Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SETENTA Y NUEVE. CORBAN
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CAPÍTULO SETENTA Y NUEVE. CORBAN

CAPÍTULO SETENTA Y NUEVE

CORBAN

Corban se subió a Escudo y guio al caballo por el terraplén hasta la Calzada de los Gigantes.

Miró una vez más a la hueste que avanzaba hacia él y luego a los exploradores que descendían con cautela por la ladera en dirección al arroyo.

Uno de ellos hizo una señal a los otros y lo señaló.

El corazón le dio un vuelco y espoleó a Escudo para ponerlo al galope.

A su espalda estallaron voces mezcladas con el chapoteo de los cascos en el agua.

Cabalgó sin tregua, con el corazón desbocado y el pánico en aumento. Al fin divisó la cabaña de Brina; Dun Carreg era una mancha borrosa en el horizonte a la luz aún brumosa del amanecer.

Hizo frenar a Escudo, que por los ollares despedía grandes nubes de vaho al aire frío de la mañana. Un poco más adelante vio que la nube de polvo del jinete con el que había hablado entraba en el pueblo. Apremió a Escudo para que se dirigiera a la cabaña de Brina.

Corban encontró a la curandera inclinada sobre su huerto de hierbas, arrancando con esfuerzo un manojo de pilosella.

—¡Deprisa! —gritó—. ¡Tenemos que irnos!

—¿Qué pasa? —espetó Brina, fulminando con la mirada a la pilosella que se resistía a salir de la tierra—. ¿Es que una noche solo en la oscuridad te ha trastornado por completo?

—¡La hueste de Owain! ¡Miles de guerreros vienen hacia aquí! —farfulló—. ¡Están a una legua más o menos, pero sus exploradores me pisan los talones!

Brina lo miró un instante y luego se irguió y entró apresuradamente en la cabaña mientras llamaba a Craf.

—¡Deprisa! —gritó Corban.

Brina volvió a aparecer en la puerta con un saco a la espalda y el cuervo revoloteando y graznando malhumoradamente detrás de ella.

La agilidad de la curandera sorprendió a Corban cuando se subió al caballo detrás de él y lo rodeó con los brazos.

Escudo avanzó entre los alisos. Corban lanzó una mirada hacia el este y vio una línea de jinetes desplegados a lo largo de la carretera que avanzaban con rapidez, más que la docena de exploradores que había visto antes.

Clavó los talones en las costillas de Escudo. Craf era una mancha negra en el cielo encima de él y Tormenta corría a su lado. Atajó por la pradera para alcanzar la Calzada de los Gigantes y puso rumbo a Havan, encorvado sobre la silla y apremiando a Escudo.

Al llegar al pueblo dio la voz de alarma mientras recorría las calles en dirección a la casa comunal.

Pero el jinete ya había avisado del peligro y las calles estaban llenas de gente que se dirigía en su mayoría al camino que subía a la fortaleza.

Corban se dirigió a la casa de Dath, saltó de la silla y aporreó la puerta con el puño.

Bethan abrió malhumorada, pero enmudeció al ver la expresión de Corban.

—¿Qué ocurre? —preguntó al fin.

—¡Owain va a atacar! ¡No hay tiempo que perder! ¿Dónde está Dath?

—Estoy aquí, Ban —respondió su amigo, que salió de detrás de su hermana.

—Tenemos que irnos.

Corban agarró a Bethan por el hombro, pero ella se zafó.

—Mi padre... —musitó.

—¿Dónde está?

—Dentro —respondió Dath, señalando dentro de la casa.

—Enséñamelo.

Mordwyr roncaba en su catre, abrazado a una jarra de usque.

Fue imposible despertarlo hasta que Brina se abrió paso y le vació una jarra de agua fría en la cabeza.

Eso y su reprimenda bastaron para espabilarlo lo suficiente como para que pudiera salir balanceándose de la casa detrás de Corban y sostenido por Dath.

Corban dijo a Brina y a Bethan que cogieran a Escudo y se adelantaran. Él y Dath acarrearon con el pescador tambaleante por el pueblo y se unieron a la creciente columna de civiles que enfilaba el empinado sendero en dirección a Dun Carreg. Se detuvieron a mitad de camino para mirar atrás.

De la cabaña de Brina ascendía una columna de humo negro y espeso.

Más allá, la hueste de Owain era una mancha que se expandía por el horizonte.

Un poco más cerca, entre la cabaña y el pueblo, en la Calzada de los Gigantes, había congregado un grupo de jinetes que no podían ser otros que los exploradores de Owain.

—Vamos —dijo Corban, y se volvió hacia Dun Carreg.

Ya habían subido la mitad de la cuesta, con Mordwyr sin dejar de protestar, cuando oyeron un estruendo de cascos un poco más arriba. Pendathran pasó junto a ellos a la cabeza de docenas de guerreros que se desplegaron al llegar al pueblo para proteger a la población de la vanguardia enemiga.

Entonces apareció Gar a lomos de su gran picazo.

—¿Es verdad? —preguntó al llegar junto a Corban.

Corban se limitó a señalar detrás de él, hacia el oscuro mar de guerreros que inundaba las praderas.

El jefe de cuadras contempló la escena un momento. Corban reparó en los fardos atados a ambos lados de Martillo, los odres llenos de agua y un objeto largo envuelto en cuero sujeto a la silla.

—¿Vas a algún lado? —preguntó.

—Iba —respondió Gar—. Ya no. Vamos, entremos en la muralla de la fortaleza.

Con gran esfuerzo subieron a Mordwyr a la silla de Gar y avanzaron mucho más deprisa por la cuesta.

En el patio encontraron a Gwenith y a Cywen. Corban se fijó en la vestimenta de ambas; gruesas prendas de piel y capas, apropiada para viajar. Junto a ellas estaba Thannon, con cara de preocupación y el martillo de guerra recién forjado en las manos.

—Escudo está en las cuadras... Me he ocupado de él —dijo Bethan mientras cogía las riendas de Martillo y se lo llevaba con su padre montado en él.

Los demás subieron al adarve por la escalera de piedra.

Al pie de la colina, el pueblo ya había caído y era un hervidero de saqueadores.

La masa oscura había comenzado a ascender por la pendiente en dirección a la fortaleza.

Los últimos civiles ya cruzaban el puente, con Torin entre ellos, conduciendo un carro cargado de sacos y barriles.

Tras ellos volvían Pendathran y sus docenas de guerreros.

Cuando todos llegaron al otro lado del puente, las puertas reforzadas con hierro de la Puerta de Piedra se cerraron y a continuación se pusieron las trancas.

Un murmullo de voces atónitas se extendió por toda la fortaleza.

El rey Brenin salió al patio acompañado por Halion y un grupo de guerreros. Detrás de ellos aparecieron Heb y Evnis y después los visitantes de Tenebral.

Brenin conversó brevemente con Pendathran y subió a la muralla. Se detuvo justo encima de la Puerta de Piedra y dejó vagar la mirada por el puente tendido sobre el abismo que separaba el peñón de Dun Carreg y la tierra firme.

La vanguardia de la hueste se detuvo a unos cuarenta pasos del puente y se desplegó frente a la fortaleza. Owain surgió de la masa de guerreros de capas rojas.

—¡Primo! —La voz de Owain resonó en la muralla de piedra mientras escrutaba las almenas.

—Estoy aquí —respondió Brenin.

—Mi hijo fue más hospitalario cuando visitaste mi reino —le reprochó Owain señalando la puerta cerrada.

—Eso es cierto —replicó Brenin—, pero yo fui invitado. Tú no.

Owain bufó.

—Dejémonos de juegos. Estás atrapado. No puedes escapar. Os quiero a ti, a tu hija y a Pendathran. Entregaos y evitarás un derramamiento de sangre innecesario.

—Eres un necio, Owain. No eres más que un instrumento de Rhin, su marioneta.

—¡Basta ya de mentiras! —rugió Owain golpeando la silla—. Vieron a Marrock salir de los aposentos de Uthan. Tengo muchos testigos. ¡Ordenaste la muerte de mi hijo! ¡Lo asesinaste!

Por un momento dio la impresión de que no iba a ser capaz de controlar su ira, pero logró serenarse y alzó la mirada hacia Brenin.

—Y en compensación os borraré del mundo a ti y a tu estirpe.

Brenin negó con la cabeza.

—Estás ciego. Aun así, ¿qué esperas conseguir? Mira estos muros. Tus amenazas son estériles. Podrías aporrear mis puertas hasta el día del solsticio de invierno y a duras penas notaríamos tu presencia.

—Es posible —contestó Owain—, si dispusieras de víveres suficientes. No tengo ninguna prisa. Ya veremos cuánto te quiere tu pueblo cuando pase hambre, cuando comience a morir a tu alrededor. Reflexiona sobre mi oferta. Mañana a la misma hora volveré.

Empezó a volver grupas, pero se detuvo.

—¡Ah! Te he traído algo que quizá te ayude a tomar una decisión.

Uno de sus hombres desató un pequeño saco de la silla y volcó su contenido. Una cabeza rodó por las piedras de la carretera. Un rictus de dolor o de terror deformaba el rostro, pero cualquiera que lo mirara de cerca lo podía reconocer.

Era Gethin, el señor de Badun.