CAPÍTULO SETENTA Y OCHO. CORBAN #3
Estaba agotado. La emoción del día remitía por fin y le permitía pensar en las ominosas palabras de Gar.
Esa conversación que había oído sobre abandonar Dun Carreg lo aterraba.
Solo al imaginarse yéndose de allí se dio cuenta de cuánto amaba ese lugar y a su gente.
Sus amigos estaban allí, y también su corazón.
No. No se marcharía. Le daba igual lo que dijeran su madre o Gar o cualquiera que fuera el pasado que unía a Gar con Sumur.
Ahora era un guerrero, un hombre. Podía tomar sus propias decisiones.
Su mano se deslizó hasta la trenza que ahora llevaba en el pelo, la trenza de guerrero que su madre y Cywen le habían hecho esa misma tarde con una fina tira de cuero.
Halion lo había honrado al adelantar su prueba del guerrero y su Noche Larga, pero no debía olvidar que la decisión obedecía a razones prácticas.
Podría afirmarse que estaban en guerra con Rhin y las huestes de Ardan no tardarían en marchar sobre Cambren.
No sobraría ningún brazo capaz de empuñar una espada.
Ese pensamiento hizo aflorar el miedo de sus entrañas. «Ir a la guerra.» Arrinconó el temor. Le parecía una opción mejor que irse sin más de Dun Carreg.
Buscó instintivamente la empuñadura de su espada y cerró la mano en torno a ella.
Era una espada grande, más larga de lo habitual, con empuñadura y media.
La había elegido así tras muchas deliberaciones con su padre.
Por su entrenamiento con Gar, prefería una espada que pudiera empuñar con las dos manos, pero eso le impediría usar el escudo y no quería renunciar a él.
De esta manera conservaba casi toda la potencia de un mandoble, pero, gracias a la fuerza que había adquirido trabajando en la forja de su padre y durante los entrenamientos con Gar de los dos últimos años, la podía blandir con una mano como si fuera una espada más corta y ligera y usar el escudo.
Enseguida se le comenzaron a cerrar los ojos.
Pero la Noche Larga debía pasarse en vela.
Para espabilarse recurrió a otro recuerdo del día, este desagradable.
Nathair. En toda la fortaleza no se hablaba de otra cosa que no fuera el rey de Tenebral.
Era apuesto y afable, y su popularidad no paraba de crecer.
Aunque había algo en él que lo inquietaba.
Y cada vez que lo veía aparecía esa sombra, una especie de presencia...
«Ver cosas que no existen es el primer síntoma de la locura —se reprendió—. O eso dice Brina.» Aun así, esa sombra...
Se estremeció.
La brisa nocturna traía sonidos extraños e inquietantes, pero Tormenta dormía plácidamente. Se sopló las manos ahuecadas. Hacía frío; la brisa marina añadía un matiz cortante al aire, ya de por sí gélido. Sacó una manta del hatillo.
«Solo me quedaré sentado un rato —se dijo—, hasta que la manta me saque el frío de los huesos.»
Se despertó con un sobresalto y el cuerpo yerto.
Aún era de noche, aunque el cielo tenía un tono grisáceo y las estrellas habían palidecido.
La pequeña hoguera llevaba largo rato apagada, pero podía ver a Tormenta y a Escudo, así que no debía de faltar mucho para el alba.
Decidió que era mejor moverse que quedarse quieto, así que recogió sus cosas con rapidez y ensilló a Escudo.
Le remordía la conciencia por haberse quedado dormido en su Noche Larga y se preguntó si debería decírselo a Halion.
Cuando lo tenía todo listo y estaba guardando la lanza en la funda de cuero que colgaba de la silla, Tormenta alzó de pronto la cabeza, dirigió la mirada ladera abajo y gruñó.
Corban se quedó inmóvil y siguió la mirada de la lobona.
Un jinete irrumpió de entre los árboles, cruzó el arroyo agitando el agua y enfiló al galope hacia la Calzada de los Gigantes. Al ver a Corban tiró de las riendas y su montura giró sobre sí misma espumajeando por la boca.
—¿Has visto pasar a alguien más? —preguntó con voz ronca, casi en un susurro.
—¿A qué te refieres? —dijo Corban, con la mano en la empuñadura de la espada.
—A mensajeros de Badun —respondió secamente el hombre.
—No, no he visto a nadie.
El hombre maldijo, escupió al suelo y echó un vistazo atrás.
—Móntate en el caballo. No pueden andar lejos —lo apremió—. Badun ha caído.
—¿Eh? Pero... —balbuceó Corban.
—¡Vamos! ¡No hay tiempo que perder! —insistió el hombre, y espoleó a su caballo.
En cuanto el jinete desapareció al otro lado de la cresta, un sonido procedente del fondo del pequeño valle atrajo su atención.
Unas figuras montadas, alrededor de una docena, emergieron del bosque. A juzgar por las lanzas que portaban eran guerreros. Corban sintió una punzada de alarma al advertir algo extraño en sus movimientos, una actitud furtiva.
Entonces advirtió movimiento en la cresta de la ladera opuesta, a una legua escasa, tal vez menos, y una línea oscura apareció en la Calzada de los Gigantes: jinetes, una amplia columna perfilada sobre la pálida franja de luz que precedía la salida del sol.
Avanzaban con rapidez hacia él. A ambos lados de la carretera, más figuras coronaron la cresta y se extendieron como una mancha oscura sobre la tierra.
Las lanzas y los estandartes flameantes se recortaron brevemente sobre el cielo que clareaba.
Corban los contempló boquiabierto.
El borde del sol asomó en el horizonte en ese momento y una multitud de puntas de lanza atraparon los primeros rayos y destellaron como un millar de velas. Una hueste se precipitaba ladera abajo hacia él, un mar de guerreros con capas rojas. El toro de Narvon restallaba en incontables estandartes.
Owain había llegado.