CAPÍTULO OCHENTA Y OCHO. CORBAN #3
Tormenta gruñó, con las orejas pegadas al cráneo, y desde las entrañas de la nave llegó un bramido.
En la barca de pesca, nadie pestañeó hasta que dejaron atrás el barco de Nathair.
Corban, que esperaba que en cualquier momento pasara algo, no despegó los ojos de él hasta que salieron de la bahía, pero no sucedió nada más.
De pronto se encontraron en mar abierto, justo cuando el sol asomaba en el horizonte.
A Corban le pesaban los párpados y se le cerraban los ojos.
—Toma —dijo una voz a su lado—. Esto es tuyo.
Farrell le ofrecía el martillo de guerra de su padre, aún recubierto de sangre seca.
—Quédatelo. Pesa demasiado para mí. Y parece hecho a medida para ti.
Farrell miró el martillo; se notaba que la tentación era muy grande.
—No —dijo finalmente, negando con la cabeza—. Es de tu padre. No estaría bien que lo tuviera yo.
Corban levantó el brazo y se estremeció al sentir un pinchazo en el hombro. Empujó el martillo que sostenía Farrell.
—Lo digo en serio. Yo nunca podré usarlo como es debido. Por favor, me encantaría que te lo quedaras.
—¿De verdad?
—Claro. Solo te pido que lo uses para vengar a mi padre.
Farrell se quedó pensativo un momento y esbozó una sonrisa.
—Es un honor —dijo.
—Sí, así es —murmuró Corban.
—¿Y bien? —preguntó alguien en otra parte de la embarcación—. ¿Adónde nos lleva esta barca?
De pronto todos prestaron atención y las cabezas se volvieron hacia Halion y Marrock, que iban sentados en la proa con Edana entre ellos. Marrock se encogió de hombros y miró a Halion.
—La verdad es que mi único pensamiento era escapar de allí —dijo Halion a la vez que señalaba la fortaleza con un cabeceo—. Y lo hemos conseguido.
Inclinó la cabeza hacia Corban y miró a Edana. La princesa estaba sentada con las rodillas pegadas al pecho y la cara sucia surcada de lágrimas. No daba muestra de estar escuchando.
—Juré proteger a Edana, y fue la última tarea que me encargó Brenin —prosiguió Halion—. Pero ¿cuál es la mejor manera de cumplirla? Dun Carreg ha caído. Las demás fortalezas de Ardan también. —Parecía exhausto—. Narvon queda descartado, lo mismo que Cambren. ¿Qué nos queda?
Corban tuvo la sensación de que Halion estaba exponiendo en voz alta una lógica que había repasado mil veces, y recordó que Gar le había comentado que era un estratega. Pero Marrock se lo tomó como pregunta y dijo:
—Podríamos ir a Dun Crin, las antiguas ruinas de los gigantes.
Hubo gestos de asentimiento.
—Las conozco —dijo Halion—. Están en el corazón de unas extensas marismas en el extremo occidental de Ardan.
Marrock asintió.
—Es un buen sitio donde esconderse. Si corriera la voz de que Edana está allí, tal vez más gente acudiría en su apoyo y podríamos contraatacar.
—Contraatacar, sí... —murmuró Halion, pensativo—.
También sería mi primer impulso. Pero hay que anteponer la seguridad de Edana.
Si se supiera dónde está, no solo se enterarían amigos, también Owain.
—Hizo un gesto de preocupación—. Edana debe recuperar su reino, eso está fuera de toda duda, y pienso ayudarla, o morir en el intento.
Pero tenemos que decidir cuál es la mejor manera de conseguirlo.
Paseó la mirada por el pequeño grupo de gente que había en la barca con él.
—Si es verdad lo que descubrimos en el Bosque Oscuro, Rhin no tardará en atacar a Owain.
Cuando envíe sus ejércitos, cuando la única preocupación de Owain no sea consolidar su poder en Ardan, será el momento de que Edana reúna una hueste.
Pero hasta entonces nadie debe conocer su paradero.
—Hizo una pausa y luego añadió—: Llevaré a Edana con mi padre.
Son parientes, aunque más lejanos que los otros a los que hemos mencionado.
—¿Quién es tu padre? —preguntó Marrock.
Halion lo miró con una expresión inescrutable.
—Soy el hijo bastardo de Eremon ben Parloth, rey de Domhain —contestó, y se volvió para contemplar el mar.
Un murmullo recorrió la embarcación, pero nadie objetó la decisión de Halion.
A Corban de pronto le encajaron muchas cosas sobre su viejo instructor. Se fue hacia la popa y su madre lo siguió y se puso a su lado, le rodeó la cintura con un brazo y observaron Dun Carreg juntos.
Los primeros rayos del sol iluminaban sus murallas y aquí y allá oscuras columnas de humo trepaban por el pálido cielo azul.
«Mi padre está allí. Y Cywen.» Tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta y por fin brotaron las lágrimas. Se agarró a la borda para detener el temblor de sus manos.
—Ban, tengo que hablar contigo. Hay algo que debo contarte —susurró su madre.
Corban bajó la vista hacia ella y de repente la vio ajada, demacrada por la preocupación.
—Sí, mamá —dijo con la voz temblorosa—. Pero ahora no. Ahora no.
—De acuerdo —repuso Gwenith, visiblemente aliviada—. Ahora no.
Así permanecieron, contemplando cogidos de la cintura cómo Dun Carreg se iba haciendo más pequeña en el horizonte. Y Corban supo con una certeza absoluta que nada volvería a ser igual. Su vida acababa de cambiar de manera irreversible y para siempre.