CAPÍTULO OCHENTA. CYWEN #2
De pronto sonaron los cuernos, con una nota de urgencia. Nathair y los suyos se marcharon y el capitán de la Guardia del Águila sonrió a Cywen al pasar junto a ella.
La multitud se dirigía hacia Puerta de Piedra, donde los cuernos resonaban con más fuerza. Cywen se abrió paso, subió por la escalera y se hizo un hueco entre los guerreros para asomarse desde las almenas.
Al otro lado del puente acampaba una hueste, no menos de quinientas o seiscientas espadas, las que Owain consideraba suficientes para contener cualquier salida desde la fortaleza.
El resto del ejército se extendía en torno a la base de la colina, una masa negra que, desde esa distancia, se desbordaba por Havan y por las praderas circundantes.
A lo lejos, hacia el sur, más allá de las fuerzas de Owain, se advertía movimiento en el horizonte: otra mancha oscura que avanzaba lentamente.
Dalgar.
Sintió la tensión, la esperanza recorriendo a quienes estaban en la muralla.
Entonces recordó las palabras de Edana: Brenin quería guerreros montados listos para acudir en ayuda del hijo de Pendathran.
Se dio la vuelta y echó a correr hacia las cuadras, donde encontró a Gar organizando el caos mientras innumerables guerreros se preparaban para la batalla.
Pendathran lanzaba una incesante lluvia de insultos a cualquiera que, a su juicio, no se moviera con la suficiente rapidez.
Cywen ayudó a ensillar caballos, ajustar cinchas, atar lanzas a los arneses y mil tareas más, hasta que los jinetes partieron hacia la Puerta de Piedra levantando una nube de polvo a su paso.
Sin tomarse un momento para recuperar el aliento, Cywen regresó directamente a las murallas y se abrió paso a empellones entre el gentío agolpado en el adarve hasta que consiguió un buen sitio.
La hueste de Dalgar estaba ya mucho más cerca; se distinguían jinetes aislados, una marea erizada de puntas de lanza.
Y, aun así, al compararla con el ejército de Owain, resultaba exigua.
El rey de Narvon debía de haber vaciado su reino para reunir semejante fuerza.
Dalgar contaba quizá con una cuarta parte de las tropas desplegadas frente a él.
Dentro de la fortaleza había miles de hombres, lo que equilibraba en parte la balanza, pero primero debían cruzar el puente, tan estrecho que apenas permitía avanzar a diez o doce jinetes en fondo.
Y aún estaba el problema de las monturas: la mayoría pastaba en los alrededores de Havan, pues dentro de las murallas de Dun Carreg no había espacio suficiente.
Abajo, Dalgar y sus guerreros cargaban ya contra las líneas improvisadas de Owain. Desde esa distancia era imposible distinguir lo que sucedía, pero Cywen vio que los flancos del ejército de Owain se curvaban en torno a la otra hueste, como una enorme mano que se cerrase.
Corban apareció a su lado y contempló angustiado la batalla que se desarrollaba abajo.
—¿No vas con los que están en el patio? —preguntó ella.
—¿Eh? No —respondió él, negando con la cabeza—. Solo guerreros con experiencia, por orden de Pendathran.
—¡Tú tienes experiencia! —replicó Cywen, a la defensiva; pero casi al instante el alivio sofocó su irritación. No habría soportado verlo allí abajo.
La voz de Pendathran resonó en el patio, bramando órdenes, y las puertas crujieron al abrirse para dejar salir un torrente de jinetes que se precipitó hacia el puente.
Los guerreros de Owain los esperaron convertidos en un bosque de lanzas.
Los jinetes chocaron brutalmente con el muro de moharras, envueltos en el estrépito de madera que se astillaba, caballos que relinchaban, tajos y cuerpos que volaban por los aires. El extremo del puente se convirtió en una masa convulsa de carne de caballo, sangre y hierro.
Más hombres de Owain se apiñaban tras las primeras filas de lanceros. El mismo puente estaba atestado de guerreros de Pendathran, y allí donde la madera se unía a tierra firme se formó un cuello de botella de muertos y moribundos de ambos bandos.
Cywen vio a Pendathran sobre su enorme caballo de guerra, que se zambullía y encabritaba en medio del tumulto mientras el general asestaba espadazos a diestra y siniestra y partía astas de lanza, cortaba cabezas y amputaba manos que se alzaban para derribarlo.
Lenta pero inexorablemente, la línea enemiga comenzó a ceder ante él.
El general continuó abriéndose paso, convertido en la punta de una formación en cuña, mientras los guerreros de Ardan se reagrupaban tras su figura.
Entonces una lanza se hundió en el pecho de su montura.
El relincho del animal se elevó un instante por encima del estrépito del combate antes de que el caballo se desplomara contra las filas que lo rodeaban.
Los guerreros de capas rojas avanzaron y Pendathran desapareció bajo ellos como si se lo tragara el mar.
Un gran rugido se alzó entre los guerreros de Ardan cuando intentaron abrirse paso a golpes hasta su general, pero reinaba el caos en el puente, que se había convertido en una masa hirviente de miembros, cuero, hierro y sangre.
De pronto Corban señaló con el dedo. Pendathran había reaparecido en el centro del torbellino arremetiendo con la espada.
El imponente general retrocedió y se refugió entre sus guerreros.
La batalla prosiguió durante algún tiempo y continuaron cayendo hombres de uno y otro bando sin que ninguno lograra una ventaja significativa.
En un momento dado, los hombres de Ardan cedieron a la presión y paso a paso retrocedieron por el puente hasta que se encontraron a la sombra de la Puerta de Piedra.
Desde las murallas, los defensores lanzaban piedras y lanzas contra los hombres de Narvon cuando se les ponían a tiro.
Entre los dos bandos se abrió un claro cuando Pendathran y sus hombres se retiraron.
Las puertas volvieron a cerrarse con un estruendo.
Cywen corrió al otro lado de la muralla y se asomó al patio. Vio a Pendathran sentado, con el rostro pálido y la cabeza entre las manos.
En la llanura, la batalla seguía rugiendo. El combate se acercaba cada vez más a la fortaleza mientras Dalgar intentaba, en un esfuerzo desesperado, abrirse paso hasta Dun Carreg.
Pero estaban casi completamente rodeados, o eso parecía, y mientras Cywen observaba, un estremecimiento recorrió el combate, como el de un animal justo antes de morir.
Poco después, algunos guerreros comenzaron a desprenderse del núcleo de la lucha y se retiraron por las praderas sembradas de cadáveres.
Al principio lo hacían de uno en uno o de dos en dos, pero la retirada se convirtió en una riada de hombres en cuanto la hueste de Dalgar se descompuso.
A los que huían los perseguían grupos de jinetes, y Cywen no alcanzó a ver si alguno logró escapar.
Al cabo de un tiempo, un grupo de guerreros, alrededor de una veintena, con Owain al frente, cabalgó hacia la fortaleza.
Al alcanzar el puente, el rey de Narvon alzó la vista hacia las almenas y se mofó de Pendathran al verlo en la muralla.
Detuvo su caballo cuando llegó al borde de la carnicería que había dejado la batalla del puente y los hombres que lo seguían se adelantaron con otro caballo que llevaba un cuerpo sin vida cruzado sobre el lomo.
Owain lo arrojó al suelo y se alejó al galope.
Pendathran ordenó que se abrieran las puertas y salió al puente. Se detuvo, pero la masa de guerreros de Narvon permaneció inmóvil y en silencio. Se agachó para coger en brazos el cuerpo abandonado y llevó el cadáver de Dalgar, su hijo, de vuelta por el puente.