Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO OCHENTA Y TRES. EVNIS
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CAPÍTULO OCHENTA Y TRES. EVNIS

CAPÍTULO OCHENTA Y TRES

EVNIS

Evnis escombró el salón de banquetes con la mirada para valorar la situación.

Todo estaba a punto de estallar. Esa misma noche.

Y la rabia no le dejaba pensar con claridad.

Necesitaba mantener la cabeza fría, pero la imagen de la cabeza cercenada de Gethin se negaba a borrarse.

Owain pagaría; no por haber matado a su hermano, sino por haberle arrebatado su triunfo, por haber privado a Gethin de presenciar su victoria.

De algún modo, ese hecho hacía que ahora todo perdiera sentido, y esa sensación lo enfurecía todavía más.

Controló su ira. «Concéntrate, o tu cabeza será la siguiente en rodar. »

Sus ojos se detuvieron en el muchacho del lobón.

Corban. Desde luego, el chico tenía algo especial, por muy arrogante que fuese.

No podía negarse que había sido un duelo magnífico, sobre todo porque sabía que el hijo de Helfach no era ningún negado con la espada.

Además, Rafe tenía un par de años más que Corban.

Una leve sonrisa le asomó a los labios mientras observaba al joven, sentado con Thannon y otros, carcajeándose por cualquier tontería. No reirían por mucho tiempo.

Nathair le había pedido que organizara un encuentro con Corban; quería conocer al muchacho que había domado a un lobón. Evnis había resoplado al oírlo. «Domar» no era la palabra.

Posó los ojos en Nathair, recostado en su asiento, atento a todo.

Desde el primer momento, cuando el joven rey de Tenebral se le acercó en busca de información, lo supo.

Supo que ese hombre era distinto, que estaba destinado a desempeñar un papel importante.

Y aunque su instinto fuera tan certero, lo habría sabido igualmente.

La voz se lo había dicho. No era la primera vez que le susurraba dentro de su cabeza, pues durante años había guiado sus pasos.

Pero nunca la había oído con tanta claridad.

«Ponte a su servicio.» La orden había sido inequívoca.

No sabía cómo se lo tomaría Rhin, pero ella no era su señora, por mucho que pensara lo contrario. Su señor era Asroth.

Así que le había contado a Nathair que Meical había visitado a Brenin.

Que ambos habían hablado en privado, y durante largo rato.

Nathair se lo agradeció... y se enfureció.

No gritó, no reaccionó con un ataque de ira, pero sí se apoderó de él una frialdad pavorosa.

Nathair no era de la clase de hombres a la que Evnis se atrevería a llevar la contraria.

«Ha llegado el momento», dijo la voz, un susurro sibilante en su cabeza. Sintió una punzada de miedo, consciente de que no habría marcha atrás tras ese paso. «¡Hazlo!», explotó la voz.

—Venid conmigo —ordenó.

Conall y Glyn se pusieron en pie.

Lanzó una última mirada atrás desde la puerta.

Brenin seguía bebiendo y ya le costaba mantener la cabeza erguida.

«Perfecto.» Evnis no había dudado en ningún momento de que la valeriana que había hecho disolver en el hidromiel del rey lo acabaría adormeciendo, pero la espera hasta comprobarlo lo había mantenido en vilo.

Lástima que Pendathran no hubiera bebido también. «No se puede tener todo.»

Se internó en la tormenta y puso rumbo a su casa.

La última imagen que se llevó del salón de banquetes fue la de Vonn mirándolo con hostilidad.

Suspiró. «No es fácil ser padre.» Habían vuelto a discutir por la pescadora, Bethan.

Vonn le había dicho que la amaba, que quería unirse a ella mediante el enlace de manos.

La muchacha era bastante guapa; no estaba mal para que Vonn se divirtiera un poco y aprendiera algo del mundo...

pero ¿unirse a ella? Vonn estaba destinado a algo mucho mejor.

O, al menos, a alguien de mejor cuna. Su hijo no se lo había tomado muy bien.

Ya habría tiempo de arreglar las cosas con él. Después.

Enseguida entraron en casa y dejaron fuera el aguacero.

Conall abrió la puerta de la torre y Evnis le dedicó media sonrisa.

Seguía sorprendido por lo fácil que le había resultado ganarse a Conall.

El orgullo era su debilidad. O una de ellas.

A Evnis le había bastado con plantar la semilla, insinuar que Halion lo relegaba en favor de Brenin, y regarla después con el evidente desdén del rey hacia Conall: un comentario por aquí, una observación por allá...

La bestia creció sola. Cuando le ofreció un puesto en su séquito, el guerrero se mostró tentado, casi ansioso, y apenas hizo falta una pizca de los poderes telúricos para avivar sus celos y su paranoia.

Evnis se dirigió sin demora a los sótanos. Los túneles llevaban tiempo clausurados, desde el encuentro con la sierpe. Pero él había comprendido el valor que tenían y los había explorado. Así fue como encontró la salida a la cueva.

Esperaron junto a la entrada. No tardó en ver el titilar de una antorcha y oír el rumor de pasos. Muchos pasos. El mensajero que había enviado antes de la puesta del sol fue el primero en aparecer. No venía solo.

Una oscura hilera de guerreros fue entrando hasta llenar el sótano. Eran cuarenta, cincuenta, más. Todos vestidos de negro, con espadas curvas asomando por encima de los hombros. Uno de ellos se detuvo ante él y esperó instrucciones.

«Hasta el final», se dijo Evnis. Dio media vuelta y se dirigió a la escalera.

—A la Puerta de Piedra —ordenó.