel?

—A una cueva de la playa.

Halion miró a su alrededor sin dar crédito.

—¿Cómo es posible que nadie lo haya encontrado antes?

—Un encantamiento ocultaba la entrada. La encontré por casualidad.

—Continuemos.

Corban reanudó la marcha a la cabeza del grupo.

Durante largo rato avanzaron por túneles de techos altos, siempre con la oscuridad delante y detrás.

Al principio nadie hablaba, pues todos estaban conmocionados por los horrorosos sucesos que acababan de presenciar, a los que se sumaba el asombro por estar caminando por unos túneles que pasaban por debajo de sus casas y que habían permanecido ocultos durante generaciones.

Pero la gente poco a poco comenzó a conversar en cuchicheos.

Corban, con Tormenta a su lado, se mantuvo al frente todo el tiempo mientras descendían a las profundidades del peñón. De pronto se dio cuenta de que alguien caminaba junto a él desde hacía un rato. Era su madre. Sin decir nada, le cogió la mano y caminaron así un buen trecho.

Por fin el suelo se niveló y no tardaron en encontrarse en la cueva que recordaba Corban. Era amplia y alta, y el mar entraba y salía por un canal de paredes rectas.

Corban se detuvo y fijó la mirada en las aguas tenebrosas. Halion apareció a su lado.

—El paso hacia la cueva está por allí —dijo Corban, señalando con el dedo—. Parece una pared de roca, pero es un hechizo..., de los gigantes, supongo.

Brina y Heb fueron corriendo donde señalaba Corban. Brina introdujo la mano en la pared y su brazo desapareció hasta el codo. Soltó una risita.

—Excelente —dijo Heb—. Todos estos años aquí y nosotros sin saberlo.

—Estamos cerca de la playa —dijo Halion—. Deberíamos tener claro lo que haremos al llegar allí. Aún no estamos a salvo.

Mientras debatían sus opciones, Corban oyó algo en el agua.

—¿Has oído eso? —murmuró, y le dio un golpecito a Gar.

—Sí —respondió el jefe de cuadras, que escudriñó la penumbra con los ojos entrecerrados.

Una forma emergió del agua, una masa compacta en la oscuridad, justo fuera de la luz de las antorchas.

De repente se abalanzó como un rayo sobre ellos.

Era una sierpe, con las escamas blancuzcas y chorreantes y las fauces abiertas.

Era muchísimo más grande que la que habían encontrado muerta en la cueva, y se lanzó directamente hacia Corban.

Este intentó apartarse, pero la bestia era demasiado rápida.

Entonces, Tormenta la embistió en el cuello y le clavó las garras.

El impacto desequilibró a la sierpe y la lobona la arrastró hacia abajo con su peso.

Los formidables colmillos de Tormenta se hundieron en la sierpe y la criatura soltó un sonido espantoso y comenzó a agitarse con convulsiones en el suelo.

Sus músculos se ondularon violentamente y Tormenta salió despedida por los aires, se estrelló contra una pared con un gañido y aterrizó en el suelo.

—¡No! —gritó Corban. No estaba dispuesto a perder a ningún otro ser querido esa noche. Desenvainó la espada y cargó contra la sierpe.

Los demás reaccionaron como si se rompiera un hechizo y muchos lo siguieron.

La sierpe se irguió por encima de ellos, desconcertada al ver tantos atacantes y recibir tantos golpes.

Se llevó por delante a uno de un mordisco brutal en el cuello.

Farrell se abrió paso y arremetió con el martillo de Thannon contra la cabeza de la bestia.

Sonó un crujido nauseabundo y la sierpe cayó como un saco vacío y se quedó inmóvil en el suelo.

Tarben se adelantó y le hundió la espada en un ojo.

—Nunca se sabe —dijo a los que lo miraban.

Corban corrió hasta Tormenta. La lobona se levantó con dificultad y gimió cuando Brina le examinó el hombro, pero aparte de eso parecía ilesa.

—Vivirá —sentenció Brina.

Corban suspiró aliviado.

Después de examinarse todas las heridas, se reunieron ante la pared encantada.

Halion la atravesó el primero llevando a Edana de la mano.

La hija de Brenin no había abierto la boca desde que escaparan del salón de banquetes y se dejaba llevar dócilmente, cabizbaja.

Corban los vio desaparecer en la roca. Fueron pasando el resto, entre ellos Marrock y Camlin, hasta que él fue uno de los últimos que quedaban.

—Vamos —le animó Heb.

Con él ya solo estaban Gar, su madre y Tormenta. Gar le indicó que pasara primero.

Corban cerró los ojos instintivamente al entrar en la roca y estuvo a punto de tropezarse al no encontrar resistencia, o casi ninguna.

Sintió una presión creciente en todo el cuerpo, también en los oídos, y un hormigueo en la piel...

, y entonces salió al otro lado, donde la pequeña compañía se apiñaba en un estrecho saliente.

Oyó gemir a Tormenta y se dio cuenta de que no había pasado con él. Se quedó paralizado un momento, sin saber qué hacer, y luego regresó.

Tormenta estaba delante de la pared de roca, con las orejas pegadas a la cabeza. Al ver a Corban dio una vuelta sobre sí misma gimoteando.

—No ha querido pasar —explicó Heb—. He intentado ayudarla, pero me ha mirado de una forma que dejaba claro que no quería.

Corban pasó un buen rato intentando convencerla y Gar y Gwenith la empujaron por detrás, pero no había manera.

—Venga... —masculló Corban tirando de ella—. Me estás dejando... en ridículo. Ni siquiera Craf ha montado semejante numerito.

Al final, por sugerencia de Gar, Gwenith arrancó una tira de tela de su bolsa y Corban le vendó los ojos. Luego le metió más trozos de tela en las orejas.

—Con los caballos funciona —dijo Gar casi avergonzado.

Probaron de nuevo.

Esta vez tuvieron más éxito y, cuando la cabeza y las patas delanteras de Tormenta atravesaron el hechizo, Corban le quitó la venda. Al ver el camino ante sí, la lobona saltó para acabar de pasar al otro lado. Heb fue el último en atravesar la roca.

Se hallaban en una cueva elevada, en un saliente estrecho y resbaladizo que bordeaba el lento oleaje. El agua se deshacía en espuma blanca al golpear las rocas llenas de aristas. El estrépito de las olas retumbaba en las paredes de la cueva.

El pequeño grupo se puso en marcha con cautela.

Marrock y Camlin se adelantaron para explorar el camino serpenteante.

La cueva se ensanchaba a medida que avanzaban.

Camlin regresó poco después y les pidió en voz baja que apagaran las antorchas.

Al doblar otro recodo, Corban vio que la luz de la luna se esparcía por la boca de la cueva y titilaba en el agua que lamía las rocas.

Salieron trabajosamente de la cueva y divisaron la playa de Havan no muy lejos, detrás de una estrecha masa de agua poco profunda. La tormenta había amainado y nubes ajironadas se deslizaban delante de la luna.

Todo parecía en calma, aunque los bultos oscuros que eran las barcas de pesca varadas en la orilla podían esconder muchos centinelas. Corban divisó la mancha oscura del barco de Nathair fondeado en la bahía, cabeceando a merced del oleaje.

Halion los reunió y rápidamente trazaron un plan.

Cruzaron el agua en dirección a la playa con mucho cuidado de no hacer ruido.

La marea bajaba y el agua estaba tan fría que a Corban se le cortó la respiración.

A continuación, enfilaron por la playa y Dath y Mordwyr los llevaron hasta su barca de pesca, que reposaba sobre la quilla en los guijarros.

Todo el grupo, casi una veintena de personas, aunó esfuerzos para empujar la barca hacia la orilla.

A Corban le daba un vuelco el corazón cada vez que los guijarros crujían bajo las botas y la quilla, y casi lo celebró cuando notó el agua en los pies y sintió que la barca se balanceaba suavemente mecida por el mar.

Dath y Mordwyr treparon a bordo. Los demás empujaron la barca un poco más y luego salieron disparados hacia el pequeño embarcadero de madera.

Sus botas retumbaron en las tablas mientras corrían por el pequeño muelle.

Esperaron a que Dath y Mordwyr acercaran la barca.

Corban vio que las velas se desplegaban y agitaban con la caricia del viento; de pronto se hincharon y la proa escindió las olas envuelta en espuma blanca cuando la embarcación viró para dirigirse hacia ellos.

Ninguna de las experiencias aterradoras de esa noche le había hecho pasar más miedo que esperar casi indefensos al final del embarcadero.

Levantó la vista hacia Dun Carreg, una sombra imponente a la luz cenicienta del alba, y vio el resplandor anaranjado de los incendios al otro lado de sus grandes murallas de piedra.

Por fin el barco de Mordwyr se acercó y el pescador les lanzó un cabo.

Halion lo cazó al vuelo y, entre varios, arrimaron la embarcación al muelle.

La gente subió rápidamente y la mayoría buscó un sitio en la cubierta donde desplomarse, exhaustos, aunque apenas había espacio, pues estaba pensada para tres personas.

Si querían alcanzar mar abierto deberían pasar junto al barco negro de Nathair, que cerraba la entrada de la bahía.

A bordo había faroles encendidos, pero no se veía a nadie.

Al acercarse, cuando no más de una veintena de pasos los separaban del casco negro, Corban oyó una especie de crujido o gruñido y recordó que se había burlado de Dath por los «ruidos» que decía haber oído salir de ese barco.

¿De verdad había sido la noche anterior?