Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO OCHENTA Y SEIS. CORBAN #3
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CAPÍTULO OCHENTA Y SEIS. CORBAN #3

Dos hombres se desplomaron con un cuchillo en la espalda antes de que Corban los alcanzara, y recordó quién había enseñado a Cywen a arrojarlos.

Levantó el martillo a duras penas, pues en realidad pesaba demasiado para él, y el golpe que quería asestar en la cabeza de su objetivo acabó en sus riñones.

No obstante, fue igual de efectivo, y sintió cómo los huesos se hacían añicos.

Blandió de nuevo el martillo y su madre apareció a su lado y hundió una lanza en un hombro mientras Tormenta gruñía, desgarraba y despedazaba.

Los hombres de Evnis intentaron darse la vuelta para hacer frente a esa nueva amenaza, pero Halion y los suyos liquidaron en un abrir y cerrar de ojos a los distraídos y acorralados guerreros.

Corban vio a Camlin, Marrock y Tarben, y sintió un alivio inmenso al ver también a Dath y a Farrell, pálidos, pero en pie.

En el grupo también estaban Brina y Heb, detrás de todo, junto a una Edana que lloraba desconsoladamente.

Las llamas aún oscilaban en el hogar, rodeadas de muerte y destrucción.

En un rincón en penumbra, junto a una mesa destrozada, los gemidos de la pena se alzaban nítidos en la breve tregua.

Corban entornó los ojos para ver a través del fuego y distinguió la figura de dos hombres arrodillados en el suelo.

Uno era Mordwyr, el padre de Dath, con el rostro desencajado; pero el llanto procedía del hombre que estaba a su lado, que no era otro que Vonn, que sostenía la cabeza de Bethan en el regazo.

En todo el salón ya solo había movimiento junto a la mesa alta, donde Gar seguía luchando, aunque de los diez Águilas solo quedaban dos en pie.

Corban avanzó unos pasos hacia él, seguido por un pequeño grupo que se desplegó a su alrededor, pero antes de llegar vio cómo Gar bloqueaba un golpe descendente y en el mismo movimiento degollaba a su adversario.

El cuerpo sin vida del guerrero aún no había caído del todo cuando Gar dio un paso lateral, giró sobre sí mismo a la vez que invertía el agarre de la espada y hundió el hierro en el vientre del último Águila, que ya se abalanzaba por su espalda.

Gar permaneció inmóvil un instante. Luego retiró la hoja, la hizo girar en el aire y volvió a invertir el agarre mientras el cuerpo de su enemigo se desplomaba. Se volvió hacia Nathair y Sumur.

Sumur dio un paso al frente, lento y elegante, con la espada aún enfundada a la espalda.

—¿Qué haces aquí, hermano de espada? —preguntó.

Gar no respondió; se limitó a cambiar ligeramente la posición de los pies.

—Deberías contestar cuando te hago una pregunta —prosiguió Sumur—. Soy señor de Telassar, señor de los Jehar; tu señor, ¿no es así?

—Tukul es mi señor —replicó Gar.

Sumur negó con la cabeza.

—Siempre fue un iluso. No estaba hecho para esto. Dime, ¿dónde está? ¿Aquí, en Dun Carreg? ¿En Ardan? ¿Acaso te ha abandonado?

—Él jamás haría eso —aseguró Gar.

Sumur se mostraba imperturbable.

—Piensa lo que quieras; tu misión ha fracasado. Vamos, envaina la espada y únete a mí. Mira, tienes ante ti al Seren Disglair.

Hizo un gesto hacia Nathair, que permanecía erguido, regio, y dedicó a Gar una sonrisa cálida.

Gar lo miró con desprecio.

—Eso no es posible —dijo, y lanzó una mirada fugaz hacia Corban.

Sumur siguió su mirada y observó a Corban. Se fijó en la lobona que lo acompañaba.

—Tú y yo tenemos mucho de lo que hablar —dijo—. Vamos, envaina la espada. Únete a mí.

—Siempre fuiste hábil con las palabras —repuso Gar—.

Tal vez engañaras a mi padre con tus mentiras y te alzaras como señor en su ausencia, pero a mí nunca me engañaste.

Ya habrá tiempo para hablar cuando mi alma haya cruzado el puente de las espadas.

Hasta entonces, dejaré que hable mi hoja.

—Flexionó la muñeca y la punta de su espada giró y trazó un círculo en el aire.

—Así sea —dijo Sumur como si nada—. Cuando acabe contigo, arrancaré algunas respuestas de tu muchacho y de su lobona.

En lo que duró un parpadeo Sumur ya tenía la espada en la mano.

Oyó más que vio la primera acometida. Saltaron chispas de los hierros cuando chocaron convertidos en unas manchas borrosas y ambos contendientes giraron sobre sí mismos y se separaron.

Por cómo respiraban, no parecía que ninguno estuviera fatigado, y comenzaron a caminar en círculo, midiéndose con la mirada, evaluándose.

Sumur se detuvo de pronto, cambió el pie de apoyo y atacó con la espada levantada por encima de la cabeza.

Gar giró para esquivar la hoja curva que descendía por el aire y lanzó una estocada hacia la cintura de Sumur, que se escurrió a tiempo.

Las espadas volvieron a chocar e intercambiaron más golpes de los que Corban fue capaz de contar.

Gar se agachó y lanzó un tajo a los tobillos de Sumur, que saltó y arremetió contra la cabeza de Gar.

El jefe de cuadras se echó a un lado y la espada de Sumur pasó a un pelo de él.

Gar se lanzó hacia su oponente con un giro, asestó un par de espadazos y se escabulló con elegancia.

Sumur se tomó un momento y miró hacia abajo. Se descubrió dos finas líneas rojas en el cuerpo, una en el antebrazo y la otra en el pecho. Eran cortes superficiales, nada grave, pero demostraban quién era el más rápido, aunque solo fuera por una fracción de segundo.

Corban se dio cuenta de que estaba tan hechizado por la intensidad y la destreza de los duelistas que contenía la respiración.

Nunca había visto nada ni remotamente parecido; el Juicio de las Espadas entre Tull y Morcant parecía ahora un juego de niños torpes en comparación con ese espectáculo letal y despiadado.

Miró a su alrededor y vio que todo el mundo contemplaba igualmente absorto esa danza de vida y muerte que se representaba ante ellos.

Por un instante hasta se olvidaron de la batalla que aún rugía fuera.

El estrépito del choque de hierros atrapó de nuevo toda su atención. Los dos guerreros giraban y se arremolinaban como si fueran llamas, y por un momento Corban no alcanzó a distinguirlos.

Entonces uno de ellos retrocedió hacia un bulto en el suelo.

Corban se dio cuenta de que era el cadáver de su padre y se le escapó un gemido al reconocerlo.

Buddai todavía montaba guardia en soledad.

El pie del guerrero rozó el brazo de Thannon y Buddai le mordió la bota.

Por un momento, menos de lo que dura un parpadeo, el hombre perdió el equilibrio y, antes de que pudiera salirse de su alcance con una pirueta, la espada de su oponente cortó el aire y le hizo un tajo profundo en el hombro.

El guerrero se palpó la herida. Corban dio un grito ahogado al ver que era Gar.

De pronto, Corban temió por la vida de Gar.

Su confianza en él y en su destreza se desvaneció.

Gar empuñaba la espada con las dos manos; ¡necesitaba los dos brazos para manejarla como era debido!

Era un duelo donde el más pequeño detalle podía inclinar la balanza hacia un lado u otro, y ambos lo sabían.