CAPÍTULO OCHENTA Y SIETE. KASTELL
CAPÍTULO OCHENTA Y SIETE
KASTELL
Kastell avanzaba con el resto del grupo por un amplio sendero en espiral que rodeaba un vasto y oscuro espacio vacío. Se acercó con cautela al borde para asomarse y muy abajo distinguió un resplandor azulado.
Caminaban en silencio y solo se oían sus pasos y el crujido del cuero.
El aire era denso y estaba cargado de un olor rancio, antiguo, más intenso a medida que descendían.
Kastell empezó a inquietarse. ¿Encontrarían más gigantes abajo?
Por alguna razón que no podía explicarse, la última batalla en el túnel le había parecido definitiva; los Hunen habían luchado con una ferocidad inusitada, como si fueran el último foco de resistencia.
Pero los Hunen eran imprevisibles. Rememoró la batalla entre los túmulos, la niebla asfixiante y el suelo convertido en una ciénaga.
Se estremeció al recordar cómo se hundían los guerreros hacia una muerte atroz.
Entonces el suelo se niveló y alzó la vista.
Ante ellos había dos largas filas de gigantes arrodillados. Kastell se apresuró a blandir la espada y de repente se sintió ridículo.
Estaban muertos. Desde hacía mucho. Los esqueletos se mantenían erguidos gracias a las rígidas cotas de cuero y malla y empuñaban hachas o martillos de guerra que se apoyaban en el suelo de piedra, encajados en pequeños orificios.
Repartidos entre las dos filas de guerreros muertos se alzaban unos postes altos con unos cuencos de llamas azules.
El grupo se desplegó y avanzó con cautela por el amplio túnel.
Kastell atisbó en el fondo un fulgor azulado.
Miró con recelo a los Hunen muertos, casi esperando que se tratase de alguna clase de encantamiento nuevo.
No le habría sorprendido que cobraran vida y los atacaran.
Tuvo la sensación de que lo observaban y se le puso la carne de gallina; pero en esos rostros apergaminados, donde una vez habían brillado los ojos solo había cuencas negras y vacías.
Trenzas de pelo ralo y largos bigotes enmarcaban cráneos angulosos y descarnados, cubiertos por una piel tirante desde quién sabía cuándo.
Según se acercaba al fondo de la vasta caverna, vio a Romar. Y entonces comprendió qué era lo que había allí.
Encima de una amplia tarima había un sillón de piedra, un trono, y en él estaba sentado el cuerpo de un gigante.
Tenía puesta una coraza de hierro formada por pequeñas placas en forma de hoja, cada una cosida individualmente al cuero que se atisbaba debajo.
Las inquietantes llamas azules titilaban sobre el hierro deslustrado, el casco adornado con crines de caballo y las grebas.
Unas manos huesudas aferraban la larga asta de un hacha de doble filo, forjada en un metal que parecía distinto al hierro que se veía en el resto de la cámara; era oscuro y daba la impresión de que absorbía la luz de las antorchas en lugar de reflejarla.
Kastell había visto esa hacha antes, en una cámara de Mikil, custodiada como un tesoro.
—Mi hacha —susurró Romar.
Alcyon y Calidus pasaron junto a Kastell con una veintena de Jehar. Él miró atrás y vio que más guerreros vestidos de negro se desplegaban por la sala y se mezclaban con lo que quedaba de los Gadrai y los hombres de Isiltir.
Alcyon y Calidus se aproximaron a la tarima. Calidus se detuvo y Alcyon subió los escalones, agarró el hacha y la extrajo con delicadeza de las manos del esqueleto. La sostuvo ante sus ojos y su rostro adquirió una expresión de asombro y fascinación.
—¡Un momento! —saltó una voz, áspera en el silencio casi reverente—. ¡Esa es mi hacha!
Alcyon miró al rey de Isiltir con sus pequeños ojos negros.
—Es el hacha de Dagda —replicó quedamente, casi en un susurro, aunque sus palabras llegaron a todos los rincones de la cámara.
—¿Dagda? ¿Quién es ese?
—Es uno de los siete antepasados, el portador del hacha de piedra de las estrellas —explicó Alcyon como si recitara una antigua ley—. Esta hacha es uno de los Siete Tesoros.
—Ya lo sé —repuso Romar—. Y es mía. Dámela.
—Pertenece a Nathair —afirmó Calidus—. La reclamo como nuestro único botín, como recompensa por la ayuda prestada. Sin nosotros, nunca habrías llegado a Haldis, y mucho menos la habríais conquistado.
—¿Cómo dices? —exclamó Romar—. ¡Nada de eso! Nadie os invitó a venir. Os unisteis a nuestra causa sin que os lo pidiera u os necesitara. ¿Y ahora pretendéis quedaros con el mayor trofeo de esta guerra? —Romar dio un paso hacia el hacha con una evidente actitud desafiante.
—Reclamo esta hacha como trofeo para Nathair, rey de Tenebral, nuestra Estrella Brillante, el Seren Disglair —entonó Calidus.
Kastell frunció el ceño. No comprendía el significado de esas últimas palabras, pero percibió su efecto en los guerreros de negro que lo rodeaban y reparó en que se preparaban para intervenir.
—¿Nathair? —tartamudeó Romar—. ¿El Seren qué? Nathair no es más que un crío, un matarreyes, y no va a sacar nada de esto. No pienso permitir que se enriquezca a costa de la sangre que nosotros hemos derramado. Vamos —añadió, con la mirada clavada en Alcyon—, dámela.
—No —se negó Alcyon con fiereza.
Romar puso un pie sobre la tarima, pero Calidus se plantó delante de él.
—¡Apártate! —bramó Romar, que lo empujó.
Pero Calidus lo agarró y lo obligó a volverse hacia él.
Romar forcejeó para soltarse.
—¡Suéltame! —masculló, y bajó la mano a la empuñadura de la espada.
Su guardia de honor se adelantó.
Romar alzó la vista justo a tiempo de ver cómo descendía el hacha de Alcyon antes de que se le hundiera en el hombro desde la clavícula hasta las costillas.
Un breve silencio sepulcral precedió el caos.
Los hombres de Romar se lanzaron hacia Calidus y Alcyon y los Jehar corrieron a protegerlos. De repente, en torno a Kastell estalló una batalla tan feroz como la que habían librado contra los Hunen en la superficie.
Kastell alzó espada y escudo y se movió instintivamente hacia Maquin para cubrir el flanco herido de su amigo. Juntos contemplaron atónitos la violencia que se había desatado a su alrededor.
Sus hermanos de espada de los Gadrai caían uno tras otro ante unos oponentes que poseían una velocidad y una elegancia como jamás había visto en un espadachín; todos parecían rivalizar con Vandil.
Orgull combatía cerca de ellos y derribó a uno de los Jehar por pura fuerza bruta, pero otro ocupó inmediatamente su lugar y se puso a intercambiar golpes con el guerrero calvo para frenar su avance hacia el cuerpo de Romar.
Entonces vio venir hacia él un guerrero con la espada en alto y se dio cuenta de que era una mujer.
Detuvo el golpe, pero la guerrera aprovechó el impulso para darse la vuelta y asestar un tajo que lo habría desjarretado si Maquin no hubiera intervenido para desviar la hoja.
La guerrera se volvió hacia el veterano herido y al instante detectó su punto débil.
Kastell bloqueó el espadazo dirigido a Maquin y la guerrera volvió a atacarlo con una ráfaga de golpes dirigidos a su cabeza y su cuello.
Kastell cayó de espaldas al suelo y la espada de la Jehar cortó silbando el espacio que hacía un momento ocupaba su pescuezo.
No hizo caso a su instinto y, en vez de ponerse a salvo, rodó hacia su oponente y le embistió las piernas.
La guerrera cayó al suelo y Kastell le estampó el escudo en el hombro cuando ya se estaba levantando.
La Jehar se derrumbó de nuevo, Maquin le hundió la espada en la garganta y, tras una última convulsión, se quedó completamente inmóvil en el suelo.
Kastell permaneció tendido un momento, agradecido y un poco sorprendido de seguir vivo.
Cuando se levantó, la batalla se había extendido por toda la cámara, ahora fragmentada en duelos individuales.
Vandil era un torbellino y sus dos espadas giraban y despedían chispas al chocar con la hoja curva y larga de un Jehar.
Hizo una pirueta y hundió una de las espadas en el pecho del adversario.
La hoja quedó atascada en el cuerpo del Jehar y Vandil tiró con fuerza. Y entonces Alcyon apareció a su lado.
El gigante arremetió con el hacha, pero Vandil lo vio venir y levantó la otra espada para detenerlo.
Sin embargo, Alcyon había imprimido tanta fuerza al golpe que el hacha impactó en el pecho del capitán de los Gadrai y lo lanzó hacia atrás con una explosión de sangre y huesos.
Vandil se deslizó por las losas del suelo y se detuvo con un brazo torcido bajo el cuerpo. No se movió.
—¡Vamos! —gritó Maquin.
Kastell y él corrieron hacia su líder caído cuando un estruendo resonó a su espalda y Kastell vio cómo otro Jehar se abalanzaba sobre Maquin.
Entonces apareció Orgull y hundió la punta de la espada en la espalda del atacante.
Los tres tropezaron con el esqueleto de un gigante y desaparecieron envueltos en una lluvia de huesos.
Kastell ya se disponía a lanzarse contra el enemigo cuando una figura se interpuso en su camino. Era Jael, su primo, y sonreía con una espada en la mano.
—¡Quita de en medio! —explotó Kastell.
—Tenemos que hablar —dijo Jael.
—¿Qué? —exclamó desconcertado Kastell. ¿Quieres hablar? ¿Aquí? ¿Ahora? —intentó apartarlo, pero vio tarde el movimiento.
Logró desviar la estocada por los pelos, pero no se salvó de recibir un tajo profundo en el brazo.
—Pero ¿qué haces? —espetó con los dientes apretados, mirando primero la herida y luego a su primo.
—Reclamar mi trono —respondió Jael, y asestó otro espadazo.
Las espadas chocaron y Jael presionó. Kastell detuvo una estocada, lanzó otra al pecho de Jael y vio cómo su hierro giraba al tiempo que Jael se colaba en su guardia y le propinaba un codazo en la barbilla.
Kastell retrocedió un paso y notó el sabor de la sangre en la boca. De repente sintió una punzada de dolor en el estómago, como si hubiera recibido un puñetazo. Miró abajo y vio una espada clavada en el vientre.
Le flaquearon las piernas y un cansancio terrible lo invadió. Sintió frío.
Jael extrajo la hoja de un tirón, riendo.
—Te debía esta —dijo.
Kastell intentó responder, pero no le salió la voz. Notó que se caía y se le nubló la vista, y luego sintió el frío de la tierra en la mejilla. Las botas de Jael fueron lo último que vio.