Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO OCHENTA Y UNO. CORBAN #2
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CAPÍTULO OCHENTA Y UNO. CORBAN #2

—¿Y la lobona? —insistió Rafe—. Mirad lo que me hizo.

Se subió la manga de lino y dejó al descubierto unas cicatrices gruesas, plateadas, que le cruzaban el antebrazo desde el codo hasta casi la muñeca.

—La sacaré de aquí —dijo Corban entre dientes.

—Yo me ocuparé de ella, Ban —terció su madre.

—Llévate a Tormenta y ve a buscar a Gar —añadió Thannon en voz baja, mirando a los guerreros alineados detrás de Rafe—. Tal vez lo necesitemos.

Gwenith asintió y chasqueó la lengua para llamar a Tormenta. La lobona no se movió; permanecía allí, con la cola tiesa y los ojos fijos en Rafe.

—Vete —dijo Corban.

Tormenta dudó, pero al final dio media vuelta y salió del salón tras Gwenith.

—Ten cuidado, Ban —le dijo en voz baja su padre.

Corban no lo oyó porque en su interior se libraba otra guerra, y lo que amenazaba con consumirlo por dentro no era solo rabia, era una ira que se había ido acumulando a lo largo de años de burlas y desprecios que ahora se condensaban en una única injusticia.

—Me sorprende que tengas agallas para saltar a la palestra —dijo Helfach cuando Corban entró en el círculo que se había improvisado.

—Cállate —replicó Corban—, o llamaré a mi padre para que te cierre la boca.

Thannon sonrió y dio una palmada en la cabeza de su martillo de guerra. Buddai roncó.

—Tú... —balbuceó Helfach, que dio un paso hacia Corban con los puños apretados; Rafe y Crain se movieron con él.

Unas sillas rasparon el suelo y Farrell y Dath aparecieron de pronto flanqueando a Corban. Thannon se alzaba detrás de ellos. Desde otros rincones del salón se acercó más gente, entre otra, Marrock, Camlin, Evnis y Conall.

—¡Basta! —bramó Pendathran.

Corban no apartaba la mirada de Helfach. Estaban casi nariz con nariz. Sentía el corazón retumbarle en los oídos. Todo parecía a punto de estallar.

Entonces las puertas del salón se abrieron con un crujido y apareció Nathair, acompañado de Sumur, Rauca y otros miembros de su Guardia del Águila.

Corban se lo quedó mirando. La sombra que lo rodeaba era ahora más nítida y un escalofrío le recorrió la espalda.

Por un instante creyó ver unas garras aferradas al rey, se imaginó unos ojos rojos relumbrando en lo más hondo de esas tinieblas; incluso le pareció ver que algo le susurraba al oído.

El rey de Tenebral se detuvo, miró a Corban y sonrió. Luego Evnis lo llamó a su mesa.

—No estropearé el momento de mi hijo —espetó Helfach con los dientes apretados y mirando fijamente a Corban. Salió del círculo y Crain lo siguió.

—Acabad de una vez —gruñó Pendathran.

Corban y Rafe ocuparon sus posiciones en el círculo. Rafe le sacaba media cabeza y sus brazos y sus piernas eran largos y ágiles. Corban era más corpulento y, por lo tanto, más fuerte, o eso esperaba él.

Corban miró de reojo hacia la mesa del rey y sus ojos se encontraron con los de Halion. Su antiguo instructor se dio unos golpecitos en la sien con un dedo.

«Piensa», le decía. «El enemigo es la ira», se repitió Corban, y notó que se le ralentizaba el pulso. «Recuerda que lo que está en juego es Tormenta.»

Cerró los ojos y respiró hondo. Solo los abrió al oír el chirrido de la espada de Rafe cuando la desenfundó.

Corban cerró la mano alrededor de la empuñadura de su arma y la sacó muy despacio, ancló los pies en el suelo y levantó la espada por encima de la cabeza empuñándola con las dos manos. Esperó.

—Comenzad —dijo Pendathran.

Corban se lanzó hacia Rafe y le asestó hasta tres golpes dirigidos a la cabeza en un abrir y cerrar de ojos. Rafe retrocedió a trompicones, y a duras penas detuvo los espadazos.

Corban hizo un giro sobre el talón, se coló en la guardia de su rival y lo lanzó hacia atrás, contra una mesa, de un codazo en la mejilla.

El hijo del cazador levantó la espada cuando Corban volvió a arremeter, pero estaba desequilibrado y con una mano trataba de apartarse de la mesa.

Corban descargó la suya con fuerza sobre la de Rafe y se la arrancó de la mano.

Un instante después, Rafe tuvo la espada de Corban en el cuello.

En el salón reinó un silencio absoluto; solo se oía el crepitar de las llamas en el hogar y la respiración entrecortada de los combatientes mientras Corban sostenía la mirada de Rafe y veía en ella miedo, desconcierto y vergüenza.

Movió apenas la muñeca y una fina línea roja apareció en el cuello del otro chico.

—Primera sangre —dijo Corban, y dio un paso atrás para envainar la espada.

Rafe permaneció inmóvil, jadeando, con un hilo de sangre descendiendo por el cuello.

Corban echó un vistazo a su alrededor; en los rostros de sus amigos vio admiración, satisfacción y algo más...

Todo el mundo lo miraba fijamente. Se cruzó con la mirada del guardián de Nathair, Sumur, que fruncía el ceño, con una pregunta en los ojos.

Luego alzó la vista hacia la mesa principal: Halion sonreía con orgullo. Pendathran inclinó la cabeza.

—¿Se da por zanjado este asunto? —preguntó Corban a Brenin; solo entonces fue consciente de que le faltaba el aliento y de que el pecho le subía y bajaba con fuerza. De pronto, al mirar al rey, que seguía pareciendo... indiferente, sintió que la ira anterior volvía a agitarle las entrañas.

—Sí, la decisión sobre tu lobona ya es definitiva —farfulló Brenin, con la copa al alcance de la mano.

—Es una pena —dijo Corban, a quien la ira volvió imprudente y las palabras brotaron antes de que pudiera contenerlas— que un padre valore tan poco la vida de su hija. Tormenta y yo merecíamos algo mejor.

Brenin arrugó el ceño, hizo el ademán de ponerse en pie, pero se tambaleó y volvió a sentarse.

Los ojos de Corban se abrieron con desconcierto al comprender lo ebrio que estaba el rey. Se dio la vuelta y regresó junto a su padre y sus amigos. La llama de su ira todavía no se había apagado en su pecho.