Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SETENTA Y SIETE. VERADIS #3
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CAPÍTULO SETENTA Y SIETE. VERADIS #3

Los gigantes embistieron el muro y aporrearon la madera y el hierro de los escudos.

El hombre a la derecha de Veradis cayó cuando un martillo le destrozó el brazo y luego el cráneo.

Bos se tambaleó a su lado, pero aguantó en pie.

Los arrebatados gigantes despedazaron a los de la primera fila tras incrustar hachas en sus escudos y arrastrarlos hacia delante.

La línea temblaba, al borde de la desintegración.

—¡Aguantad! —bramó Veradis, sin saber si alguien lo oía en medio del estruendo ensordecedor.

Asestó un espadazo y sintió que se le agarrotaba el brazo bajo los golpes que recibía.

El tiempo dejó de tener sentido; solo existía el siguiente embate, la siguiente respiración ardiente, la siguiente estocada.

Y de pronto, la presión en su escudo cesó.

Echó un vistazo por encima del borde y descubrió que ninguno de sus atacantes seguía en pie, aunque la batalla rugía más allá, entre los túmulos.

Bos permanecía a su lado, con media cara cubierta de sangre que manaba de un tajo en la oreja. Le sonrió y Veradis sintió que le devolvía la sonrisa mientras la fuerza regresaba a sus miembros.

El muro se adentró paso a paso en Haldis. Despacio, pero de manera inexorable, los Hunen caían o se veían obligados a retroceder, y los cadáveres se acumulaban en el suelo.

Alcanzaron un círculo denso de guerreros que resistían los ataques de una veintena de gigantes con espadas y lanzas.

El muro se cerró por detrás y liquidaron a los Hunen con rapidez.

En el centro estaba Braster, pálido y casi inconsciente, con el hombro destrozado por un martillazo.

Su general, Lothar, lo protegía. Se improvisaron unas parihuelas y se llevó al rey herido ladera arriba, fuera de la muralla.

Veradis continuó avanzando entre los túmulos.

El estruendo creció al aproximarse a la pared del barranco. Ante la puerta negra centenares de Hunen combatían con ferocidad. Romar luchaba entre los Gadrai, y Kastell estaba espalda contra espalda con Maquin.

—¡Muro! —gritó Veradis.

Levantó el escudo y lo encajó con los hombres que lo flanqueaban.

Con lentitud, paso a paso, se abrieron camino a través de la batalla.

Empujaron, gruñeron y apuñalaron hasta que casi llegaron a la puerta negra, frente a la que los últimos gigantes se habían replegado.

De pronto, los supervivientes abandonaron el combate y huyeron adentro, hacia la oscuridad.

Tras un breve silencio, los guerreros que quedaban con vida prorrumpieron en vítores.

—Bien hallado. —Veradis parecía radiante y estrechó el brazo de Maquin.

—Llegas en buen momento —respondió el viejo guerrero pletórico.

En ese momento apareció Kastell, también sonriente, aunque hizo una mueca al ver el rostro de Veradis, todavía erizado de astillas de la madera de su escudo, que un hacha había estado a punto de partir en dos.

—¡Seguidme! —rugió Romar, que avanzaba hacia la puerta. Entró, cogió una antorcha encendida de un soporte de hierro y se adentró en las tinieblas.

Vandil entró tras él, seguido por un enjambre de guerreros. Maquin suspiró, asintió mirando a Veradis y siguió a su rey.

—¿Vienes? —preguntó Kastell a Veradis tras salir a la estela del veterano guerrero, un hombre enorme y calvo que podría haber sido el padre de Bos.

—Aún no. Debo esperar aquí —respondió Veradis.

—¿Te da miedo la oscuridad? —bromeó Kastell antes de desaparecer bajo el arco con el resto de los Gadrai. Casi de inmediato, las sombras los engulleron.

Veradis se dio la vuelta e inspeccionó a su hueste. Muchos habían caído; apenas quedaba la mitad de los que habían comenzado. Sintió un orgullo feroz. Sabía que sin ellos la batalla se habría perdido.

Formaron un círculo defensivo ante la puerta, pero no tuvieron que esperar mucho a que Alcyon surgiera entre los túmulos, con su espadón embadurnado de sangre, seguido por Calidus y los Jehar.

—¿Cómo va? —preguntó el gigante.

—Creo que bien —respondió Veradis—. La mayor parte de esta zona está despejada, aunque la lucha fue cruenta. Este lugar es un laberinto.

—¿Y Romar? —inquirió Calidus.

—Ahí dentro —dijo Veradis señalando la boca negra en la roca.

Calidus arqueó una ceja.

—¿Con quién?

—Con los Gadrai que quedan, un centenar quizá. Y otros tantos guerreros de Isiltir. Los demás deben de estar dispersos entre los túmulos. Si viven.

—Todas las ratas en la misma trampa... —murmuró Calidus.

—¿Qué has dicho? —preguntó Veradis.

—Debemos entrar, rápido —apremió el Vin Thalun a Alcyon y Akar, dirigiéndose ya hacia la entrada—. Romar va a necesitar nuestra ayuda.

—¿Me necesitáis? —inquirió Veradis.

—¿A ti? No, Veradis. Hay tareas para las que no estás preparado. Vigila la entrada. Y descansa si puedes. Te lo has ganado.

Calidus desapareció en la oscuridad, seguido de cerca por Alcyon y los Jehar.

Veradis pensó en Maquin y Kastell y el estómago le dio un vuelco. Dio unos pasos hacia la puerta, pero se detuvo.

«Deja la política a Calidus», recordó que le había ordenado Nathair. «Se lo advertiste», susurró una voz interior.

—Sí —murmuró para sí, y se apartó de la pared del barranco.

«Calidus es Ben-Elim —pensó—. Hará lo correcto.»

Estaban vivos y habían contribuido a ganar la batalla. Y, sin embargo, pese a que cumplía órdenes y a su propia determinación, se sintió extrañamente avergonzado de permanecer allí, esperando.