Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO OCHENTA Y CUATRO. CYWEN
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CAPÍTULO OCHENTA Y CUATRO. CYWEN

CAPÍTULO OCHENTA Y CUATRO

CYWEN

Cywen se apoyó en el muro y contempló la oscuridad que rodeaba la fortaleza. La lluvia la azotaba y el viento se arremolinaba en torno a ella y tironeaba de su capa. No le importaba; al menos así podía estar sola, lejos de quienes no comprendían.

Se hallaba en el adarve de la Puerta de Piedra; la noche ocultaba a la hueste desplegada abajo. En el patio, los guerreros se apiñaban en torno a un fuego agonizante, unos ochenta hombres que trataban de ahuyentar el frío. Otros, poco más que sombras, custodiaban las puertas.

Cywen exhaló un largo y pesaroso suspiro y se limpió la lluvia del rostro.

—Alza la barbilla, muchacha; podría ser peor —dijo una voz a su espalda.

Se volvió sobresaltada. Un guerrero salió de entre las sombras y se detuvo a su lado. Era Marrock.

—Al menos ya no sigues en el Bosque Oscuro —añadió—. Y estás en el lado adecuado del muro. —Se volvió hacia la negrura que se extendía más allá de la muralla.

Cywen sabía que tenía razón, pero no se le ocurrió nada que no pudiera sonar ofensivo, así que se limitó a asentir y desvió la mirada. Marrock la observó un instante y luego se alejó sin decir nada.

Acarició distraídamente el frío mango de uno de sus cuchillos arrojadizos, uno de los siete que llevaba en el cinturón.

Ya nunca se separaba de ellos, no desde que comprendió lo útiles que eran en el Bosque Oscuro.

Camlin, el montaraz, le había devuelto uno que, no sabía cómo, según le confesó, había acabado clavado en su escudo.

Desde que había regresado practicaba a diario, y se imaginaba el rostro de Morcant en el blanco.

A diferencia de Corban o de Brenin, ella no tenía manera de saciar su sed de venganza; no se le permitía combatir.

Le parecía muy injusto y hacía que se sintiera inútil, con una hueste enemiga acampada en Havan...

Clavó la mirada más allá de las murallas, en la oscuridad, y ya estaba a punto de darse la vuelta cuando advirtió algo, un movimiento casi imperceptible allí donde la noche se volvía impenetrable.

Se inclinó sobre el parapeto y forzó la vista mientras se apartaba la lluvia de los ojos. ¿Eran pasos lo que oía?

Entonces oyó voces a su espalda, en el patio. Se volvió y atisbó a Marrock mirando en la misma dirección que ella desde unos metros más allá.

Un puñado de guerreros había irrumpido en el patio y avanzaba hacia el fuego saludando bulliciosamente a los hombres reunidos en torno a él. Evnis encabezaba el grupo, formado por guerreros de su séquito, entre ellos Conall, el hermano de Halion, que caminaba con altivez.

Tal vez él notó la intensidad de la mirada de Cywen, porque alzó los ojos hacia la muralla, casi directamente hacia ella.

Esta vez no sonrió, como era su costumbre.

Cywen nunca había dado mayor importancia a esas sonrisas, pues lo había visto comportarse igual con la mayoría de las mujeres de la fortaleza, y seguramente hacía lo mismo con todas las de Ardan.

En esta ocasión se limitó a sostenerle la mirada, entornando los ojos, y empezó a subir hacia donde se encontraba.

Fue entonces cuando Cywen vio a otros hombres surgir de la calle detrás de Evnis y desplegarse en silencio por los bordes del patio, sumidos en las sombras que quedaban fuera del alcance del fuego.

Abrió la boca para gritar una advertencia, pero la voz de Marrock se le adelantó. Los hombres que estaban junto al fuego se volvieron hacia él y luego hacia las sombras, y advirtieron a los guerreros que se aproximaban furtivamente.

De pronto apareció un cuchillo en la mano de Evnis y lo hundió en el pecho del hombre más cercano. Al instante, las sombras cobraron vida y los guerreros cargaron empuñando hierros afilados.

El caos se apoderó del patio.

Muchos cayeron en la primera embestida, sin tiempo siquiera para desenfundar; y los que lograron sacar el arma no corrieron mejor suerte, pues cayeron atravesados con una destreza aterradora por los guerreros que vestían de oscuro.

En un abrir y cerrar de ojos, casi cuarenta hombres yacían muertos en torno al fuego.

Los atónitos centinelas de las puertas no sabían si acudir en auxilio de sus compañeros o mantener la posición.

Alguien trató de dar la alarma, pero la tormenta se tragó el grito en cuanto salió de su boca y no debió de oírse más allá del patio.

Los hombres de Ardan irrumpían a trompicones desde los edificios que rodeaban el espacio abierto, empuñando espadas y lanzas.

Muchos cayeron a las primeras de cambio, todavía desprevenidos, convencidos de que Owain había lanzado un ataque contra las puertas.

El patio rápidamente se convirtió en el escenario de una batalla brutal.

Marrock había reunido a un puñado de hombres apostados en la muralla y los conducía escaleras abajo para socorrer a los centinelas de la puerta, que luchaban con la desesperación de un animal acorralado.

Sin embargo, la mayor pericia de los guerreros vestidos de negro era demoledora.

Si no llegaba ayuda pronto, perderían las puertas.

Cywen se acordó de sus cuchillos y lanzó uno hacia los guerreros que hostigaban a los centinelas de la puerta.

Un hombre cayó de espaldas con el puñal clavado en el pecho.

Cywen arrojó un segundo cuchillo al tumulto y otro enemigo se derrumbó.

El tercero salió disparado hacia uno de los guerreros que bloqueaban el descenso de Marrock y el siguiente derribó a un adversario que estaba en la escalera.

Sacó otro cuchillo del cinturón y maldijo entre dientes mientras buscaba un objetivo claro en la maraña de cuerpos.

Se volvió al oír un estruendo a su espalda y... presenció el principio del fin.

Centenares de hombres cruzaban en tromba el puente esgrimiendo armas; detrás de ellos, la masa de guerreros se extendía hasta donde le permitía ver la lluvia torrencial.

La hueste de Owain había conseguido acercarse a la fortaleza al amparo de la noche y había estado esperando ese momento para entrar en acción.

Cywen gritó, pero nadie le prestó atención, ya fuera porque no la oyeron o porque todo el mundo estaba demasiado ocupado luchando por su vida. Nadie salvo Marrock, que volvía a subir paso a paso por la escalera presionado por una docena de guerreros de negro.

Cywen comprendió con horror que la puerta estaba perdida. Ante sus ojos, los enemigos empujaban la gran tranca reforzada con hierro para arrancarla de su sitio. Les lanzó un cuchillo, pero no logró impedir que la barra se precipitara al suelo y que las hojas se abrieran con estrépito.

En el patio, el tiempo pareció detenerse un instante: todas las miradas se fijaron en las puertas de la muralla abiertas de par en par. Luego, con un rugido atronador, los guerreros de Owain irrumpieron por el arco.

—¡Ve a avisar a Brenin! ¡Por la muralla! ¡Tiene que saberlo! —rugió Marrock.

Cywen se quedó paralizada, aturdida por lo que estaba viendo. Entonces los ojos de Marrock miraron detrás de ella y el cazador le gritó una advertencia.

Cywen reconoció a Conall, que avanzaba hacia ella espada en mano y con una expresión amenazadora en el rostro.

Le arrojó el cuchillo sin pensárselo. Pero Conall giró la muñeca y su espada desvió la hoja de hierro, que salió despedida hacia la noche. Cywen quiso echar a correr, pero tropezó.

—¡Atrás, muchacha! ¡Aparta! —oyó gritar por detrás. Era Marrock, que trataba de abrirse paso hasta Conall.

Cywen hizo el ademán de echarse a un lado, pero de pronto se dio cuenta de que no quería huir, no quería dejar que otros lucharan por ella, como siempre, y saltó sobre Conall procurando esquivar la mano armada.

La sorpresa anuló su célebre velocidad durante un instante, justo lo necesario para que Cywen superara su defensa y le diera patadas y puñetazos, lo arañara y lo mordiera.

Conall retrocedió tambaleándose e intentó agarrarla, pero Cywen se agachó y le propinó un cabezazo en el estómago. Él soltó el aire con un grito ahogado, aunque consiguió asirla del pelo con una mano y sujetarla.

En vez de zafarse, ella empujó con todo su peso y todas sus fuerzas.

Conall ya estaba desequilibrado; dio un traspié hacia atrás y uno de sus talones resbaló en el borde del muro.

Vaciló un instante, aún con un mechón del cabello de Cywen entre los dedos; manoteó en vano y cayó, arrastrando a la chica consigo.

Juntos se precipitaron hacia el patio de piedra, hacia un mar de guerreros trabados en combate. Cywen oyó a Marrock gritar su nombre desde la muralla justo antes de perder el conocimiento.