Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO OCHENTA Y DOS. KASTELL
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CAPÍTULO OCHENTA Y DOS. KASTELL

CAPÍTULO OCHENTA Y DOS

KASTELL

Kastell estaba temblando y se le secaba el sudor de la batalla en ese túnel húmedo y claustrofóbico.

Había alcanzado a Maquin, y los dos casi corrían para no perder el compás de la antorcha que cabeceaba más adelante y que marcaba la posición de Romar.

La sensación de alivio que había experimentado cuando llegó Veradis y la batalla se inclinó contra los Hunen se desvanecía con rapidez. En su lugar crecía un presentimiento cada vez más sombrío.

Llevaban ya un buen rato avanzando por ese túnel, siempre en descenso, cada vez más lejos la luz del día.

Delante marchaban ochenta o cien guerreros, la guardia de honor de Romar; la mayoría de los demás eran Gadrai.

La cabeza calva de Orgull relucía a la luz de las antorchas, apenas a unos pasos de él, y detrás venían al menos otros tantos guerreros, entre ellos Jael.

El túnel era ancho y alto; el techo desaparecía en la oscuridad. Las antorchas alineadas en las paredes proyectaban charcos de luz trémula, y entre uno y otro se extendían pequeños tramos de oscuridad impenetrable.

De pronto, los guerreros que estaban en la cabeza redujeron la marcha hasta detenerse.

Kastell y Maquin siguieron avanzando y se abrieron paso hacia el frente.

En un primer momento, Kastell creyó que se habían topado con un muro, que estaban en un túnel sin salida, pero no era tal cosa, sino unas puertas enormes ante las que había una mole resplandeciente de color gris blanquecino.

Y entonces ese obstáculo monstruoso se movió.

La masa palpitó, y los enormes anillos en los que se enroscaba su cuerpo se estiraron con pesadas ondulaciones.

Una cabeza reptiliana se alzó y dejó al descubierto unos colmillos descomunales en una mandíbula ancha y poderosa.

Se abalanzó hacia delante y, de un solo mordisco, arrancó la cabeza a un guerrero que estaba junto a Romar.

Los hombres gritaron; algunos trataron de rodear a la bestia y otros retrocedieron a trompicones.

Entonces un aullido ensordecedor que llegaba de los túneles laterales resonó en los oídos de Kastell, y de pronto los gigantes irrumpieron por ellos profiriendo furiosos alaridos.

Después todo fue hierro contra hierro, alaridos de dolor y bramidos atronadores de los Hunen.

Kastell alcanzó a ver fugazmente hachas que describían arcos brillantes a la luz oscilante de las antorchas y cuerpos que entrechocaban con violencia.

Más adelante, la sierpe blanca era un torbellino de carne y escamas; arremetía con su cabeza y los guerreros le asestaban frenéticos espadazos.

Pero el tumulto de la batalla le impidió ver más.

Un hombre salió despedido por los aires, se estrelló contra él y lo derribó.

Una bota reforzada con hierro golpeó el suelo a un palmo de su cara y Kastell se incorporó a toda prisa; vio a un guerrero cercano aplastado contra la tierra por el gigante que había estado a punto de pisotearlo.

Lanzó un tajo, pero estaba desequilibrado y la hoja resbaló por la coraza de cuero del gigante.

El Hunen respondió con un hachazo; Kastell logró desviarlo con el escudo y contraatacó hacia el antebrazo descubierto del gigante, pero el filo chocó con el asta del hacha, reforzada con hierro, y el impacto le recorrió el brazo como un escalofrío.

Kastell se estremeció y soltó el escudo antes de que el gigante lo derribara, y a continuación empuñó la espada con ambas manos y asestó un golpe brutal al brazo del gigante.

El gigante lanzó un rugido, retrocedió trastabillando y desapareció en la vorágine del combate, con la sangre manando a borbotones de su muñeca.

Kastell tomó aire en bocanadas entrecortadas y miró a su alrededor.

El suelo estaba sembrado de cadáveres; la batalla aún rugía y la sierpe seguía causando estragos un poco más adelante.

A su espalda, Maquin intercambiaba golpes con un gigante y retrocedía poco a poco.

Kastell se secó el sudor de los ojos y cargó en silencio, blandiendo la espada; entre los dos despacharon la amenaza.

Avanzaron de nuevo, abriéndose paso a través del túnel, hasta que vieron que la sierpe, que todavía agitaba la cola, agonizaba tirada en el suelo.

Aún había gigantes por doquier. Orgull combatía como era su costumbre, con los pies firmemente plantados en el suelo e intercambiando golpe por golpe con un gigante armado con hacha.

Era de los pocos capaces de hacerlo, pues su corpulencia y su fuerza casi lo igualaban con esos monstruos.

Vandil era justo lo contrario; más bajo y delgado, se movía con una velocidad pasmosa y sus dos espadas trazaban arcos destellantes en el aire.

En los breves instantes que Kastell lo observó, el jefe de los Gadrai se agachó para evadir el martillazo de un gigante y giró para introducirse en su guardia; asestaba espadazos con tal velocidad que no fue capaz de seguirlos con la mirada.

Cuando el señor de los Gadrai se apartó del gigante, este lo miró desconcertado, sin comprender aún que estaba muerto, mientras la sangre le corría por el vientre y la entrepierna.

Entonces Maquin recibió un golpe en el costado y el viejo guerrero rugió de dolor.

Antes de que Kastell pudiera comprobar cómo estaba su amigo, un Hunen armado con un hacha intentó arrancarle la cabeza de cuajo.

El gigante le descargó el regatón del arma contra la sien.

Kastell se tambaleó, dio un traspié y se le nubló la vista...

De pronto, algo se interpuso entre él y el Hunen, y oyó el silbido del hierro cortando el aire.

El gruñido del gigante se transformó en un alarido de pavor cuando un tajo rojo le cruzó la garganta.

Kastell vio fugazmente a Vandil, que se alejaba de un salto visiblemente satisfecho.

Buscó con la mirada a Maquin. El Hunen con el que este había estado luchando yacía muerto a sus pies. En el rostro de su amigo había una expresión de perplejidad y sostenía el escudo sobre la cadera.

—¿Vandil...? —murmuró Kastell.

Maquin asintió.

Tuvieron la impresión de que la batalla les daba una pequeña tregua y se apoyaron el uno en el otro mientras recuperaban el aliento. Maquin tenía la cara blanca y cubierta de sudor.

—¿El brazo? Estás herido.

Maquin intentó sonreír.

—Aún no estoy muerto —masculló.

Estaban a punto de volver al combate cuando algo ocurrió más atrás, en el túnel: una conmoción que sacudió a cuantos luchaban, hombres y gigantes por igual.

Kastell se volvió.

A la luz vacilante de las antorchas surgieron unas siluetas, unas figuras oscuras que se precipitaban hacia él sacudiendo largas espadas curvas con ambas manos.

Los Jehar, así los había llamado Veradis.

Se abrían paso entre los Hunen con una eficacia implacable y los gigantes caían ante ellos. Kastell distinguió a Alcyon, el gigante, y también a Calidus, que combatía con una ferocidad sorprendente.

En pocos segundos pasaron junto a él y continuaron avanzando hacia donde resistían Romar y lo que quedaba de su guardia de honor.

Y entonces, casi de manera súbita, todo acabó. El último gigante se desplomó bajo una lluvia de mandobles.

Había cadáveres por todas partes y apenas se veía el suelo del túnel.

Resultaba difícil hacer recuento, pero Kastell calculó que no quedaban en pie más de seis decenas de Gadrai, como mucho.

Sacudió la cabeza al pensar que habían llegado a Haldis trescientos.

Romar conversaba con Calidus; Alcyon permanecía a su lado.

Los Jehar, vestidos de negro, esperaban en silencio y completamente relajados; no parecía para nada que acababan de librar una cruenta batalla.

A Kastell le desconcertaba que hubiera mujeres entre sus filas.

Eso chocaba con todo lo que le habían enseñado; aunque, si era sincero, lo que más le perturbaba era el recuerdo de cómo habían liquidado a los Hunen.

En especial le resultaba inquietante que hubiera mujeres que luchaban con mayor destreza que él, y que la mayoría de los guerreros que estaban en el túnel.

La voz de Romar se alzó y apartó a Calidus para acercarse a las grandes puertas. Bramó una orden y una docena de sus guardias avanzaron y levantaron con los hombros la tranca de la puerta.

—Así que sigues vivo —le susurró una voz al oído.

Jael pasó a su lado con un puñado de guerreros de Mikil.

Romar y su guardia empujaron las puertas para abrirlas y estas se estrellaron contra las paredes del túnel con un golpe sordo. Vandil llamó entonces a los Gadrai para que se adelantaran y rodearan a Romar para protegerlo.

Calidus alzó una mano y condujo a los Jehar tras ellos.