CAPÍTULO SETENTA Y OCHO. CORBAN #2
Se le hizo eterno ese instante de ingravidez, suspendido en el aire después de que sus pies se despegaran del suelo, en el que su cuerpo describió un arco ascendente al mismo tiempo que abría las piernas y luego aterrizaba con un placentero golpe seco en la silla se montar.
Escudo en ningún momento alteró el paso.
Corban permaneció sentado un momento y sintió cómo los músculos del animal se contraían y dilataban debajo de él; solo oía el martilleo de su propio corazón en los oídos.
A continuación, enarboló el escudo y la lanza; el aire frío le arrancaba lágrimas de los ojos.
Miró en derredor al oír un alboroto y vio que la gente gritaba su nombre, lo aclamaba y golpeaba los escudos con lanzas.
Buscó a su padre en la multitud. Irradiaba felicidad.
Corban alzó el puño apretado hacia el herrero, lanzó un grito de júbilo y llamó a Tormenta.
La lobona se apartó de Thannon con un salto y corrió junto a Escudo, e incluso igualó la velocidad del semental cuando Corban lo puso al galope y sus cascos levantaron terrones del suelo.
Sujetó las riendas con suavidad y se dejó mecer al ritmo del caballo.
Buscó a Gar entre la gente y el jefe de cuadras inclinó la cabeza.
Brenin entró en el Campo acompañado de su séquito y de los invitados de Tenebral.
Cuando Corban pasó al galope junto a ellos, con Tormenta corriendo a su lado, lo observaron con atención y vio que los ojos de Nathair se fijaban con sorpresa en la lobona antes de que sus miradas se cruzaran.
El mundo pareció contraerse de pronto. La sombra volvía a estar ahí, una oscuridad que se cernía en torno al rey de Tenebral, y un miedo repentino se apoderó de Corban.
Cuando superó a la comitiva real, tiró de las riendas para volver adonde aguardaba Halion.
Buscó de nuevo a Gar, pero no lo vio; no quiso pensar en las palabras que había oído la víspera y que acudían a su mente sin que pudiera evitarlo.
Desmontó al llegar junto a Halion y una expresión radiante apareció en su rostro al ver su gesto de aprobación.
A continuación, pidieron a Thannon que se acercara.
El herrero, cuya corpulencia empequeñecía a su hijo y a su instructor, sacó la espada envuelta en un paño y se la ofreció a su hijo.
Corban hincó una rodilla en tierra para completar la ceremonia.
—Corban ben Thannon —declaró Halion—. Llegaste al Campo siendo un niño; lo abandonas siendo un guerrero, un hombre. Levántate —le ordenó tocándole el codo— y coge tu espada.
Corban se puso en pie, aceptó la espada y la contempló conteniendo la respiración. El pomo, de hierro oscuro, tenía la forma de la cabeza de una lobona que enseñaba los dientes. Miró de reojo a su padre y vio en su rostro tanta felicidad como lágrimas.
—Gracias —musitó. La hoja salió con un silbido de la funda de cuero. La levantó en alto y los rayos del sol la convirtieron por un momento en una llama blanca, como en las leyendas.
—Aférrate a tu hoja —dijo Halion— y aférrate con igual fuerza a la verdad y al valor. Ahora haz tu juramento.
—Pongo mi brazo, mis pensamientos, mi alma y mi fuerza al servicio del rey y de la familia. —Deslizó el filo de la espada por la palma de la mano y dejó que la sangre goteara sobre la tierra desde el puño apretado—. Lo juro por mi corazón, lo sello con mi sangre —concluyó Corban.
Thannon miró a su hijo con una sonrisa luminosa.
La multitud, ahora enorme, prorrumpió en vítores. Todos lo miraban como si estuvieran siendo testigos de un acontecimiento extraordinario. Thannon lo envolvió en su abrazo de oso.
Una penumbra fresca sustituyó la claridad del sol cuando Corban pasó bajo el arco de la Puerta de Piedra. Tormenta le seguía casi en silencio.
El sol descendía por el oeste y alargaba las sombras delante de él mientras cruzaba el puente de Dun Carreg.
Al llegar a la Calzada de los Gigantes dio la espalda al Baglun.
Buscaba un lugar donde pasar en vela su Noche Larga, y toda la tierra que quedaba entre él y el Baglun le era demasiado conocida.
Quería sentir que estaba en un sitio nuevo, como lo había sido todo en ese día tan especial.
Siguió cabalgando hasta que el mundo a su alrededor se volvió gris, empequeñecido ante el resplandor rojizo del sol que se ponía a su espalda.
Por fin tiró de las riendas de Escudo ante un pequeño valle, donde un oscuro peñasco de granito ofrecía cierto resguardo del viento cortante que soplaba desde la costa.
Desmontó, acompañado por el golpeteo aún extraño de la espada en su cadera, y admiró largamente sus armas.
Tras atender a Escudo, pasó todavía un buen rato antes de acomodarse junto a una pequeña hoguera y contemplar la luna, que derramaba una luz pálida sobre la tierra.