CAPÍTULO OCHENTA Y OCHO. CORBAN
CAPÍTULO OCHENTA Y OCHO
CORBAN
Los pasillos estaban oscuros y en silencio; solo de vez en cuando se colaba, a través de alguna puerta abierta, el rumor lejano de la batalla.
Corban y Gar no tardaron en alcanzar al resto del grupo, formado por una veintena de personas.
Corrieron casi sin hacer ruido por el laberinto de pasillos hasta que Halion por fin se detuvo en una cámara.
Corban se dio cuenta de que era el dormitorio de Brenin.
Una enorme cama de madera tallada dominaba la estancia.
Halion salió a un balcón y ayudó a la gente a saltar la pequeña altura que lo separaba de la calle desierta.
Marrock y Camlin fueron los primeros en bajar para explorar la calle y luego hicieron señas para que el resto los siguiera.
Corban se quedó en la cola del grupo y ayudó a su madre a pasar al otro lado de la barandilla. Ya solo quedaban Gar, Farrell y Halion.
De pronto lo asaltó un temor.
—Tormenta no va a saltar —anunció—. Si no ve lo que hay al otro lado, no saltará por encima de la barandilla.
—Déjame a mí —dijo Farrell con decisión. Se asomó abajo y gritó—: ¡Apartaos!
A continuación, levantó el martillo de Thannon y demolió un buen trozo de barandilla. Los escombros cayeron a la calle. Cuando acabó, sonrió y se encogió de hombros, casi avergonzado de sí mismo.
Ya solo quedaba Corban por bajar y tuvo que animar a Tormenta para que los siguiera.
—Bien —dijo Halion, reorganizando al pequeño grupo—. Ahora tenemos que llegar cuanto antes al estanque.
Se pusieron en marcha como una masa irregular y titubeante que lideraba Marrock; Corban y Tormenta se quedaron en la cola, con Gar a un lado y Farrell al otro. Camlin cerraba el grupo y no paraba de mirar atrás.
De vez en cuando oían el retumbar del combate, pero nunca tan cerca como para verlo. Estaban en la parte trasera de la fortaleza, y el grueso de la batalla se desarrollaba todavía entre la Puerta de Piedra y la torre de Brenin.
Corban echó un vistazo por encima del hombro y atisbó un destello negro en el cielo, iluminado por el resplandor naranja de los edificios incendiados.
Lo vio de nuevo y oyó el batir de unas alas, y entonces Craf pasó volando por encima de la cabeza de Brina, que iba un poco más adelante.
Sin saber muy bien por qué, le reconfortó que el viejo y desaliñado cuervo siguiera con ellos. Ya había habido demasiadas muertes.
Corría con el gesto desencajado porque el escudo le rozaba el hombro herido.
Aun así, podía mover el brazo y levantarlo, por lo cual daba gracias, aunque fuera a costa de soportar un dolor atroz.
Entonces, sin previo aviso, un grupo de guerreros se precipitó en tropel desde una calle lateral; eran unos veinte, tal vez más, todos con la capa roja de Narvon.
No vieron a la pequeña partida de Corban hasta que Marrock chocó con ellos.
Halion y los guerreros continuaron en línea recta y abrieron una brecha en el sorprendido grupo enemigo.
Farrell lanzó un rugido e hizo molinete con el martillo de Thannon como si hubiera nacido para empuñarlo.
Tormenta se abalanzó gruñendo sobre un hombre paralizado por el terror y cerró sus fauces alrededor de su cuello y su cara mientras lo abría en canal con las garras.
Camlin se introdujo sigilosamente en la escaramuza y asestó espadazos a diestra y siniestra.
Con una punzada de dolor, Corban también desenvainó la espada y se lanzó a la refriega con Gar cubriéndole el flanco herido. Todo acabó en un abrir y cerrar de ojos cuando Tormenta derribó al último hombre de Narvon que quedaba en pie.
Halion hizo un recuento rápido. Solo habían sufrido una baja. Aun así, había unos cuantos heridos. Dath tenía la cara ensangrentada y Tarben cojeaba, pero nada parecía grave. Mientras se reagruparon, oyeron gritos cerca.
—Hay que moverse —dijo Halion en voz baja—. Hemos hecho mucho ruido. Es posible que nos hayan oído.
Echaron a correr, pero no tardaron en oír que el enemigo descubría los muertos de la escaramuza y emprendía la persecución.
Corban llevaba un rato corriendo, con la vista fija en el empedrado, cuando algo hizo que levantara la cabeza.
Vio que Brina y Heb se rezagaban. Al principio pensó que se debía a que no podían mantener el ritmo; de todas formas, al alcanzarlos se dio cuenta de que esa no era la razón.
Ni siquiera resollaban. Los dos se detuvieron y se dieron la vuelta para encarar la oscuridad que había a la espalda.
Corban se acercó y, cuando abrió la boca para apremiarlos, vio que murmuraban para sí.
Pero no era eso exactamente; más bien canturreaban, o entonaban algo, en susurros.
Lanzó una mirada a Gar y luego se volvió atrás; el sonido de pasos sonaba cada vez más cerca.
Devolvió la vista al frente decidido a obligar a Brina y a Heb a seguir corriendo, pero se quedó paralizado.
Del suelo brotaba una niebla, como una nube de vapor, pero mucho más densa, que comenzó a extenderse por la calle.
Brina se tambaleó y Heb la sujetó. Se miraron, asintieron y salieron disparados tras el grupo, que ya desaparecía delante de ellos. Desde arriba llegó el sonido de un aleteo.
—Esto no me gusta nada —murmuró Farrell con los ojos fijos en la niebla, que seguía creciendo a un ritmo inquietante y se precipitaba calle abajo.
—A mí tampoco —repuso Corban.
Y, como uno solo, los dos amigos se dieron la vuelta y echaron a correr para alcanzar a Heb y a Brina.
—¿Qué ha sido eso? —interrogó Corban a Brina cuando el grupo por fin se detuvo para recuperar el aliento—. ¿Qué has hecho?
—¿Será posible que me vengas ahora con tus preguntas...? —Brina puso los ojos en blanco y se apartó de él—. No es el momento.
—Corban —le llamó Halion—. Vamos, enséñanos ese túnel.
Corban los condujo al otro lado del estanque y bajó los escalones hasta la cueva que conducía al pozo. Se detuvo nada más entrar al darse cuenta de que no llevaba un pedernal para encender las antorchas.
Tras una breve conversación con Halion, Marrock y Camlin sacaron a toda prisa los pedernales de las bolsitas de sus cinturones y encendieron las antorchas que había en los soportes de hierro de las paredes.
En silencio, como un cortejo fúnebre, fueron entrando en la cueva, con la esperanza y la duda grabadas en el rostro.
Sin perder un segundo, Corban se arrodilló y se tumbó bocabajo para acercarse al borde del pozo mientras su madre le sujetaba las piernas.
Buscó a tientas hasta que encontró el hueco con la manilla fría y la giró.
Detrás de él sonó un siseo seguido de un chasquido y el grupo dejó escapar un grito ahogado colectivo cuando pudieron ver la puerta.
Corban se incorporó y no pudo evitar sonreír al ver sus caras de incredulidad. Se acercó a la puerta de piedra y la abrió acompañado por el chirrido de los goznes.
—Un momento —dijo Halion—. ¿Quién más sabe esto?
Corban se encogió de hombros e hizo una mueca de dolor.
—Que yo sepa, nadie —respondió. «Salvo Cywen.»
—Mi padre lo sabe. Y tal vez un par de personas de su séquito —dijo una voz desde el grupo. Pertenecía a Vonn, que dio un paso al frente—. Al menos que yo sepa.
—¿Y por qué íbamos a creerte? —escupió Dath, que fulminó con la mirada al hijo de Evnis.
Vonn le clavó una mirada beligerante.
—Es verdad que mi padre es un traidor. Pero yo no.
Juré lealtad a Brenin, a Ardan. No romperé mi juramento tan a la ligera como él...
—Se interrumpió, con la voz a punto de quebrársele—.
Y yo también he perdido a alguien esta noche.
Alguien que significaba mucho para mí. —Miró alrededor con expresión desafiante—.
Desde esta noche mi lealtad no está con mi padre.
Halion lo miró detenidamente y asintió.
—Puedes venir con nosotros. Pero que te quede clara una cosa: te vigilaremos, y si nos traicionas, morirás.
Vonn asintió con la cabeza y cruzaron la puerta. Corban vio que su madre se detenía nada más pasar al otro lado.
—Cywen —recordó—. No puedo abandonarla. Tengo que volver.
—Yo volveré a por ella en cuanto Ban y tú estéis a salvo —dijo Gar—. Piensa, Gwenith, por favor. No puedes regresar. —Miró de reojo a Corban y de nuevo a ella.
La mujer permaneció quieta y comenzó a temblar cuando brotaron las primeras lágrimas en sus ojos.
—Tengo que volver —imploró.
—No la encontrarás —dijo Marrock al cruzar la puerta en último lugar—. La vi...
—¿Dónde? —espetó Gwenith—. ¿Cuándo?
—La vi caer —respondió Marrock pronunciando cada palabra muy despacio—. Desde el adarve de la Puerta de Piedra.
—¿Qué? —susurró Gwenith—. No... no entiendo.
—Estaba luchando con Conall. —Marrock miró a Halion, que se volvió al oír el nombre de su hermano.
—¿Has dicho Conall? —preguntó con aspereza.
—Sí. Está implicado en la traición de Evnis. Estaba en las puertas —aseveró Marrock—. Cywen estaba arrojando sus cuchillos a esos guerreros, los que son como Sumur, y Conall intentó detenerla. Los dos cayeron de la muralla. —Sacudió la cabeza.
Gwenith soltó un sollozo desgarrador, se dio la vuelta y se internó en la oscuridad del túnel, seguida por Gar. Marrock miró a Corban.
—Muchos lloraremos cuando acabe esta noche.
Corban no pudo hablar; de pronto sentía náuseas y un cansancio terrible.
—Vamos, tenemos que irnos —dijo Halion, bregando con su propia pena.
Corban empujó la puerta para cerrarla.
El trayecto por los túneles le pareció como si caminara por la niebla mientras lo acosaban los recuerdos de Cywen; casi sentía que su hermana caminaba a su lado.
Por fin llegaron a la vasta cámara circular en la que Corban ya había estado. El cadáver de la sierpe seguía allí, aunque mucho más descompuesto que la última vez. Grandes tiras de piel colgaban sueltas del esqueleto y debajo brillaban las vértebras. Además, apestaba.
El grupo se detuvo para contemplarlo.
—¿Falta mucho? —preguntó Halion.
—Aquí dentro se pierde la noción del tiempo —respondió Corban—, pero creo que estamos a mitad de camino, más o menos.