Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SETENTA Y OCHO. CORBAN
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CAPÍTULO SETENTA Y OCHO. CORBAN

CAPÍTULO SETENTA Y OCHO

CORBAN

Corban salió al Campo de los Serbales. El sol aún estaba bajo en un cielo despejado cuando se detuvo un instante para prepararse para lo que le esperaba.

—No podría hacer un día mejor —retumbó Thannon a su lado, apretándole el hombro.

—Sí —dijo Corban, y sintió una náusea en el estómago.

Halion estaba apoyado en un armero y sonrió y le saludó con la mano al verlo.

—Esperaré aquí —dijo Thannon—. Vigilaré a Tormenta por ti.

Halion le estrechó el antebrazo según la costumbre.

—El Campo de los Serbales te da la bienvenida, Corban ben Thannon —dijo el guerrero con solemnidad.

—El Campo me honra —respondió Corban con la fórmula habitual, que procuró no apartar la mirada de Halion mientras los guerreros empezaban a llenar el recinto.

—Tengo algo para ti.

Halion sacó una lanza del armero.

—Creo que su peso te irá bien.

Corban la cogió con ambas manos y la sostuvo en horizontal.

El asta, de fresno claro, estaba surcada de vetas oscuras, y un regatón de hierro remataba el extremo como contrapeso.

La moharra, en forma de hoja, describía una curva larga y fluida desde la punta hasta la base, y era muy distinta de las que tenían forma de cuña, que eran a las que estaba acostumbrado.

La levantó hasta la altura del hombro para probar su peso y encontró enseguida el punto de equilibrio. De pronto le pareció muy ligera.

Halion emitió un gruñido de aprobación.

—Gracias —dijo Corban.

—Vuela recta. Pensé que te iría mejor que esas lanzas machacadas —dijo Halion, echando un vistazo al armero—. A mí nunca me ha fallado.

—¿Es una costumbre de tu tierra? —preguntó Corban, que se sintió mal al caer en la cuenta de que no tenía ningún regalo que ofrecerle a cambio.

—¿Una costumbre? No, muchacho. Simplemente he disfrutado enseñándote. Y este será nuestro último día. Ocasiones como esta merecen celebrarse con un regalo.

Corban sonrió.

—Gracias de nuevo.

—Vamos, busca un blanco y acostúmbrate a ella antes de que empecemos.

Corban estuvo de acuerdo. Errar el tiro delante de un montón de guerreros no era la manera en que deseaba comenzar su prueba del guerrero.

Se dirigieron hacia los blancos de paja y encontraron un claro.

No habían avanzado mucho cuando Conall cruzó el Campo hacia ellos hecho una furia; su rostro, por lo común bien parecido, estaba encendido por la cólera.

—He recibido tu mensaje —dijo—, o citación.

—Solo quería hablar contigo, Con —dijo Halion.

—¿Para qué? ¿Tienes más órdenes para mí?

Halion frunció el ceño.

—Sí, así es.

Conall cruzó los brazos y esperó.

—Seguirás protegiendo a Edana como de costumbre, pero le han concedido permiso para salir de la fortaleza, así que mantente alerta.

—Soy un guerrero, Hal, no una niñera.

Halion suspiró.

—Es un puesto de honor —dijo sin perder la calma; Corban pensó que quizá no era la primera vez que tenían esa conversación—. Y necesitas recuperar el favor de Brenin.

—¿Favor? ¿Honor? —farfulló Conall—. ¿Hacer de niñera de una cría...? ¿Por qué me haces esto?

—Intento ayudarte, Con —espetó Halion.

—Hoy es mi último día aquí —replicó Conall mientras se daba la vuelta—. Evnis me ha ofrecido un puesto en su séquito. No estaré más bajo tu sombra.

Halion hizo el ademán de replicar, pero Conall ya se había marchado antes de que pudiera pronunciar palabra.

—Ah —exclamó Halion. La ira cedió su sitio a la tristeza. Miró a Corban—. Tengo la impresión de que llevo toda la vida intentando ayudar a mi hermano.

—Es un desagradecido —dijo Corban impulsivamente.

—No, Ban, solo es que no lo ve como una ayuda. El orgullo lo ciega. Tal vez el error sea mío. —Sacudió la cabeza—. En fin, tienes preocupaciones más urgentes que el mal genio de mi hermano. Prueba esa lanza, muchacho.

Corban obedeció. Su primer lanzamiento fue un poco alto, pero pronto le tomó la medida al regalo de Halion y se maravilló de la diferencia que había con las otras lanzas.

El Campo ya estaba lleno de gente y todas las personas que conocía estaban allí salvo una. Pero entonces Gar llegó también a lomos de Escudo; el pelaje castaño y blanco del semental relucía recubierto de sudor.

—Bien —dijo Halion—. Podemos empezar.

El guerrero contó cuarenta pasos desde una diana de paja e hizo una marca con el talón de la bota.

—Comienza tu prueba de lanza, Corban ben Thannon —dijo en voz alta. Y añadió en un susurro—: No te precipites porque tengas público. Espera hasta encontrar el momento.

Corban asintió, de pronto con la boca seca.

Plantó los pies en el suelo, sopesó la lanza, la alzó hasta el hombro y fijó la vista en el blanco.

Se concentró en el sonido ambiental y fijó la atención en el objetivo, tal como le habían enseñado; los ruidos se fueron apagando hasta que su mundo se redujo a los latidos de su corazón, el peso de la lanza y el blanco ante él.

Y entonces arrojó la lanza.

El proyectil describió un arco en el aire y se clavó con un golpe sordo a poco más de un palmo por encima del centro del blanco.

—¡Uno! —contó Halion.

Seis veces más repitió Corban el proceso, y solo se permitió sonreír a su padre y al resto de los espectadores después del último lanzamiento.

Halion se acercó para entregarle una espada de práctica.

—Primero te examinaré de las técnicas, Corban —dijo Halion—. No será distinto de lo que hacemos habitualmente.

—Ajá. —Corban se sentía mejor, más tranquilo. Hizo rotar los hombros y trazó amplios arcos con la hoja de práctica para calentar los músculos de la espalda y el brazo.

Halion clavó los pies en el suelo, levantó la espada y Corban atacó.

Acometió a su instructor empuñando el arma con las dos manos y ejecutó metódicamente todas las técnicas que le había enseñado, usando el juego de pies y los ángulos de la espada para golpear primero en las zonas de muerte rápida —garganta, corazón, ingle—, luego en los puntos de muerte lenta y después en los lugares que mutilaban o incapacitaban sin llegar a ser mortales.

Procuró mantener al margen todo lo que Gar le había enseñado, pero pequeños detalles de la danza de la espada se filtraban en sus ataques y, por lo general, aumentaban la fluidez de sus movimientos, de manera que encadenaba los golpes sin solución de continuidad y concedía menos tiempo al adversario para reaccionar.

El ejercicio no tenía nada que ver con su experiencia en el Bosque Oscuro, donde la muerte acechaba, pero allí el instinto había vencido al miedo.

Ahora estaba disfrutando, e incluso se le dibujaba una sonrisa.

Una especie de júbilo desbordante lo dominaba mientras arremetía contra Halion, e incrementó paulatinamente la rapidez de los golpes para obligar a la nueva primera espada de Ardan a dar lo mejor de sí.

Halion se movía con su elegancia natural y, aunque se veía exigido, Corban en ningún momento consiguió superar su guardia.

El duelo decayó cuando Corban cayó en la cuenta de que había ejecutado todas las técnicas. Halion dio un paso atrás, levantó la mano y le sonrió.

—Lo has hecho muy bien —le felicitó.

El instructor se dirigió al armero y regresó con un escudo maltrecho para Corban.

Corban se fijó en que se había reunido bastante gente a su alrededor.

Echó un vistazo y reconoció no pocos rostros, entre ellos los de Evnis, Vonn, Helfach y Rafe.

Todos lo observaban con interés, la mayoría también con sorpresa, incluso Thannon y Dath.

Corban parecía desconcertado, pues no estaba muy seguro de qué acababa de ocurrir.

Entonces su mirada se cruzó con la de Dath y advirtió en el rostro de su amigo una expresión que podría describirse como de admiración. A continuación, deslizó el brazo izquierdo por las correas del escudo y se preparó para la segunda parte de la prueba con la espada.

Esta vez fue Halion quien atacó para poner a prueba las habilidades defensivas de Corban, y este se sintió más presionado.

Gar nunca había usado el escudo, así que en ese aspecto cuanto sabía se lo debía a Halion.

Aun así, lo hizo bien, bloqueando las acometidas, aunque muchas por escaso margen, y las vibraciones que golpe tras golpe se transmitían por el escudo no tardaron en adormecerle el brazo.

En más de una ocasión estuvo a punto de lanzar un ataque llevado por un instinto casi irresistible, deseoso de usar tanto la espada como el escudo como arma, y tuvo que recordarse que era una prueba defensiva para contenerse.

Al cabo, Halion retrocedió.

—La prueba ha acabado —declaró el guerrero.

Corban volvió a coger la lanza y vio que Gar se acercaba con Escudo.

«Ya está», pensó. Solo quedaba la monta a la carrera para completar la prueba del guerrero.

Después solo faltaría la Noche Larga para entrar en la edad adulta.

Sintió que se le cortaba la respiración.

Había estado abismado en la prueba, en los ejercicios con la lanza, la espada y el escudo, en el ataque y la defensa, pero ahora volvía a ser consciente de la verdadera magnitud de lo que estaba afrontando.

«Concéntrate», se dijo. Si fallaba en esta prueba, no sabía qué sería peor: si los huesos rotos o la humillación de que ocurriera delante de todos los guerreros de Ardan.

Se secó el sudor de las manos y aferró con fuerza la lanza. Gar lo observaba con atención, mientras esperaba su señal. Al verlo asentir, el jefe de cuadras chasqueó la lengua y puso a Escudo al trote suave, lo acompañó unas zancadas y luego el semental se dirigió a medio galope hacia Corban.

Corban levantó escudo y lanza y afirmó los pies en el suelo mientras el caballo se acercaba haciendo temblar el suelo bajo sus botas con los cascos.

Empezó a moverse; cuando Escudo se puso a su altura, apretó el paso y sintió que las palpitaciones de su corazón y sus músculos se aceleraban para acompasarse con el medio galope del animal.

De pronto el ritmo fue el adecuado y Corban se inclinó hacia el caballo con el brazo del escudo extendido, se agarró a las crines y aprovechó el impulso de la montura para elevarse en el aire.