CAPÍTULO OCHENTA. CYWEN
CAPÍTULO OCHENTA
CYWEN
Cywen se quejaba con rabia mientras limpiaba los cascos de Martillo, pasando el cuchillo con destreza por el borde y desprendiendo pegotes de paja y tierra apelmazadas.
Las cuadras estaban vacías. Casi todo el mundo se encontraba en las murallas, observando a la hueste de Owain, o entrenando en el Campo de los Serbales.
Ese pensamiento le arrancó una nueva ristra de maldiciones y raspó con más brío.
Habían pasado dos noches desde la llegada de Owain, y Brenin había anunciado que cualquiera que tuviera que pasar su Noche Larga antes del solsticio de invierno podía adelantar su prueba del guerrero para unirse a la lucha contra Owain. Eso incluía a casi todos los que conocía, Dath entre ellos.
Dath, con quien había entrenado casi todos los días... y a quien había vencido todos los días. Y ese zoquete, Farrell, lento como un uro.
Hizo una mueca al imaginárselos a todos juntos, jugando a ser guerreros, a ser hombres. El rostro de Ronan acudió a su mente, la sangre brillante burbujeando en sus labios.
«Pero no es ningún juego», pensó.
Ninguno lo entendía. Excepto Ban. Él también había estado allí, había visto a Ronan e incluso había luchado.
Sintió un súbito arrebato de orgullo, de amor por su hermano, al rememorar su prueba del guerrero.
Recordaba la conmoción que sintió al presenciar la prueba con la espada, al ver cómo se lanzaba contra Halion, con la creciente sensación de estar contemplando un acontecimiento extraordinario.
Y, a juzgar por las expresiones de quienes la rodeaban, no había sido la única.
La puerta de las cuadras se abrió y Cywen cerró los ojos deslumbrada por la repentina ráfaga de luz. La figura recortada sobre la claridad del día no era otra que Brenin. Evnis y su hijo lo acompañaban, también Edana y Halion.
—Busco a Gar —dijo el rey—. ¿Está aquí?
—No, señor —respondió Cywen—. Creía que estaba en los potreros.
—Pues no está allí —replicó Brenin con brusquedad.
—Lo siento, entonces no sé dónde puede estar —dijo Cywen, sin saber qué más decir.
Lo cierto era que hacía días que resultaba casi imposible encontrar a Gar; aparecía solo para lanzar una nueva retahíla de órdenes y volvía a desaparecer.
Se comportaba de forma extraña desde el día de la prueba del guerrero de Corban, igual que su madre.
Ambos habían insistido en que se preparase para un viaje, pero sin decirle adónde ni por qué.
Claro que todo aquello cambió con el asedio de Owain; aun así, nadie le dio explicación alguna, y Gar se mostraba cada vez más ausente.
—¿Es algo en lo que yo pueda serviros? —preguntó Cywen.
—Tal vez —respondió Brenin, abstraído, visiblemente inquieto al ver cerca la yegua favorita de Alona—. Necesito saber cuántos caballos tenemos aquí: monturas de guerra, no ponis.
Cywen asintió.
—No más de doscientos, señor. Puede ser que menos. No sé la cifra exacta, pero por ahí andará. Puedo contarlos si...
—¿Solo doscientos? —murmuró Brenin—. Son pocos. —Sacudió la cabeza—. Sí, sí..., cuéntalos.
Desde que comenzara el asedio, solo una vez se había producido algo parecido a una batalla.
Al día siguiente de que llegara Owain, sus huestes lanzaron un asalto contra las puertas; unos guerreros arrastraron ladera arriba troncos talados, rematados con hierro, e intentaron abatirlas a golpes.
Pero eran demasiado macizas, y los defensores, desde lo alto, descargaron una lluvia incesante de piedras sobre quienes manejaban los arietes.
Decenas de hombres murieron lapidados antes de que Owain ordenara la retirada, y todo su esfuerzo apenas dejó unos rasguños en las puertas de la fortaleza.
Dun Carreg parecía inexpugnable; sin embargo, la tensión no paraba de crecer entre los que se refugiaban entre sus muros. Con Gethin muerto y sus guerreros, sin duda, dispersos, todas las esperanzas de romper el cerco estaban depositadas en Dalgar y su hueste de Dun Maen.
Otro grupo de gente entró en los establos mientras todavía estaban el rey y sus acompañantes. Lo encabezaba Nathair, seguido por su séquito habitual, formado por Sumur, vestido de negro y con la larga espada curva a la espalda, y Rauca, el capitán de la Guardia del Águila.
Cywen se acercó a Edana, que le sonrió, aunque parecía muy tensa.
—¿Tienes un guardaespaldas nuevo? —susurró señalando con la cabeza a Halion.
—A Conall no le gustaba el puesto —respondió Edana.
Cywen hizo una mueca.
—¿A qué viene esto de contar los caballos?
—Mi padre quiere tener una fuerza preparada para cuando llegue Dalgar. Estará en inferioridad numérica frente a Owain y necesitará ayuda.
—Entiendo.
—Te estaba buscando —dijo Nathair con amabilidad y una amplia sonrisa en el rostro.
—Ah, ¿sí? —murmuró distraídamente Brenin mientras acariciaba el hocico de la yegua.
—Sí —respondió Nathair; la sonrisa se desvaneció de sus ojos—. Desde hace un buen rato.
Brenin finalmente se volvió hacia él.
—Pues parece ser que ya me has encontrado. Te ruego que me perdones si no he estado todo lo disponible que habrías deseado. Las circunstancias no son las mejores.
Nathair hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.
—Sé que no corro ningún peligro. Owain está sujeto a la Ley Antigua, como lo estamos todos.
La Ley Antigua era un conjunto de costumbres que los Exiliados habían traído consigo a las Tierras del Exilio e incluía el derecho del huésped: un invitado estaba a salvo bajo el techo de su anfitrión y este tenía la obligación de protegerlo.
—En efecto —repuso Brenin.
—Esperaba poder hablar con Owain, hacerle saber que estoy aquí y quizá hacerle entrar en razón respecto a esta guerra inútil.
—Por supuesto —respondió Brenin—. Se acerca a las murallas todos los días. Aprovecha la ocasión para hablar con él, aunque no creo que logres hacerle cambiar de idea.
—Lo haré, gracias —dijo Nathair—. Lamento la situación en la que te encuentras, pero no puedo permanecer aquí indefinidamente. Debo regresar a mi nave...
—Como desees. —Brenin hizo un gesto de aceptación—. Estoy seguro de que Owain te concederá un salvoconducto. ¿Era eso lo que querías tratar conmigo?
—En parte —respondió Nathair—. También quería hablar sobre Meical.
En cuanto al otro asunto, el de los Benothi, he podido departir con tus consejeros.
Han sido de gran ayuda. —Nathair lanzó una mirada a Evnis, que inclinó la cabeza—.
Pero sigo muy interesado en saber por qué Meical vino aquí y adónde se dirigía... , cualquier cosa, por poco que sea.
—Ya, ya —dijo Brenin—. Por desgracia, últimamente mi tiempo ha estado muy solicitado. Lo siento, pero no he averiguado nada nuevo. Como ya te dije, no sé por qué vino Meical ni adónde fue después.
Nathair parecía contrariado; no se daba por vencido tan fácilmente.
—Tiene que haber algo... —insistió—. Debió de venir a caballo, un semental imponente, un enorme tordo. ¿Lo estabularon aquí?
«Sí», pensó Cywen, que recordaba perfectamente al animal.
—Yo no trabajo en las cuadras —replicó Brenin con brusquedad.
Nathair hizo un gesto de disgusto.
—Pero habrá alguien, un mozo de cuadra.
Miró alrededor y de pronto vio a Cywen.
—Tú, ¿recuerdas el caballo del que hablo? ¿Un tordo moteado?
Todas las miradas se volvieron hacia ella.
—Yo... lo recuerdo. El tordo, quiero decir. Era precioso.
Nathair dio un paso hacia ella.
—¿Te ocupaste del semental? ¿Hablaste con Meical, su jinete?
—No. De eso se encargó Gar.
—¿Gar?
—El jefe de cuadras.
—Debo hablar con él. ¿Dónde está?
Cywen se encogió de hombros.
—No lo sé.
—Estoy seguro de que no sabe nada —terció Brenin—. Pero me ocuparé de que sea interrogado y te informaré si surge algo de interés.
Nathair se volvió hacia Brenin.
—Preferiría hablar con él personalmente, sobre todo si tú estás tan ocupado.
—No —dijo Brenin.
Nathair guardó silencio un instante y entrecerró los ojos.
—Estoy acostumbrado a hablar con quien me place —dijo con frialdad.
—Es posible —respondió Brenin—, cuando estás en tu casa, en tu reino.
Pero te recuerdo que aquí eres un invitado, no un rey.
Y estás en mi casa, en mi reino, así que haré las cosas como me plazcan a mí.
Y no me place que otros interroguen a mis súbditos.
Esa es una tarea que reservo para mí y para quien yo considere oportuno.
Sumur se movió, apenas un leve desplazamiento de los pies, pero de pronto su figura se tensó y el aire se cargó con la amenaza de la violencia.
—Eso es una descortesía —dijo quedamente, con su acento gutural.
Nathair alzó una mano para calmarlo.
—He viajado mil leguas para conseguir esa información —dijo al fin, con una nota amenazadora en la voz—. Nada impedirá que consiga lo que quiero.
Brenin le sostuvo la mirada sin inmutarse.
—Quizá no lo hayas entendido aún —continuó Nathair—. Estos son tiempos trascendentales. Tiempos de cambio. Tiempos en los que deben tomarse decisiones. Está a punto de instaurarse un nuevo orden. Recordaré quiénes me ayudaron y quiénes me estorbaron cuando mi alianza se consolide.
—¿Tu alianza? Tenía entendido que fue Aquilus quien la fundó —replicó Brenin con suspicacia—. Me parece que no estás hecho de la misma pasta que tu padre. Y entiendo perfectamente los tiempos que vivimos. Estuve presente en la asamblea de tu padre. Estuve a su lado. No lo olvides.
»Permíteme darte un consejo, ya que eres nuevo en el trono. En el futuro, sé más cuidadoso con cómo hablas a un rey, sobre todo en su propia casa.
—Algo parecido dijo Mandros —murmuró Nathair.
A Brenin le cambió la cara.
—Mandros... Escucha bien, Nathair: cuando resuelva mis problemas actuales pediré que se lleve a cabo una investigación exhaustiva sobre la muerte de Mandros. Matar a un rey no es asunto baladí, y no me gusta lo que ha llegado a mis oídos.
Brenin abandonó las cuadras seguido por su séquito. Solo Evnis se demoró un momento, y Nathair y él se miraron largamente antes de salir.
Nathair se volvió hacia Cywen.
—Dile a ese Gar que quiero hablar con él —soltó.
Cywen no respondió y bajó la vista.