CAPÍTULO OCHENTA Y UNO. CORBAN
CAPÍTULO OCHENTA Y UNO
CORBAN
Corban se apoyó en el parapeto que bordeaba el Campo de los Serbales y contempló cómo el sol poniente teñía el cielo de cobre fundido.
—Se avecina tormenta —dijo Dath a su lado.
Ambos habían cenado en el salón de banquetes, pero el ambiente allí dentro era sombrío tras los acontecimientos del día anterior; la derrota y la muerte de Dalgar seguían demasiado recientes.
—Así que... —dijo Corban, para distraerlos a los dos—. Ya somos guerreros.
—Sí —respondió Dath, y se tocó la trenza de guerrero—. Casi —añadió—. No será del todo real hasta que pase en vela mi Noche Larga.
«O dormido, como hice yo en la mía», pensó Corban.
—No creo que Owain te permita atravesar su hueste para eso.
—Ya —convino Dath—. Pero es agradable la sensación de haber superado la prueba del guerrero, ¿no?
—Ya lo creo.
Lo cierto era que Dath había superado la prueba por los pelos. Con la lanza le había ido bien, pero con la espada se había mostrado inseguro, y Corban todavía no alcanzaba a explicarse cómo no había terminado de espaldas en el barro en la prueba de la monta en carrera.
Si el arco hubiera formado parte de las pruebas, habría sido otra historia. Marrock ya lo había señalado como futuro cazador; él y Camlin se habían llevado al muchacho en largas incursiones por el Baglun. Ahora mismo estaba apoyado en un arco sin encordar, regalo de ambos.
—¿Qué crees que ocurrirá ahora? —preguntó Dath.
—No lo sé. Cywen ha estado hablando con Edana y no tiene buena pinta.
Había muchas esperanzas puestas en Dalgar...
—Corban dejó la frase en el aire—. Y ahora eso se ha venido abajo...
—Compungido, pensó en Pendathran, en su rostro pálido y devastado por el dolor mientras acarreaba el cuerpo de su hijo desde el puente—.
Owain se limitará a acampar ante las murallas y esperará a que nos quedemos sin víveres —continuó—.
Y, por lo que se dice, eso no tardará en ocurrir.
Demasiadas bocas que alimentar, y nadie nos avisó de su llegada.
—Aquí hay guerreros de sobra para derrotarlo —dijo Dath con impotencia—, si pudiéramos cruzar el puente... Nos tiene encerrados como ratas en una jarra de usque. Si hubiera otra salida...
Corban guardó silencio. Pensaba en los túneles bajo la fortaleza. Podrían salir a buscar alimentos, lanzar ataques por sorpresa contra Owain... Pero recordó también la sierpe muerta que habían encontrado allí abajo... ¿Y si había más? Decidió hablar con Halion. De repente veía un rayo de esperanza.
—¿Y qué me dices de ese rey? —continuó Dath, sacándolo de sus pensamientos.
—¿Qué rey?
—Nathair, el de Tenebral. Dicen que lleva una hueste en su nave.
Corban soltó un bufido.
—Si la lleva, no será grande. ¿Seis u ocho decenas de espadas? ¿Qué podrían hacer?
—En ese barco hay algo más que guerreros —murmuró Dath.
—¿Eh?
Dath miró hacia la nave anclada en la bahía; mientras la observaban, algunas luces se encendieron a bordo.
—Estaba arreglando la barca de mi padre, en la playa —dijo—. Fue después de verte partir para tu Noche Larga. —Hizo una mueca.
—¿Y? —le apremió Corban.
—Y oí cosas. Ruidos. Procedentes de ese barco. Ruidos muy extraños.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué clase de ruidos?
—Como los de una bestia. Como nada que haya oído antes —prosiguió Dath—. He oído gruñir y aullar a Tormenta. —Miró de reojo a la lobona, sentada en uno de los amplios peldaños de la escalera—, y eso basta para ponerme la piel de gallina. Pero aquello era peor. Mucho peor.
Corban rio entre dientes.
—Dath, tú eres el que me aseguró que Brina iba a robarme el alma, ¿recuerdas? Y el que se quedó blanco cuando Craf te graznó.
A Dath se le crispó el gesto.
—Hay algo en ese barco —insistió—. Algo que no es humano. Nathair podría usarlo para ayudarnos.
—Aunque hubiera una criatura de Otro Mundo cómodamente instalada en ese barco, ¿por qué iba Nathair a enfrentarse a Owain? Está a salvo. La Ley Antigua lo protege.
Ráfagas cada vez más fuertes llegaban desde el mar.
El viento ascendía en remolinos por el acantilado y azotaba las murallas de la fortaleza, cargado de sal y de lluvia.
Ya casi era noche cerrada, pero ni estrellas ni luna lograban abrirse paso a través de las nubes densas e hinchadas que avanzaban sin tregua hacia la fortaleza.
—Será mejor que bajemos de la muralla —murmuró Dath, que miró inquieto el cielo cuando una gota gruesa de lluvia fue a estrellarse en la nariz de Corban—. Va a caer una buena.
—Sí, vamos —convinó Corban.
Dath podía tener una imaginación desbordada, pero cuando se trataba del tiempo Corban confiaba plenamente en él. Recogió su escudo y su lanza, de los que no se separaba desde el ataque de Owain, bajaron casi corriendo la escalera y cruzaron el Campo de los Serbales vacío, con Tormenta detrás.
Ya se había ido mucha gente del salón de banquetes, pero aún estaba animado. En un rincón en penumbra estaban su madre y su padre, sentados con Farrell y el padre de este, Anwarth.
Corban se acercó con Dath.
—Hola, Ban, Dath —dijo Farrell.
Corban saludó con la cabeza al aprendiz de herrero y reparó en la nueva trenza de guerrero que llevaba en la cabeza el corpulento muchacho. «Míranos —pensó, riendo por dentro—. Ahora todos somos guerreros.»
Tomó asiento y escuchó distraídamente a sus amigos durante un rato; mientras Dath contaba una anécdota, los pensamientos de Corban tomaron otro derrotero.
Se recostó en la silla y paseó la mirada por el salón.
Sus ojos se detuvieron en Evnis y Vonn, sumidos en una conversación seria, a juzgar por el semblante preocupado de Vonn.
A menudo se había preguntado si Vonn llegaría a cumplir su amenaza.
Habían pasado tantas cosas desde aquel día en los potreros, cuando Escudo mató al perro de Helfach...
Entraron más hombres buscando refugio de la lluvia, Tarben y Camlin, con las capas empapadas.
Fueron a sentarse con un grupo de guerreros y, al pasar junto a la mesa de Corban, los saludaron a Dath y a él con la cabeza.
«Es extraño lo que puede cambiar las cosas un solo acto», pensó Corban.
Cywen le había contado cómo el montaraz la había defendido en el Bosque Oscuro. La había salvado.
—Verdad y valor —musitó para sí.
Su padre tenía razón. La verdad y el valor eran importantes. Podían cambiarlo todo.
Oyo pasos que se acercaban y una sombra lo cubrió. Tormenta emitió un gruñido bajo y sostenido. Corban levantó la cabeza y vio a Rafe plantado a su lado, acompañado por su padre. Detrás de ellos había más guerreros del séquito de Evnis.
—Te reto, Corban ben Thannon —declaró Rafe en voz alta, utilizando la fórmula tradicional cuando se quería desafiar a alguien a un duelo.
El murmullo de voces en el salón vaciló y comenzó a apagarse; el silencio se extendió desde ellos como una onda que se expande en el agua. Halion frunció el ceño y dijo unas palabras a Edana. Esta se acercó a su padre y le susurró al oído.
Corban levantó la vista hacia Rafe, se puso en pie despacio y apartó la silla.
—Déjalo, muchacho —gruñó Thannon a Rafe.
—No soy un muchacho —replicó Rafe—. Soy un hombre, y es mi derecho.
Brenin le había devuelto la espada en un acto solemne en el Campo de los Serbales, el mismo día que Dath y Farrell superaron sus pruebas. Dadas las circunstancias, se necesitaba hasta el último brazo capaz de blandir una espada. Esas habían sido las palabras de Brenin.
—¿Cuál es el motivo? —quiso saber Corban.
—Hay dos —respondió Rafe en voz alta, mirando a su alrededor—. El primero es un agravio personal. El segundo, desobedecer a tu rey.
—¿Cómo dices? —espetó Corban.
Rafe señaló de forma ostensible a Tormenta.
—Esa bestia fue expulsada de esta fortaleza, se le prohibió regresar bajo pena de muerte. Sé que es cierto; mi padre estaba presente cuando nuestro rey lo decretó, al igual que muchos otros testigos. —Sonrió—. ¿Lo niegas?
—Las cosas han cambiado desde entonces.
—¿Lo niegas? —repitió Rafe, cada vez más alto—. ¿Niegas que nuestro rey pronunciara esas palabras?
—No —respondió Corban, y le clavó una mirada feroz.
—Entonces sigamos —dijo Rafe—. Que el Juicio de las Espadas dirima nuestra disputa.
—¡Alto! —bramó alguien.
Todos se volvieron. Pendathran se había puesto en pie.
—¿De verdad vas a permitir esto? —dijo el general mirando a Brenin.
El rey miraba fijamente el fondo de su copa mientras removía los posos. Levantó la cabeza despacio y entrecerró los ojos para observar a Corban y a Rafe.
—¿Y qué más da? —murmuró—. Adelante. —Hizo un gesto vago con la mano—. Pero a primera sangre. No a muerte. Necesito a todos los guerreros. —Se le escapó una breve risa sin alegría.
Rafe sonrió, aferró la empuñadura de la espada y la desenfundó apenas unos centímetros.
Tormenta gruñó, saltó hacia delante y se agazapó entre Corban y Rafe, mostrando los dientes.
—¡Tormenta! ¡Quieta! —gritó Corban.
—¿Lo veis? —soltó Rafe, que retrocedió—. Esa bestia es un peligro. No debería estar aquí. —Miró a Brenin—. ¿Veis, mi rey? Tomasteis la decisión acertada.
—Pues sí, es posible... —asintió Brenin—. Que lo decidan vuestras espadas.
Corban se quedó mirando al rey y sintió una opresión en el pecho a medida que las palabras de Brenin calaban en él, y, con ellas, sus consecuencias.
Ese asunto había dejado de ser una simple rencilla entre enemigos de la infancia.
Si perdía, el veredicto caería en su contra.
Tormenta podría ser condenada a muerte, y Rafe no dejaría pasar una oportunidad así.
Intentó controlar la respiración y apaciguar su corazón desbocado.
Pendathran miró alternativamente a Brenin y a Corban.
—Ese chico y su lobona —dijo, en voz baja pero firme— fueron de gran ayuda en el Bosque Oscuro. Durante el rescate.
—¿El rescate? —Brenin resopló—. Tal vez, pero Alona está muerta, ¿no es así?
—Así es. —Pendathran asintió—. Pero tu hija no. Sigue viva, en gran parte gracias a ellos.
Los dos hombres se sostuvieron la mirada un instante. Luego Brenin bajó los ojos y dio otro sorbo a su copa.
—Muerta... Ella está muerta —dijo—. Continuad.