Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO OCHENTA Y SEIS. CORBAN
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CAPÍTULO OCHENTA Y SEIS. CORBAN

CAPÍTULO OCHENTA Y SEIS

CORBAN

Corban cogió sus armas y se puso detrás de su padre mientras una locura absoluta se apoderaba del salón de banquetes. Brenin tenía la punta de una espada en el pecho.

Un silencio atroz se abatió sobre la sala, hasta que Halion desenvainó la espada y el inconfundible chirrido del hierro atrajo todas las miradas.

La primera espada de Brenin avanzó hacia el rey con paso lento pero firme y los ojos clavados en el guerrero de la Guardia del Águila que amenazaba con su espada a Brenin.

Sumur se adelantó sigilosamente para interponerse entre Halion y el rey de Ardan.

Tenía la mano en la empuñadura de la espada que llevaba a la espalda, pero no la desenfundó.

En vez de eso, alzó un dedo en señal de advertencia, como quien reprende a un niño díscolo.

—Detente, Halion —espetó Brenin—. Edana está ahora a tu cargo. Cuida de ella.

Halion se detuvo, debatiéndose entre el rey y su hija; miró a uno y luego a la otra y, tras un instante de vacilación, asintió.

Pendathran se acercó un poco más a Brenin y recibió una mirada de advertencia de Sumur.

—¿Qué crees que estás haciendo? —espetó Brenin a Nathair, y de pronto pareció recuperar su porte de líder. Se irguió con firmeza y determinación.

—No me has dejado otra opción —respondió Nathair—.

En primer lugar, me mentiste. —El rey de Tenebral avanzó hacia Brenin en actitud amenazadora—.

Te di todas las facilidades, todas las oportunidades, pero parece que has escogido mal a tus aliados.

Sé que hablaste con Meical. ¿Adónde ha ido?

Dime. Huyó cuando murió mi padre y ahora está desaparecido...

—Arqueó una ceja con gesto inquisitivo—.

En segundo lugar, vas a perder. Owain ya te ha derrotado, aunque todavía te niegues a reconocerlo.

Si buscara hombres fuertes para mi alianza, no acudiría a ti.

Superado en astucia por Rhin y por Owain...

¿Por qué iba a aliarme con el bando perdedor?

—Lo que está bien y lo que está mal no cambia —aseveró Brenin sin inmutarse.

—Y, en tercer lugar —prosiguió Nathair—, me cuestionas por lo de Mandros...

Te atreves a pedirme explicaciones, a exigir una investigación.

Soy el rey de Tenebral, el Rey Supremo de las Tierras del Exilio.

Y no solo eso. También soy el elegido de Elyon, la Estrella Brillante. No eres tú quien debe cuestionarme.

—Parece ser que elegí bien —repuso Brenin—. Al parecer, la traición forma parte de tu naturaleza.

Sumur adelantó y abofeteó a Brenin.

—No vuelvas a hablar así al Seren Disglair.

Un murmullo de indignación recorrió el salón, pero nadie se movió, pues la punta de la espada del guerrero de la Guardia del Águila seguía firmemente apoyada en el pecho de Brenin.

—¿Traición? —espetó Nathair con los dientes apretados—.

¿Qué te contó Meical? —Nathair tuvo que hacer un esfuerzo muy grande para dominarse—.

Ya te lo advertí, mis amigos serán recompensados y mis enemigos, castigados.

Al ponerme obstáculos, al negarme tu ayuda, elegiste convertirte en mi enemigo.

Esto —añadió, señalando la punta de la espada en el pecho de Brenin— es la consecuencia de tu decisión.

—Tu lógica es admirable —dijo Brenin con desdén.

Corban oía cómo la batalla se acercaba cada vez más.

—Por supuesto —continuó Nathair—, no habría podido hacerlo sin ayuda. Al menos Evnis ha demostrado sensatez al escoger a sus amistades.

—Evnis —masculló Brenin. A todos resultó evidente el dolor que le causaba esa traición—. ¿Por qué?

—Por Fain —respondió Evnis con la voz temblorosa—. Tú firmaste su sentencia de muerte cuando me prohibiste abandonar la fortaleza porque solo pensabas en tus intrigas políticas. —Escupió a la cara de Brenin.

Un silencio de estupefacción se instaló en el salón mientras Brenin se limpiaba el ultraje de la mejilla.

—Fain... Disfrazas tu ambición de venganza, Evnis. Lo único que deseas es poder, y estás dispuesto a hacer lo que sea para conseguirlo. Que Elyon os maldiga a los dos.

—No deseo hacerte daño, Brenin —terció Nathair, y atrajo de nuevo todas las miradas—, pero te has interpuesto en mi camino.

—Adoptó un semblante cínico—. Si tu gente mantiene la calma y actúa con sensatez, no tiene por qué derramarse más sangre...

en concreto, la tuya. Solo tenemos que esperar a que llegue Owain...

—Prestó atención al estruendo creciente del combate que entraba por la puerta abierta del salón—...

y parece que ya no anda lejos. Entonces te entregaré a él y cada cual seguirá su camino.

—Te sirves de palabras para amortajar la verdad —dijo Brenin—. Owain pretende eliminarnos a mí y a mi linaje. Y lo sabes. Sea por tu mano o por la suya, moriré. Pero si mi pueblo lucha aquí y ahora, al menos mi hija, mi linaje, tendrá una oportunidad de sobrevivir.

Nathair alzó una mano, pero Brenin se abalanzó de improviso sobre el guerrero que le apuntaba con la espada, le arrebató el arma y le hizo un tajo en el brazo.

En ese mismo instante sonó un zumbido, seguido por un ruido sordo, y el Águila que retenía a Brenin se desplomó con una flecha de plumas negras clavada en la garganta.

Un silencio de estupefacción precedió al estallido del caos.

Evnis saltó sobre Brenin al mismo tiempo que metía la mano debajo de la capa para sacar algo; ambos chocaron con la mesa y cayeron al suelo.

Pendathran salió disparado hacia Brenin desenvainando la espada y se estrelló contra Nathair.

La espada de Sumur salió de la funda con un silbido y Pendathran cayó de bruces sobre la mesa, sangrando a borbotones por una herida en el cuello.

La Guardia del Águila de Nathair abatió a la guardia de honor de Brenin y formaron un círculo en torno a Nathair y al propio Brenin.

A una orden de Rauca, la Guardia del Águila levantó una especie de muro de escudos trabados cuando varios hombres corrieron en auxilio de su rey.

En otras zonas del salón, los guerreros del séquito de Evnis se volvieron contra quienes hasta hacía un momento eran sus vecinos de mesa.

Otro zumbido desgarró el aire y a continuación sonó un golpe seco; una flecha se había colado por una rendija entre los escudos y otro guerrero de la Guardia del Águila yacía en el suelo.

Corban escudriñó la sala con la mirada y vio que Camlin sacaba del carcaj otra flecha con las plumas negras. Los hombres del séquito de Evnis también lo vieron y se lanzaron chillando hacia el montaraz.

Corban vaciló; no sabía hacia dónde tirar. Por una parte, Brenin luchaba por su vida, pero también temía por la vida de Edana, Halion estaba en inferioridad numérica y sus amigos, Dath y Farrell, corrían peligro. El caos reinaba en el salón y solo veía hombres de Evnis por todas partes.

Pero entonces Thannon soltó un alarido y salió corriendo hacia Brenin, a quien se atisbaba forcejeando aún con Evnis a los pies de Nathair.

El herrero hizo molinete con el martillo y se abrió paso hasta su rey.

Los hombres del séquito de Evnis caían machacados y con los huesos triturados por el gran martillo de guerra de Thannon, de quien no se separaba Buddai, que gruñía y mordía con la misma ferocidad.

Corban no se lo pensó dos veces y siguió la estela de cadáveres que su padre había dejado a su paso.

Mantenía el escudo en alto y asestaba lanzadas a cualquiera que intentara atacar a su padre por el flanco desprotegido.

Buddai cubría el otro lado y, poco a poco, como la punta de una lanza, se acercaron a Brenin.

Un grito agudo y desgarrador atravesó el fragor del combate. Edana había chillado al ver a su padre tendido inmóvil en el suelo a través de un hueco en el tumulto. Evnis estaba a horcajadas sobre él y empuñaba un cuchillo ensangrentado.

Thannon bramó y redobló sus esfuerzos. Levantó el martillo y lo estrelló contra el pecho de un hombre que intentaba cerrarle el paso.

Buddai saltó, hundió los colmillos en el muslo de otro y sacudió la cabeza mientras Thannon blandía el arma.

Corban desvió con el escudo una espada que se dirigía al cuello de su padre, alanceó al guerrero y sintió cómo la moharra se hundía hasta el fondo.

Intentó extraerla, pero se había quedado atascada; maldijo, consciente de que debería rematar al herido, pero no fue capaz de recuperar la lanza y en su lugar desenvainó la espada y siguió avanzando.

Los tres —padre, hijo y perro— irrumpieron de pronto en un espacio despejado.

Más allá, el círculo de la Guardia del Águila protegía a Nathair y a Sumur, que observaban tranquilamente la batalla.

Alrededor de una docena de cadáveres de guerreros de Dun Carreg, los que habían intentado llegar a Brenin, yacían esparcidos ante ellos.

Todos los demás estaban trabados en batalla con los hombres de Evnis. En medio del caos, Corban solo alcanzó a ver que Halion seguía en pie, respaldado por un pequeño grupo de hombres. De Dath y Farrell no había rastro.

Thannon avanzó hacia la Guardia del Águila, y uno de ellos dio un paso al frente. Corban vio que era Rauca, el capitán de la guardia de honor de Nathair.

—No des un paso más, grandullón —le advirtió—. No es necesario que caigas luchando por un rey que ya está muerto.

—Vivo o muerto, mi rey sigue ahí —replicó desafiante Thannon—. Y pienso rescatarlo.

Rauca miró de arriba abajo a Thannon y se fijó en el enorme martillo de guerra ensangrentado que sostenía el herrero. No parecía muy impresionado.

—Tenemos experiencia con gigantes —dijo. Dio un paso atrás para reintegrarse en la formación y bramó—: ¡Muro!

Los escudos entrechocaron estrepitosamente.