CAPÍTULO OCHENTA Y SEIS. CORBAN #2
Thannon arremetió con el martillo contra uno de ellos, pero el resto de los escudos absorbieron la fuerza del impacto y el muro resistió.
El herrero torció el gesto y asestó otro martillazo.
Buddai se lanzó hacia delante y hundió los dientes en la pantorrilla de un guerrero.
Se oyó un alarido y el escudo bajó apenas unos centímetros...
, y el martillo de Thannon golpeó de lleno el casco del hombre, que cayó fulminado.
Thannon se abalanzó hacia el hueco abierto en la formación, pero los guerreros lo cerraron con rapidez y la punta de una espada alcanzó a Buddai.
El perro soltó un gañido y se derrumbó. Thannon arremetió con ferocidad contra los escudos para llegar a su perro.
Corban dio un grito ahogado al ver que una multitud de espadas cortas salía disparada hacia delante, como si brotaran de los mismos escudos, y su padre emitió un gruñido de sorpresa cuando los hierros lo atravesaron.
Corban abrió la boca, cogió aire para gritar y salió disparado para ayudar a su padre. Pero algo impactó en su costado y lo derribó. Consiguió mantener agarrados la espada y el escudo y levantó la cabeza a tiempo de ver que Helfach y Rafe avanzaban hacia él con las armas desenvainadas.
—Ya nadie puede ayudarte, chico —le soltó el cazador.
Corban se levantó del suelo y buscó desesperadamente a su padre con la mirada.
Lo vio retroceder del muro de escudos dando tumbos y apoyar una rodilla en el suelo.
Dio un paso hacia él, pero Rafe se interpuso en su camino.
Con una rabia que nacía del pánico, Corban arremetió a lo loco con la espada contra el hijo del cazador, que repelió el ataque sin esfuerzo.
La turbación casi había hecho que se olvidara de Helfach, pero se acordó de él cuando el cazador asestó un espadazo dirigido a sus costillas.
Corban detuvo el golpe con el escudo, bloqueó otro de Rafe con la espada e intentó mantener a ambos frente a él.
Si no era capaz de concentrarse, estaría muerto antes de poder ayudar a su padre.
Helfach y Rafe atacaron casi a la vez, uno por la izquierda y el otro por la derecha.
Corban detuvo el golpe de Helfach con el escudo, desvió la hoja de Rafe y retrocedió un paso.
Ellos insistieron en el ataque, pero Corban no cedió más terreno y estampó el escudo en el rostro de Helfach al mismo tiempo que lanzaba un golpe a Rafe con la empuñadura de la espada.
El cazador retrocedió entre tambaleos, pero Rafe esquivó el golpe y lanzó un tajo al costado de Corban.
Con la esperanza de haber dejado fuera de combate a Helfach, aunque solo fuera brevemente, Corban giró sobre sí mismo y rechazó la acometida dirigida a sus costillas.
Acto seguido se adelantó con el escudo en alto, asestó un espadazo bajo de lado a lado y sintió cómo la hoja hendía carne. Rafe gritó.
Corban vio el terror en los ojos de su enemigo solo un instante antes de que un dolor cegador le atravesara el hombro y el mundo comenzara a girar a su alrededor.
Cayó al suelo. Cuando alzó la vista vio a Helfach sonriendo con los ojos desorbitados.
De su nariz destrozada y de la punta de su espada chorreaba sangre.
—Aquí se acaba todo, chico —sentenció el cazador, y levantó el arma.
De repente, Corban oyó un gruñido grave y cavernoso y el cazador desapareció de su vista arrollado por una maraña de pelo y colmillos.
Lobona y hombre rodaron por el suelo, y cuando se detuvieron, Tormenta estaba encima, con las fauces cerradas alrededor de la garganta del cazador, que golpeaba en vano a la lobona con brazos y piernas.
Tormenta dio un violento tirón con los dientes y un chorro de sangre surcó el aire.
Los pies de Helfach dieron unas breves sacudidas nerviosas antes de quedarse completamente quietos.
Corban se incorporó un poco mareado. El dolor se irradiaba desde la herida que le había hecho Helfach en el hombro izquierdo.
Rafe reculó a trompicones hasta que la batalla lo engulló de nuevo.
Pero a Corban solo le preocupaba su padre, que había logrado ponerse en pie y sangraba por una multitud de heridas.
Nathair se abrió paso entre sus escoltas acompañado por Rauca. En la mano llevaba una mortífera espada corta.
Corban vio que su padre blandía el martillo, pero el golpe que asestó fue torpe y sin fuerza.
Rauca se agachó para evadirlo y propinó una patada atroz en las costillas a Buddai.
A continuación, Nathair se acercó y hundió la espada en el pecho de Thannon.
Permanecieron inmóviles un instante, y luego el herrero se desplomó hacia atrás.
Corban lanzó un grito desgarrador y dio unos pasos tambaleantes hacia su padre.
Pero entonces una figura pasó como una exhalación junto a él.
Era Gar, con una espada curva terciada a la espalda.
El jefe de cuadras iba directo hacia Nathair y Rauca, pero el capitán de la Guardia del Águila lo vio y empujó a Nathair para ponerlo a salvo en el muro de escudos; luego levantó la espada y arremetió contra Gar.
Este se agachó para esquivarla, rodó por el suelo y se levantó a su espalda al mismo tiempo que desenvainaba la suya.
La espada salió de su funda con fluidez y el jefe de cuadras la empuñó con las dos manos.
Rauca se dio la vuelta en el mismo instante en que Gar asestaba el mandoble y la espada hendió cuero, cota de malla, carne y hueso desde el hombro hasta la cadera.
Durante un largo instante suspendido en el tiempo, los miembros de la Guardia del Águila que quedaban se limitaron a mirar a Gar; también Sumur y Nathair.
Sumur dio un paso al frente.
—No es posible... —logró decir, incrédulo.
Una mano se posó en el hombro derecho de Corban y su madre apareció a su lado, con la lanza que él había dejado hundida en las costillas de aquel guerrero.
El pánico se adueñó de él por un momento, pues su madre no debería estar allí, pero entonces corrieron juntos hasta Thannon.
Buddai se había tumbado al lado de su amo y le daba golpecitos en la mejilla con el hocico.
Gimió cuando Corban y Gwenith se arrodillaron junto a ellos.
El rostro ceniciento de Thannon contrastaba con el vivo color rojo de sus heridas. Corban apretó la mano de su padre y lo miró con impotencia. Su madre le levantó la cabeza y la apoyó en su regazo.
—Aguanta —le imploró Corban, e hizo una mueca al darse cuenta de lo inútiles que eran esas palabras.
Thannon intentó hablar, pero solo salió un gorgoteo de su garganta.
—Por favor... —suplicó Corban acariciándole la mano.
Cada estertor era más anheloso que el anterior y pasaba más tiempo entre uno y el siguiente. Thannon miró a su hijo a los ojos. Y murió.
Gwenith dejó escapar un sollozo sobrecogedor y aferró la mano de su marido.
Corban se sintió perdido y le costaba respirar.
Levantó la cabeza y, al ver que Nathair lo observaba, sintió una emoción nueva, una rabia como no había experimentado nunca que nacía en lo más hondo de su ser. Nathair le sostuvo la mirada.
—Te mataré —aseveró Corban.
—Traedlo aquí —ordenó Nathair, señalándolo.
Los Águilas se movieron y el muro de escudos se abrió.
—¡Llevaos al chico de aquí! —bramó Gar. Se adelantó para hacer frente a los guardias restantes, que comenzaron a rodearlo con cautela.
—Pero ¿adónde? —preguntó Gwenith todavía conmocionada.
—Id hacia allí. —Gar sacudió la cabeza hacia el fondo del salón, donde los supervivientes del banquete se habían agrupado en torno a Halion y Edana y luchaban con los últimos hombres de Evnis.
Gwenith miró en esa dirección, pero era incapaz de moverse y de contener las lágrimas.
—Corban es lo único que importa —espetó Gar—. ¡Muévete! ¡Vamos!
El jefe de cuadras arrastró unos centímetros los pies para obstaculizar cualquier intento de llegar a Corban y Gwenith por parte de la Guardia del Águila.
Gwenith acarició el rostro de Thannon a modo de despedida, se levantó del suelo y empujó a Corban.
Este arrancó el martillo de guerra de las manazas del herrero. Buddai no quiso separarse de su amo.
Corban miró a Gar. No quería abandonar el cuerpo de su padre ni al jefe de cuadras.
—Vete, Ban —dijo Gar—. Me reuniré contigo enseguida. Confía en mí.
Corban hizo una mueca, pero echó a correr junto a su madre y Tormenta. El salón estaba sembrado de cadáveres. Solo quedaban en pie Nathair y su Guardia del Águila, que cercaba a Gar, además de los hombres que continuaban luchando en el extremo opuesto.
El estrépito de los hierros al chocar estalló a su espalda, y Corban se detuvo en seco al darse cuenta de que había caído en la trampa del jefe de cuadras para obligarlo a marcharse.
«¡Claro que me ha mentido! ¡Se enfrenta a diez hombres!
» Pero al volverse vio que Gar luchaba como si fuera una sombra que giraba y se deslizaba entre los guerreros de Nathair.
La sangre rociaba el aire mientras la espada de Gar asestaba tajos como si ejecutara una danza letal.
Solo unos segundos después, sus oponentes se alejaban del combate penosamente o yacían en el suelo, mientras él continuaba representando su coreografía con movimientos constantes y fluidos.
Gwenith le exigió que la siguiera y por fin alcanzaron a Halion.
No más de una docena de los casi cien que habían llenado el salón combatían a su lado.
Los guerreros de Evnis no habían corrido mejor suerte, y apenas sumaban veinte los que continuaban luchando para intentar llegar a Edana y poner fin al conflicto.
Corban aferró el martillo de su padre y se lanzó a la carga.
Tormenta se adelantó con un salto y desjarretó a un guerrero de una dentellada.