CAPÍTULO OCHENTA Y CINCO. CAMLIN
CAPÍTULO OCHENTA Y CINCO
CAMLIN
Camlin apuró el hidromiel de su copa y negó con la cabeza cuando Tarben le ofreció rellenársela.
El salón de banquetes estaba ya más silencioso; muchos se habían retirado a sus hogares y lechos.
Aun así, quedaban varias decenas de personas, observó mientras recorría la estancia con la mirada; sobre todo guerreros, y un puñado de grupos de civiles dispersos.
Las llamas del hogar central perdían vigor poco a poco y proyectaban ondas de luz y sombra en las paredes.
Posado en una viga, en el rincón de enfrente, le pareció ver el cuervo de la curandera, el mismo que los había guiado para salir del Bosque Oscuro.
Casi podía sentir sus extraños ojillos redondos clavados en él.
Luego miró a Brina, encorvada junto al viejo Heb, conversando en voz baja.
Por mucho que ella reprendiera al guardián del conocimiento siempre que tenía ocasión, Camlin percibía la complicidad que existía entre ellos.
Torin y mucha gente del pueblo también seguían allí.
Y un poco más allá, en un rincón oscuro, Corban y sus amigos reían.
Esos dos no habían tardado ni un segundo en acudir en ayuda de Corban cuando estuvo en peligro.
La escena lo había conmovido. No abundaban los amigos que te cubrieran las espaldas en una pelea.
El Juicio de las Espadas había dejado una atmósfera extraña en el salón, como de tensión, de expectación. Desde luego, ese Corban tenía algo especial.
Sonrió para sí mientras observaba a sus propios compañeros.
Había pasado de prisionero a guerrero, y la mayoría de los que ahora se sentaban con él habían sido sus carceleros.
Incluso Marrock, que acababa de irse para hacer su turno de guardia en la muralla, era uno de ellos; era un buen hombre, un buen amigo, un enemigo encarnizado en su día.
«Amigo.» Todavía le asombraba el giro que había dado su vida.
Por mucho que prefiriera los árboles y el cielo abierto a los muros de piedra, se alegraba de estar allí.
Se sentía bien, como si por fin hiciera lo correcto y no solo lo que le convenía.
Aunque el asedio tuviera cada vez peor aspecto, no le importaba.
De pronto, la puerta principal se abrió de golpe y la lluvia y el aire frío irrumpieron en el salón.
Evnis apareció en el umbral, jadeando y con el rostro brillante de sudor o lluvia. Unas figuras sombrías se cernían tras él.
—Nos atacan —anunció—. Han tomado la Puerta de Piedra.
Un instante de silencio precedió a la tormenta. El salón retumbó con los gritos y las preguntas mientras la gente se ponía en pie de un salto, arrastrando y volcando los bancos. Brenin parpadeó con los ojos somnolientos fijados en la figura borrosa de Evnis.
Camlin sacó la cuerda del arco de la bolsita de cuero y se puso a encordarlo con calma.
Evnis cruzó como una exhalación el salón de banquetes en dirección a Brenin, seguido por un puñado de guerreros y hombres de su séquito. Al pasar junto a Nathair intercambiaron una mirada fugaz.
El bramido de un cuerno entró por la puerta abierta arrastrado por el viento, que se arremolinó en el salón.
Brenin se tambaleó un momento cuando se puso en pie y rodeó la mesa.
—¿Qué... qué quieres decir? —balbuceó.
El salón enmudeció mientras esperaba la respuesta.
—Owain. Han conseguido abrir las puertas —respondió Evnis acercándose al rey.
Brenin se frotó los ojos e intentó enderezarse. Pendathran se acercó para sostenerlo.
—Lleva a Edana a sus aposentos —ordenó Brenin a Halion.
Halion logró arrastrarla unos pasos hacia el fondo de la sala, pero ella se soltó con indignación y se detuvo para escuchar a Evnis.
Camlin reparó en que Nathair se había colocado al lado de Evnis.
Alrededor de una docena de sus guardias, junto con ese guerrero vestido de negro que blandía una espada curva, formaban un semicírculo en torno a ambos, mezclados con otros hombres de la fortaleza y del pueblo.
Camlin dio un codazo a Tarben para advertirle de que algo olía a chamusquina.
—¿Cómo... cómo ha ocurrido? —preguntó Brenin, a quien la conmoción comenzaba a sacar de su sopor.
Un pequeño grupo entró en tropel por la puerta principal. Camlin se volvió y vio a Marrock, acompañado por un puñado de guerreros. La espada que empuñaba estaba embadurnada de sangre.
—¡Evnis es un traidor! —rugió el cazador—. ¡Ha abierto las puertas a Owain!
El salón vibró con el sonido de espadas saliendo de las fundas.
Camlin se volvió hacia Brenin y vio a uno de los miembros de la Guardia del Águila de Nathair apuntando con su espada al pecho del rey.
Muy poco a poco para no llamar la atención, alargó la mano hacia el carcaj, que estaba junto a su silla, y cogió una flecha de plumas negras.